jueves, 23 de enero de 2020

Bajo el bosque



"¡Qué libro tan maravilloso podría escribirse narrando la vida y las aventuras de una palabra! Sin duda, ha recibido diversas impresiones de los sucesos a los que ha servido; dependiendo de los lugares en los que haya sido utilizada, una palabra habrá despertado en diferentes personas, diferentes tipos de ideas; pero ¿no es todavía mejor considerar a una palabra en su triple vertiente de alma, cuerpo y movimiento?"
Louis Lambert, Honoré de Balzac.


Madroño en el patio del CEIP Marqués de Santillana (Palencia)

¿Quién y a quiénes le contarán que los pastores llevaban en el zurrón yesqueras para hacerse fuego? ¿O los trucos de las águilas curanderas para cuidar a sus polluelos y a sí mismas? ¿Quién sabrá algún día qué es un pelagartal? ¿A quiénes se transmitirán las recetas de cucurriles? ¿O quiénes recordarán por qué en algunos pueblos de Tierra de Campos llaman a sus gentes pellejeros?

Los malos augurios que la electrónica trajo un día al mundo editorial, afortunadamente, no se han cumplido, y lejos de vivir el declive del libro en papel, este parece sumarse al arado y la rueda, formando una trilogía de grandes creaciones humanas difíciles de superar. Y sí, podrían escribirse muchos libros –quién sabe si recuperando la corteza de abedul como papiro- para inmortalizar el alma de tantas palabras, contar los sucesos (y los procesos) que protagonizaban y los sentimientos que movían…


Tronco de abedul: su corteza, extraída en verano, se utilizaba como papiro.
Pino carrasco y ciprés de Arizona en
el patio del CEIP San Pedro (Baltanás).

Porque no es lo mismo hablar de fotosíntesis que decir “ese milagro de la naturaleza”, y mientras una te trae a la cabeza fórmulas, el ciclo de un tal Calvin y cadenas de transporte de electrones que nunca memorizaste, la otra te recuerda una alfombra de piedras, unos seres minúsculos que hace millones de años iniciaron ‘las mil y una noches’ de la vida en la Tierra tal y como la conocemos, eso sí, provocando la extinción masiva de cualquier forma primitiva que no supiese adaptarse al exceso de oxígeno con el que saturaron los mares y, después, inundó la atmósfera.

Gracias a ese ‘milagro’ estamos ahora aquí, disfrutando de lo que Juan Andrés Oria, ingeniero de montes y profesor de la cátedra de micología de la E.T.S. de Ingenierías Agrarias de Palencia, nos lleva contando a lo largo de esta semana tan intensa. Aprovechando la iniciativa de La Gran Bellotada Ibérica, y con la excusa de que el próximo domingo se celebra el Día Internacional de la Educación Ambiental, hemos invitado a todos los centros de nuestra red a sumarse a aquello de que “cosa buena es que nosotros trabajemos, y plantemos para nos y para los que después de nos vinieren.” Y, entretanto, compartiendo con las escuelas la vida que el bosque encierra…

Juan Andés Oria, contando la intrincada red de comunicación que
establecen las micorrizas con pinos y robles, entre otros.
Ejemplares de hongos de la familia Scleroderma, y que popularmente
llamamos 'pedos de lobo', en feliz y mutua asociación con el
madroño, el roble y el pino en el patio del colegio.

Porque pensamos que ‘la interné’ es una cosa muy moderna, pero ríete tú del sistema de comunicación que se traen los micelios de los hongos con las raíces de los árboles para movilizar cosas tan raras como molibdeno de un extremo a otro de un bosque; o las tareas de fumigación a las que se dedican muchas rapaces –a veces, recorriendo kilómetros- para llevar a sus nidos musgo o acículas de pino resinero y mantener a raya a los insectos que, de otro modo, debilitarían a sus aguiluchos. Y nadie sabe cómo estos saberes se han compartido, pero con musgo también se tapizaban antaño los gallineros, y nos contaba Juan Andrés que conoció a un leñador que se curó la herida provocada por un hacha con la resina del pino, que además de antiséptica, es cicatrizante.

