lunes, 21 de septiembre de 2020

Educación ecosocial en tiempos de crisis sanitaria

 

 “Si toda crisis, implica oportunidad. Esta es la oportunidad más importante en la historia de la humanidad para construir un orden global basado en la solidaridad, el conocimiento y el respeto al medio ambiente.”

 Patricio Julián Feldman

Cartel del IES VIllajunco de Santander

Comienza el curso escolar. Un curso muy diferente que quedará en nuestras memorias grabado como el curso de las mascarillas y el distanciamiento social. Un curso que arranca, tras muchos meses sin acudir a las aulas en la mayoría de los casos, con una escuela radicalmente diferente con grupos burbuja, mascarillas y gel hidroalcohólico en nuestro entorno. Un curso en el que la pandemia parece haber relegado todo a un segundo plano porque “lo primero es la salud”. Un curso en el que se fomenta el consumo de objetos desechables: mascarillas desechables, guantes desechables, botellas desechables, etc. Frente a esta realidad no debemos olvidar que hemos llegado a esta situación por una zoonosis, una enfermedad de origen animal que ha dado el salto al humano por la degradación ambiental, por la mala salud del planeta. Así que sí, lo primero es la salud… del planeta.

Frente a la incertidumbre sobre cómo será el curso 2020-21 tenemos una gran certeza: la COVID-19 ha dejado patente la interdependencia que existe entre la salud del planeta y la nuestra. Frente a esta evidencia educar con una perspectiva ecosocial e incluyendo los ODS parece hoy más necesario que nunca.

Los aprendizajes que hemos obtenido de esta crisis sanitaria, que desgraciadamente han conllevado un coste social muy alto, han sido muchos y muy variados. Hemos aprendido que para vivir necesitamos muchísimo menos que lo que creíamos. Hemos valorado el trabajo de las personas que cuidan de nosotros, de las que cultivan nuestros alimentos, los transportan o atienden en las tiendas. Hemos probado a hacer pan con nuestras propias manos. Hemos sabido movernos utilizando menos combustible. Hemos vuelto a comprar en las tiendas del barrio o del pueblo. Hemos experimentado cómo lo que más nos hace felices es el contacto.

Imagen compartida por Miguel Brieva en su Instagram que invita a reflexionar sobre los aprendizajes que podemos sacar de esta situación excepcional

Más allá de estos aprendizajes personales o colectivos,  es necesario repensar la educación con perspectiva ecosocial para entender el momento que nos ha tocado vivir, marcado por fuertes cambios e incierto, y tratar de revertir los problemas a los que vamos a enfrentarnos o ayudar a paliar sus efectos. Para ello algunas claves pueden ser enseñar a desenvolverse en la incertidumbre, a resolver problemas diversos, a desarrollar la creatividad…

Es importante entender que somos seres ecodependientes, es decir, dependemos de la naturaleza de la que obtenemos todo lo que necesitamos para vivir. La naturaleza está sujeta a límites físicos, por lo que nuestra vida humana y nuestra economía también están sujetas a límites. Hay que enseñar al alumnado los elementos clave de la crisis ambiental, a asumir los límites planetarios, a tener una mirada sistémica…

También somos seres interdependientes. La vida de cualquier persona en solitario es imposible, ningún ser humano puede vivir solo ya que vivimos en cuerpos vulnerables que necesitan de cuidados y atenciones a lo largo de toda la vida. Para ello hay que saber analizar los procesos que nos han llevado hasta sociedades basadas en las desigualdades. Y desarrollar la empatía, fundamental para conseguir sociedades justas y democráticas.

Así mismo es necesario trabajar para que el alumnado se conciba como un agente de cambio ecosocial. La educación ha de servir, sobre todo, a la mejora colectiva. Se pueden, por ejemplo, organizar encuentros para debatir en la comunidad educativa cómo podemos hacer frente a la situación que vivimos y visualizar entre todas las oportunidades que la situación nos brinda si trabajamos colectivamente.