Podemos también reírnos de los ‘superalimentos’ si los comparamos con la energía que almacena una bellota, capaz de desarrollar en su primer año de vida raíces de un metro de profundidad. Lo que nos da pie a pensar que cuando paseamos por un encinar o un robledal tenemos ante nuestros ojos una mínima parte de lo que se esconde bajo el bosque, pues cualquier ejemplar maduro puede tener raíces veinticinco veces más grandes que el volumen de su copa. A estos bosques climácicos –las comunidades que alcanzan el mayor grado de equilibrio en un territorio- se adaptaron formas de vida y pastoreo, dando lugar a ecosistemas, o más correctamente, agroecosistemas: una mezcla de paisaje y paisanaje, de relaciones, de oficios y tareas, de producción de alimentos, lana, leña, corcho… sin nombrar la sostenibilidad ni tener idea de economía circular, pero dando queso, pieles, miel y toda una cultura, y con la cultura, historias, y con las historias, palabras.

Palabras que a veces nos gustaría enterrar bajo el bosque, como pelagartal, plantando bellotas…





lunes, 13 de enero de 2020

Un mismo saber sobre el cielo






Si los felices años veinte del siglo pasado nos recuerdan una época de prosperidad económica que, lastimosamente, sabemos cómo terminó, este comienzo de año bisiesto, cambio de década incluida, podría arrancar con un interrogante en dirección contraria… ¿quién teme al decrecimiento? Cerramos el año y el trimestre con un evento climático que solo el tiempo dirá hasta qué punto no es un sarao cargado de buenas intenciones…

Por lo que a esta red se refiere, tuvimos nuestra pequeña presencia allí: ESenRED participó en la jornada ‘Educación para el Desarrollo Sostenible y por el Clima’ –enmarcada en la Cumbre Mundial por el Clima COP25-, y no solo para contar sino para solicitar la integración curricular de la emergencia climática de la que tanto se habla, y sobre la que tantas propuestas similares van surgiendo. Afrontar el cambio climático desde el sistema educativo va más allá de la adaptación curricular, ya que en paralelo a esto, a la necesaria adopción de nuevas metodologías y a la formación docente, tendrán que venir otros cambios referidos a las propias infraestructuras y procesos vinculados al ámbito educativo.

Los Reyes Magos han dejado en nuestras latitudes la formación de un nuevo gobierno cuyo valor, visto en perspectiva, resulta más simbólico que los cofres de sus majestades de Oriente. El hecho de que el nuevo ejecutivo cuente con cuatro vicepresidencias –siendo dos de ellas de transición ecológica y agenda 2030- marca líneas maestras y define ejes con una mirada transversal a toda su actuación que, al menos a priori, resultan esperanzadoras. Y si nos acercamos a la letra pequeña y revisamos el acuerdo de la primera coalición de gobierno desde la II República, se puede ver que, por ejemplo, en un ámbito tan cotidiano como la alimentación escolar, parece haber mimbres para confiar en una apuesta por un modelo agroalimentario que contempla la salud, el desarrollo rural y la producción ecológica entre sus criterios.

Representantes de ESenRED con la ministra de Educación, Isabel Ceelá, el
pasado 11 de diciembre, en la COP25.

Pero no es oro todo lo que reluce, ni siquiera incienso y mirra. La COP25 coincidió con el Seminario de ESenRED en el que, como os podéis imaginar, le damos vueltas a lo que hacemos, incluida la coherencia de nuestras propuestas. Sabéis mejor que nadie hasta qué punto se ha cruzado la agenda 2030 y los ODS como eje de trabajo en los centros educativos, una excusa como otra cualquiera para sacar a la escuela de su ensimismamiento y poder abordar en –y conectar desde- las aulas la realidad circundante: del cambio climático a la violencia machista, desde los temporales en la costa o los incendios en las antípodas hasta la migraciones (climáticas y/o por conflictos armados vinculados a la apropiación de recursos naturales) y las nefastas políticas de control contrarias a derechos humanos, desde la gobernanza de los bienes comunes a la emergencia de los nacionalismos y, en una deriva más preocupante, su transmutación xenófoba.

Resultado del análisis de los ODS que más y menos se trabajan en
los centros educativos adheridos a ESenRED.

En este plantearnos incoherencias, nos dio por analizar qué objetivos de desarrollo sostenible centran el trabajo de nuestras redes: la imagen que acompaño –en la que aparecen en orden numérico- creo que es más elocuente que cualquier explicación. Pero llaman la atención dos objetivos sobre los que parece que no actuamos, nada más y nada menos que el de hambre cero y el de trabajo decente y crecimiento económico. No deja de ser paradójico que en un sistema basado en la reproducción de crisis cíclicas –precisamente, por el exceso de producción- el acceso de la población a y la soberanía sobre los alimentos, más que un mantra que repetimos desde hace décadas, se haya convertido en una suerte de nirvana inalcanzable. Y, más que llamativo, escandaloso resulta que el crecimiento económico siga siendo un objetivo de desarrollo, sobre todo, a costa de una meta que dice explícitamente lo siguiente:

“Lograr niveles más elevados de productividad económica mediante la diversificación, la modernización tecnológica y la innovación, entre otras cosas centrándose en los sectores con gran valor añadido y un uso intensivo de la mano de obra.”

Que el capitalismo se siente amenazado por la crisis climática y el colapso ecológico es algo innegable, básicamente, porque ataca la base de su funcionamiento, que no es otra que el acceso a una energía barata. Que el capitalismo no se va a recuperar de esta como de anteriores crisis, también está claro, porque cada vez queda menos de dónde rascar: estamos en el ‘peak everything’, y no tanto por la limitación de recursos como su disponibilidad, o sea, el coste energético y económico de su extracción. Pero tampoco caigamos en la celebración de su fracaso, porque puede morir matando. Que decrecer ya no es una opción, es algo que cada vez más gente tenemos claro: la cuestión es si decrecemos juntas, poniendo el bien común y la vida en el centro, o si dejamos que ‘nos decrezcan’, engañándonos con baratijas brillantes, como el emprendimiento –una fórmula maravillosa para darle glamour a nuestra precariedad-, cuando de lo que deberíamos estar hablando es de trabajar menos y trabajar todas, y ahora no solo como una reivindicación (histórica) social y económica, sino como una imperiosa necesidad (ambiental) de supervivencia. Y esto es algo que, también, deberíamos abordar en y desde la escuela.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Yo sé escribir muy bonito…

¿Cuántas formas de aprender y enseñar caben en una maleta? Ayer en el PRAE nos brindaron un anticipo en primicia
de otras herramientas pedagógicas, pero... no os podemos adelantar nada más.


El huerto escolar es un elemento que este año ha tenido un asombroso éxito en la red de escuelas de nuestro programa, y creo que he perdido la cuenta de los colegios que ya están o se van a poner manos a la obra. En el CEIP Villa y Tierra, de Saldaña, han entregado en las aulas un sencillo formulario para que niños y niñas pregunten en casa a sus mayores qué se puede plantar en invierno, porque la cosa se les quedaba deslucida en esta época del año. De esta manera harán la selección de variedades que germinarán en los semilleros de cada aula y plantarán después –según las indicaciones que de la propia familia- en el huerto escolar.

En el recién incorporado Nª Sª de la Providencia, de Palencia, también quieren crear su propio huerto escolar. Este año de arranque se van a centrar en el tema de los residuos, con un diagnóstico –que tendrá que ir precedido de alguna idea que llame la atención y que quedó perfilada en la primera reunión de su Comisión Ambiental- que invite a hacer una reflexión colectiva sobre lo que pasa con las basuras del centro y proponer mejoras. Y ya se van anticipando, porque una de las ideas que tienen es elaborar su propio abono a partir de los restos orgánicos. De momento, están difundiendo y abriendo el programa a la participación, y se han lanzado a recoger una lluvia de ideas: no son más que pequeños gestos cotidianos, pero se les ha ocurrido colocar las propuestas de cada clase en la tabica (lo he tenido que buscar porque no sabía cómo se definía) de las escaleras. En las fotos que han colgado en su blog Escuela Sostenible igual os queda más clara la idea.

Comisión Ambiental en el CEIP Villa y Tierra (Saldaña): dos alumnas de
cursos superiores habían preparado una presentación para compartir y
repasar los logros del curso pasado.

Ayer tuvimos reunión del seminario docente en el PRAE, un centro que ya cumple diez años y está en una suerte de cambio de ciclo: más que un centro de visitantes, quiere convertirse en un centro de recursos ambientales y, un paso más allá, un agente con el que codiseñar proyectos a la medida. El CEIP Las Rozas, de Guardo, algo de eso debe de saber y en enero próximo recibirá la visita de sus técnicos. También nos hablaron de V(e2)n, el programa de visitas escolares a espacios naturales, y de su programa de voluntariado ambiental, que tiene entre los centros educativos una importante demanda. A Mª José, del CEIP Villalobón, se le encendieron los ojillos al oírlo, porque sería un estímulo y un impulso estupendo para la iniciativa puesta en marcha por cuatro alumnas de 6º de Primaria: conscientes de que el problema de las basuras no terminaba en el colegio, quisieron lanzar una jornada de limpieza invitando a todo el municipio de Villalobón, como una forma de tomar conciencia sobre los principales puntos negros. Aunque no tuvieron mucho éxito, están entusiasmadas y han grabado un vídeo, y a buen seguro que van a liderar la ecoauditoría de residuos que se han planteado hacer este curso en el colegio.