En definitiva, ahora más que nunca es necesario apostar por una educación que luche por conseguir el bienestar para todas y todos, tomando consciencia de nuestra ecodependencia y las interdependencias que nos permiten estar vivas.  Y para que este curso no perdáis la perspectiva ecosocial en vuestro día a día, os recomendamos el calendario escolar que Teachers for Future ha diseñado para este 2020-21. Evitemos que se repita la historia, sigamos trabajando concienciando a nuestras comunidades educativas, administraciones y a la sociedad en general para que pasen a la acción, ¿os apuntáis al cambio?

lunes, 8 de junio de 2020

El 5 de Junio, lanzamos una vacuna para salvar el Planeta



Cada 5 de junio, Escuelas para la Sostenibilidad se pone sus mejores galas para celebrar el Día Mundial del Medio Ambiente con las y los jóvenes palentinos que forman parte de nuestra red. Aprovechamos la celebración de esta efeméride con el cierre del curso, lo que nos sirve de excusa perfecta para desearnos colectivamente un buen y merecido descanso además de poner en común los avances que cada colegio, cada escuela, o cada instituto que forma parte de este proyecto, ha sumado en su trabajo de ambientalización del centro educativo.

Este año todo ha sido distinto y también nuestro programa que ha sufrido como todo el sector educativo, el embate de una crisis sanitaria sin precedentes que nos ha desconcertado absolutamente. A duras penas, y con un esfuerzo que habrá algún día que reconocer de madres, padres, alumnado y, sobre todo, personal docente, el curso escolar ha continuado y nuestro programa ha querido adaptarse a estas circunstancias extrañas para aportar también nuestro granito de arena. Ha sido imposible reunirnos para celebrar los esfuerzos que cada cole y cada persona hacemos para hacer más habitable nuestro Planeta, es verdad, pero las ganas de seguir apostando por un medio ambiente más sano y por trabajar para los Objetivos de Desarrollo Sostenible siguen vigentes.

Por eso, el reto que hemos planteado a los participantes de nuestra red de Escuelas para la Sostenibilidad, ha sido: en estos tiempos de pandemia ¿qué vacuna idearías tú para salvar el Planeta?

Ante esa cuestión, decenas y decenas de escolares de la provincia se han puesto a pensar desde el confinamiento de sus hogares en qué hacer para sanar la salud del Planeta. Cada uno de los catorce centros que forman nuestra Red ha recogido las vacunas de sus alumnos y alumnas y ha escogido una representativa del Centro ¡y el resultado no puede ser más esperanzador! Lo hemos resumido en el siguiente vídeo:
 


Las vacunas para el Planeta desde la provincia de Palencia se unen a las otras decenas y decenas de vacunas que el resto de redes de Escuelas Sostenibles que forman parte de ESenRED y se han colgado en este mapa interactivo que representa mejor que nadie el afán de los jóvenes para mejorar nuestro medio ambiente.

martes, 26 de mayo de 2020

La competencia ecosocial, imprescindible para la salud





En estos tiempos convulsos, la vida sigue y la tramitación del proyecto de Ley Orgánica de modificación de la LOE (LOMLOE) sigue en trámite parlamentario. Este proyecto no contempla la emergencia climática y ecosocial, que la crisis sanitaria que ahora vivimos ha revelado imprescindible abordar. Es por eso que desde el movimiento #EA26 de profesionales de la educación ambiental lanzan esta propuesta que pretende conseguir incorporar la competencia ecosocial en el curriculum escolar a través de esta nueva norma legal. Reproducimos a continuación el manifiesto elaborado y que puedes encontrar en educacionambiental26.com:

INTRODUCCIÓN

El metabolismo industrial del sistema dominante de producción y consumo impacta en todo el planeta hasta el punto de sumergir a la sociedad mundial en una grave crisis ecosocial, multidimensional y global. El cambio climático es el ejemplo paradigmático, su impacto futuro estará condicionado por las decisiones presentes (individuales, colectivas, políticas, económicas, culturales, etc.). Así pues, la crisis climática es un problema que debemos afrontar y enfrentar ayudando a las sociedades, a través de la formación de sus miembros, a una toma adecuada de decisiones que faciliten su mitigación y también la adaptación a sus efectos.
La magnitud de los problemas a los que hemos abocado a los sistemas naturales que mantienen la vida en la Tierra es tal que muchos de ellos ya se encuentran comprometidos. Nuestra ecodependencia e interdependencia hacen que la educación deba facilitar una cultura de la sostenibilidad basada en la vida y en el respeto a todas sus formas y procesos y permitir que las futuras generaciones puedan convivir en paz y de manera sostenible.
El alumnado, a través de la competencia ecosocial, desarrolla  el entendimiento del ser humano como ecodependiente e interdependiente capaz de realizar una comprensión sistémica de la realidad pasada y presente. Le ayuda a ser consciente de los límites ecológicos y a ser capaz de actuar dentro de ellos y de ajustar su actividad al funcionamiento de los ecosistemas. También facilita la reflexión sobre las posibles transformaciones personales y colectivas y herramientas para una toma de
decisiones que permita avanzar hacia una transformación social hacia sociedades justas, democráticas, descarbonizadas y sostenibles. Su fundamento debe ser el conocimiento científico y el desarrollo de un sentido crítico respecto de los sistemas socialmente construidos (cuidados, cultura, política, economía, comunicación…).