Un momento de la Comisión Ambiental en el CEIP Villalobón: los cursos
mayores se esmeran en explicar a peques las diferencias de conceptos.

Volviendo a Palencia, el CEIP Padre Claret también va a desarrollar este año un huerto escolar como proyecto de centro, aprovechando la motivación de un grupo de mamás y papás. Pero se han dado cuenta de que, aunque se ha venido trabajando mucho sobre la separación de residuos y se puso en marcha la ‘TupperRevolution’ para limitar el uso de envases en los almuerzos, todavía hay quienes por despiste o desgana tiran la basura en la primera papelera que pillan a mano. Así que, alguien se dio cuenta de que a menudo hay que recordar al resto de escolares dónde arrojar cada tipo de residuo para que no se olviden. “Yo sé escribir muy bonito”, fue lo que dijo una peque en la reunión de la Comisión Ambiental, y ofreció lo mejor que ella sabía hacer para colaborar en un proyecto común. Estoy deseando ver esos carteles…

miércoles, 20 de noviembre de 2019

La gran bellotada ibérica… y los barcos de papel




“Y como otros plantaron para nos, y gozamos de su trabajo, cosa buena es que nosotros trabajemos,
y plantemos para nos y para los que después de nos vinieren.”
Alonso de Herrera, Agricultura General, 1513



El árbol de la vida, Gustav Klimt.

No sé si estamos todo el mundo al corriente de que esto del cambio climático, como la suerte, va por barrios. Y mirad por dónde, a toda el área mediterránea, en general, y a España, en particular, le ha tocado la china: somos una de las zonas del Planeta más vulnerables a sus efectos. A la Wkipedia ni le ha dado tiempo a actualizar su entrada sobre el ‘acqua alta’, el fenómeno de mareas altas que periódicamente inunda la Laguna de Venecia y que la semana pasada alcanzó su máximo histórico, con 187 cm de agua por encima del nivel normal y el 96% de la ciudad anegada. Pero, más allá del dato extraordinario, lo importante es la tendencia: en el último medio siglo el fenómeno ha pasado de tener una frecuencia de menos de 10 veces a repetirse más de 60 al año.

El 70% de la Península Ibérica está en riesgo de desertificación, una cosa que va mucho más allá de las olas de calor o de la pérdida de bosques, sino de la desaparición de esa parte esencial del bioma de la Tierra en la que pocas veces reparamos: el suelo. Para paliar esos efectos tenemos una herramienta natural, especialmente adaptada a las duras condiciones del clima mediterráneo, ya sabéis, aquello de inviernos fríos y largos, y veranos extremos: la bellota.


La Gran Bellotada Ibérica, una iniciativa de la sociedad civil, ha lanzado el reto de plantar 25 millones de estas semillas, y uno de nuestros colegios, Las Rozas, de Guardo, ya se ha sumado. Se han puesto en contacto con otras organizaciones del entorno, desde el club de montaña a la asociación micológica, sin olvidarse de las familias, y a finales de octubre se fueron de recolección. Según me cuentan, tienen miles de bellotas en cuarentena, y ahora les falta salir a sembrarlas, lo que tienen planeado hacer en Monte Corcos y en Muñeca de la Peña, por la carga simbólica del emplazamiento, un desmonte por el que la empresa UMINSA ya fue sancionada por incumplimiento de las medidas protectoras de la declaración de impacto ambiental de una mina a cielo abierto, y años después parece estar haciéndose la ‘sueca’ para aplicar las medidas de restauración. Eso sí, seguro que subvenciones de planes de reconversión minera se habrá llevado unas cuantas…

Acción ciudadana frente a agenda política
En 2017, Christiana Figueres, quien fuera secretaria de la Convención de Naciones Unidas para el Cambio Climático, publicó una carta en la revista Nature  –junto con otras personas del ámbito científico y diplomático- para alertar de que nos quedaban tres años para salvar el clima, vamos, que como diríamos en inglés estamos on time. Pero me atrevo a remedar el título del artículo porque al clima no hace falta salvarle: somos los seres humanos quienes debemos, como dice Vandana Shiva, cuidar del hogar que habitamos si queremos salvarnos.

En unas semanas España será la anfitriona de la COP25, o sea, la Conferencia de las Partes, o sea, dentro de la Convención, quien toma decisiones. Y parece que desde el Acuerdo de París, en 2015, los avances son más bien escasos: que si mucha transparencia, pero los objetivos firmados no son legalmente vinculantes; que si mucha responsabilidad, pero más para ver oportunidades de inversión en terceros países que para remediar los desastres derivados; que si es tiempo de actuar, pero lo de reducir las emisiones, si eso, ya veremos, porque no hay porcentajes ni plazos para alcanzarlos.

Así que, curiosamente, parece que en este asunto, como en tantos otros, va a tener que ser la sociedad civil la que de una lección, y la batalla. Si esta conferencia se celebra en España es porque su presidencia, Chile, ha tenido tal convulsión interna que hasta se ha conseguido un plebiscito para cambiar la Constitución… ¡con lo que acá nos cuesta solo cumplirla! Y sí, tendremos que ser la gente, la ciudadanía, tú, yo y todas las demás quienes adoptemos una actitud adulta y responsable, lejos del optimismo infantilizado que impera en estos tiempos.

Yates y barcos de papel
Ayer, acabada la comisión ambiental en un colegio, se me acercó un adolescente y me dijo que, claro, todas las soluciones traen sus nuevos problemas, porque “mira tú lo del coche eléctrico… ¿de dónde vamos a sacar tanta batería de litio?” Inmediatamente, le pregunté si estaba al corriente de lo que pasaba en Bolivia –y dudo por su cara que supiera ni colocarla en el mapa-, pero me encantó que un chaval tan joven pusiera en tela de juicio el epítome de ese pensamiento positivo tardocapitalista: el coche eléctrico.

Para hablar de cambio climático se suele aludir mucho a ese símil que nos coloca como especie humana a bordo de un mismo barco, y a partir del cual los nuevos gurús apelan a la agenda (y agencia) humana, o sea, al tú puedes, a sé el cambio que esperas ver en el mundo, y vainas de este pelo, en definitiva, al cambio individual. Cautela. Eso de que los cambios empiezan por lo personal está muy bien, es una idea bonita, pero no es lo mismo viajar en yate que en un barco de papel, de hecho, ya hay barcos que se están hundiendo, no hace falta más que mirar hacia quienes ya están dejando su casa, sus países, debido a fenómenos extremos, al expolio de sus territorios, a la falta de oportunidades...

Cuando se apela a la libre elección individual para cambiar nuestros hábitos –consumir energía renovable, vivir sin coche, no viajar en avión, evitar la carne- se está obviando que la gran mayoría de las personas más vulnerables por los efectos del cambio climático seguramente no tengan coche, la carne no sea habitual en su dieta y si han viajado, seguramente, lo hayan hecho en patera… ¿dónde está su libre albedrío? Responsabilizarnos de nuestras acciones y cambiar consecuentemente nuestros hábitos es una idea muy buena, pero que no nos impida ver la desigualdad social y racial que se cruza con el cambio climático. Ni reconocer que los desafíos a los que nos enfrentamos se tienen que construir en la esfera política: porque solo políticamente se puede poner freno a los yates de lujo y proteger a quienes viajan en barcos de papel, o mejor aún, se puede plantear la osadía de viajar todo el mundo en velero.

viernes, 15 de noviembre de 2019

EL CLIMA EN EL CENTRO*





Como es sabido, en las próximas décadas la humanidad se enfrenta a retos como pocas veces se han vivido en la Historia, y que van a marcar un punto de inflexión en nuestra forma de vivir. Nos encontramos ante una crisis múltiple marcada por el aumento de la temperatura global del Planeta –acelerada en los últimos 20 años-, el descenso inminente de la disponibilidad energética –y que ha hecho posible el crecimiento de los últimos 60 años-, y una pérdida de biodiversidad acelerada, tres hechos que ponen en peligro las condiciones básicas para una vida digna en nuestro planeta. Ha llegado la hora de poner el clima en el centro.

Como nos ha enseñado el movimiento feminista, es preciso entender que estamos ante un despertar que pasa por ser conscientes de que podemos frenar el problema: la causa de la emergencia climática es la dependencia de un sistema fósil y de un sistema de privilegios y de inercias frente a las que poner el cuerpo. Es el momento de que conceptos como la vergüenza de volar, la paradoja de Jevons o la soberanía alimentaria se conviertan en conversaciones recurrentes en todas partes.


Se crea la plataforma ‘Alianza por el Clima’ en Palencia
En medio de este estado de emergencia nos encontramos, sin embargo, con una buena noticia: existe un despertar colectivo que va tomando forma en torno a la ‘primavera climática’. Surge en los últimos meses la inspiración de los mensajes de la activista Greta Thunberg, que revelan cómo la problemática ecológica es un problema para las generaciones presentes sobre el que debemos actuar de forma inmediata. Este mensaje ha sido capaz de movilizar a jóvenes, se ha extendido a sus familias y ha terminado permeando en buena parte de la sociedad, que ya se pregunta qué se ha hecho durante este tiempo, qué futuro queremos y qué nos espera si no afrontamos el reto…

Como respuesta a lo anterior, surge en Palencia ‘Alianza por el Clima’, con el impulso del grupo local de Ecologistas en Acción  y el grupo de decrecimiento Hasta aquí hemos llegado. Es este un espacio en construcción en el que interactúan simpatizantes y militantes de partidos políticos, colectivos como los mencionados, y particulares. Algunas iniciativas ya han sido llevadas adelante, como la moción que ha sumado al Ayuntamiento de Palencia al Pacto de Milán –cuyo objetivo es alcanzar sistemas alimentarios sostenibles en las ciudades- y los trabajos sobre movilidad compartida.


La escuela frente a la emergencia climática
Buena parte de los integrantes de esta nueva plataforma somos personas del ámbito de la educación, docentes y miembros de AMPAS. Hasta ahora, el profesorado más sensibilizado trataba de acercar los problemas ambientales a la escuela. Ahora, el camino parece ser el inverso: el nuevo escenario ha provocado que la emergencia climática salga de los centros educativos, interpele a la sociedad y emprenda y reclame acciones. Acciones por otro lado simbólicas que, si bien ayudan a tomar conciencia del problema, resultan insuficientes. En paralelo, existe una sobrecarga  de contenidos medioambientales, pero ¿qué posibilidades tiene la escuela para abordarlos? ¿Cómo afrontarlos? ¿Desde un enfoque científico y tecnológico? ¿Con neutralidad? ¿Acaso existe, acaso es deseable? ¿Cuál es el lugar para la ‘emergencia climática’ en las aulas y cómo podemos trabajarla?

Desde el grupo de educación de ‘Alianza por el Clima’ pensamos que es momento de situar, como dice Yayo Herrero “la vida en el centro”, y que la escuela sea uno de los lugares en el que podamos imaginar, construir y experimentar alternativas. Queremos compartir y elaborar propuestas con perspectivas ecosociales que contribuyan a conseguirlo e invitamos a todos aquellos miembros de la comunidad educativa a acompañarnos.


* Entrada redactada por Juan Campagne, profesor del Colegio Maristas Castilla y coordinador del programa Escuelas para la Sostenibilidad en su centro, miembro de Ecologistas en Acción Palencia, y uno de los impulsores de 'Alianza por el Clima' en la ciudad.

viernes, 8 de noviembre de 2019

No nos comamos el mundo



Son curiosas las expresiones, porque ‘comerse el mundo’ pareciera una seña de identidad que cualquiera quisiera tener, esa idea de que nada se te pone por delante y puedes con todo. Pero los tiempos cambian y, a veces, es bueno pararse a pensar en lo que tienes delante –más que nada para no llevártelo de calle-, y quizá tampoco es bueno poder con todo, porque depende de cómo se entienda eso de poder, igual se nos va la mano y es un poder que ejercemos sobre algo o alguien.

El miércoles me encontré con que el colegio de Ampudia ha cambiado de nombre, dejando atrás al Conde de Vallellano –presidente del Consejo de Estado y ministro de Obras Públicas durante la dictadura franquista- y adoptando el humilde La Cañada. La carretera que hoy te lleva por Valoria del Alcor hasta Ampudia está sobre la Cañada Real de Merinas, la ruta que seguían los pastores de Extremadura para subir sus rebaños a las montañas leonesas y palentinas durante el verano. ¡Eso sí que eran viajes! En una ocasión, alguien me dijo que el queso de oveja es el alimento dónde mejor se concentra, y de forma más sostenible, toda la energía de la tierra: un modelo de ganadería extensiva, mantenimiento de bosques autóctonos, obtención de un producto de alto valor nutritivo sin sacrificio animal y, por si fuera poco, lana de la mejor calidad.



Bueno, pues de algo de eso, y recuperando un poco de memoria, se quiere trabajar en el colegio este año. El huerto, el pequeño corral de gallinas, el compostero, los comederos y observatorios de aves son elementos ya integrados en la vida cotidiana de este centro. Aprovechando que el curso pasado todo el colegio recorrió las calles del pueblo, sumándose a la huelga climática, le planteé a la renovada Comisión Ambiental si relacionaban de alguna manera las mejoras que tanto les gustaban en el colegio con eso –que les sigue sonando tan lejano- del calentamiento global.


La primera conclusión –corroborada en otros escenarios- fue comprobar el efecto tan intenso que en su día tuvo la campaña de sensibilización sobre el agujero en la capa de ozono, hasta el punto de que, a fecha de hoy, sigue estando extendida la idea de que el calentamiento se nos cuela por el dichoso agujero. El caso es que entre risas y bromas fuimos deshilvanando un poco la madeja, sobre la que trabajarán a lo largo del curso, centrándose en el impacto, mayor o menor, que tienen los alimentos en el cambio climático. Si un vaso de yogur no se puede transformar en abono para el huerto en la compostera, o si pensamos que lo que compramos en el supermercado viene de un poquito más lejos que de la balda de la que le echamos mano, quizá podamos plantearnos que lo que comemos, a lo peor, se está comiendo el mundo.

Por eso, para empezar, vamos a darle la vuelta a ese dicho, y vamos a hacer un viaje ficticio de la mano de los alimentos. Quizá por ahí, vayamos tomando conciencia de la importancia de ponernos límites, y de nuestra ansiada libertad pasemos a hablar de interdependencia: la que tenemos de la tierra que nos sustenta, de otras personas y de otros territorios. Se puede encontrar un grado de libertad infinito en cualquier encuadre, solo es cuestión de darle profundidad a lo que hacemos. Decía Stravinsky “cuanto más me limito, más me libero”.



lunes, 21 de octubre de 2019

Ecos


El pasado 3 de octubre, en el CFIE de Palencia, dándole una vuelta a lo que hacemos,
cómo lo hacemos y cómo queremos hacerlo...


Valladolid y finales de octubre es sinónimo de cine. Ayer vi Echo (Bergmál), una película islandesa en la que no hay ni un solo movimiento de cámara. Es como si el director se hubiera dado un tiempo para grabar toda una serie de planos y componer un suerte de collage, frío, distante, casi aséptico, sobre la sociedad actual. No hay juicio, pero el cuadro final resulta feroz.

Traigo a colación esto porque eso de darse un tiempo es lo que me parece que necesitamos. Abriendo el mes tuvimos la primera reunión del seminario, rencuentro, bienvenida, nuevas caras, próximo curso… pero ¿estamos haciendo las cosas bien? Hubo quien comentó que tampoco hacía falta flagelarse, y es verdad, pero la educación judeocristiana (aunque seamos tan ateos como Buñuel, por la gracia de Dios) hace estas cosas, y dimos cuenta –sin pasarse, tampoco es eso…- de la penitencia que arrastra el pecado.

El curso pasado lo cerramos, como de costumbre, con una evaluación. La evaluación, por seguir con símiles católicos (que dan mucho juego) es como la Santísima Trinidad: se presenta como un axioma, pero no deja de ser más que un misterio. O sea, todo el mundo la considera imprescindible, casi nadie deja de hacerla, pero muy poca gente la contrasta y aplica mejoras acordes. Quizá tampoco seamos capaces de hacerlo en esta red, pero vamos a intentarlo.

No creo que haya nadie más cualificado para atender a un gremio que gente de ese mismo gremio. Entonces, ¿por qué darle tantas vueltas, si hasta resulta evidente que los intercambios de experiencias se consideran la mejor fórmula de formación y autoformación? Si la falta de tiempo y de recursos se ven como la mayor limitación, ¿por qué no compartir en los escasos encuentros las ideas, los materiales, los enfoques de lo que funciona y, como alguien dijo, aprovecharse unos centros de otros? Por ahí iban los ecos que me resonaban a la hora de encarar el nuevo curso, pero no eran los únicos. 

Leyendo un día los métodos de un profesor para incentivar la lectura me preguntaba, no ya si estamos a la altura de las herramientas tecnológicas que pueden conectar con la infancia y adolescencia actual, sino si la manera y el fondo de lo que se les cuenta tiene algún sentido, o lo tendrá, dentro de muy poco. Y me seguían resonando más ecos, como plantearme para qué tanta matraca con la transversalidad de la educación ambiental, o ahora el currículum de emergencia climática, si al final los centros escolares no dejan de ser espacios paralelos donde en una franja muy concreta de edad se pasa un tiempo (mucho) completamente desconectado de la vida, en particular, y del mundo, en general.

No hay noticia internacional que esté ocupando las últimas semanas –y me atrevería a decir que meses y años– las portadas de los diarios que no ponga de manifiesto que las medidas que se adopten en favor de la sostenibilidad ambiental solo traerán enormes desigualdades y, consecuentemente, conflictos sociales si no van acompañadas de fuertes políticas públicas de sostenibilidad social. Todo lo demás, serán ecos de una sociedad que, como la pareja en el relato de Ray Bradbury, La última noche del mundo, cierra cómicamente el grifo del agua mientras espera el final.

martes, 15 de octubre de 2019

Crónica del primer año de andadura...*


“Muchos de nosotros nos preguntamos qué planeta estamos dejando a nuestros niños. Sin embargo, pocos se preguntan lo contrario: ¿Qué clase de niños estamos dejando a nuestro planeta?”
Simeón Ogonga, líder juvenil keniano.



¿Cumple nuestro colegio con las tres erres? ¿Son sostenibles nuestros patios? ¿Qué porcentaje de plástico hay en los cubos de pasillos y clases? Preguntas como estas y otras más son las que nos hemos hecho escolares, docentes y familias desde el curso pasado cuando empezamos nuestra andadura en el  programa Escuelas para la Sostenibilidad.
Desde el grupo motor escogimos un tema, varios eran los que nos inquietaban, pero nos decidimos por uno: la gestión de la basura. Decidimos dar nuestro primer paso y hacer un diagnóstico. Para ello, nos fueron de mucha utilidad las ecoauditorías escolares, procedimiento con el que acabamos estando bastante familiarizados. Gracias a este análisis inicial descubrimos y definimos cuáles son los principales problemas que existen en relación con los residuos en nuestro colegio y en el entorno próximo, sus causas, sus efectos, nuestros hábitos…
Cuando por fin tuvimos una idea más acabada de lo que ocurre –generamos mucho plástico en los almuerzos de los recreos–, ideamos y decidimos unas acciones para solucionar o minimizar este problema. En primer lugar, comunicamos a toda la comunidad nuestra observación y nuestros propósitos. Luego, enviamos una carta al equipo directivo para que se pusieran más cubos y así poder separar residuos. En tercer lugar, decidimos informarnos más acerca del plástico e invitamos a Silvia González, biotecnóloga palentina especializada en el impacto de este material en nuestro organismo y en el de los demás seres vivos. Supimos que el plástico es un derivado del petróleo y a continuación nos animamos a saber más de este recurso no renovable: solicitamos a Ecologistas en Acción y al grupo de decrecimiento Hasta aquí hemos llegado la exposición Los límites del crecimiento y la utilizamos para difundir y debatir entre nosotras sobre conceptos como 'decrecimiento', 'colapso', 'pico del petróleo' y otros.
Otro asunto de importancia ha sido la participación. Nos hemos propuesto que la toma de decisiones sea fruto del acuerdo y del consenso. Así es que creamos la comisión ambiental, órgano integrado por profesorado, alumnado y familias, que se ha encargado de centralizar las propuestas de mejora que hemos ido haciendo desde las aulas.
Llegada la primavera del curso pasado, vimos con satisfacción que algunas de nuestras iniciativas llegaban a buen puerto y, también, que otras nos iban a llevar más tiempo... La participación en la CONFINT provincial en Saldaña nos dejó buenas sensaciones y nuevas ideas, razón por la que no nos resultó difícil ponernos pronto manos a la obra en este nuevo curso.
Así que desde la comisión ambiental pensamos que era una buena idea aprovechar las reuniones con las familias del mes de octubre y preparar un vídeo para recordar nuestra participación en el programa. De paso, incluimos los datos que quedaron de las ecoauditorías y animamos a toda la comunidad a sumarse realizando algunos ecogestos. Ahora nos toca saber si estamos avanzando en el camino correcto, pronto habrá que evaluar los resultados y el impacto de este primer paso.
Mientras, nuestros próximos retos van teniendo forma de nuevas preguntas: ¿qué calidad tiene el aire que respiramos en el patio del colegio?, ¿qué está ocurriendo con el clima?...

* La autoría de esta entrada, así como el vídeo que la ilustra, es de la Comisión Ambiental del Colegio Maristas Castilla, de Palencia.