DIMENSIONES DE LA COMPETENCIA ECOSOCIAL

En cuanto al saber, la competencia ecosocial impulsa el conocimiento actualizado respecto a los problemas ecosociales complejos. Considerando el cambio climático, se tienen que conocer su historia, sus causas, impactos y consecuencias, vínculos con nuestro estilo de vida, responsables, plazos, así como el significado de la descarbonización y el conocimiento de las alternativas o posibles medidas de mitigación y adaptación. Esto implica entender el planeta como un sistema finito cuyos bienes comunes deben ser tratados con la misma consideración y adquirir un conocimiento crítico del sistema de producción y consumo, de los flujos de energía y ciclos materiales del planeta.
En cuanto al saber ser, esta competencia es clave para la construcción de ecociudadanía. Los principios que la guían están orientados al respeto y cuidado de la comunidad de la vida, la integridad ecológica, la justicia social, la democracia y la no violencia. Y regidos por actitudes y valores relacionados con la asunción de criterios éticos asociados a los derechos humanos sumados al desarrollo de la empatía como elemento clave para articular sociedades ecosociales. Asimismo, la vida en comunidad precisa entender los sistemas sociales y políticos y contemplar la participación
como un derecho fundamental de la ciudadanía que debe ser alentado, además de ser un instrumento imprescindible para dar respuesta a la crisis climática.
Finalmente el saber hacer es clave para la construcción de ecociudadanía, para favorecer la capacidad para enfrentar problemas, buscar soluciones y actuar de manera individual y colaborativa en su resolución. Las habilidades argumentativas, deliberativas y de diálogo son fundamentales para la búsqueda de acuerdos. Se trata de desarrollar habilidades necesarias en entornos de alta incertidumbre en los que la resiliencia cobra protagonismo. Así pues, el pensamiento crítico constituye una de las claves para facilitar la reflexión que tenga en cuenta el conocimiento científico
disponible y los imperativos universales de justicia y equidad en el reparto de los bienes comunes y las cargas ambientales según las posibilidades y límites de los diferentes contextos vitales.
En definitiva, todo ello facilita el empoderamiento del alumnado como agentes de cambio ecosocial tanto en el centro educativo como en su entorno, incluso en esferas más amplias como la comunidad, el estado o el mundo, adoptando comportamientos sostenibles, participando e involucrándose en actividades y grupos de trabajo comunitarios para alcanzar las metas de sostenibilidad de manera consciente y contextualizada. De esta manera, se posibilita el tránsito de un modelo económico basado en el consumo y el individualismo, hacia otro basado en la cooperación y el respeto a las personas y a la naturaleza. Empoderarse significa saber cómo influir y actuar en el sistema político más allá de las comunidades de referencia (votar, participar en movimientos sociales, promover marcos normativos-legislativos alternativos, exigir políticas
públicas coherentes con la emergencia climática, etc.).


COMPETENCIA ECOSOCIAL PARA LA SOSTENIBILIDAD

La competencia ecosocial facilita la comprensión del mundo, entendiendo las relaciones y procesos que en él se producen y las consecuencias a corto, medio y largo plazo. A la vez fomenta una actitud proactiva para ser parte de una ciudadanía activa que promueve, participa y reclama acciones de defensa de la vida. Estos serían, resumiendo, los horizontes de cada dimensión:

SABER
  1. Reconocer la vida en el planeta como un sistema complejo y su valor intrínseco, así como la ecodependencia e interdependencia de  todos los seres humanos.
  2. Conocer cómo funciona la vida, los límites y flujos energéticos, materiales y biofísicos de nuestro planeta.
  3. Ser conscientes de la profunda crisis ambiental, de sus impactos en los órdenes sociales y económicos y de la inevitabilidad de profundos cambios sistémicos.
  4. Comprender y relacionar la historia, las causas, consecuencias y respuestas a los problemas ecosociales en los que está integrado el metabolismo industrial de la actividad humana.
  5. Conocer los desiguales repartos del poder y de la riqueza en las sociedades contemporáneas, sus causas y consecuencias.
  6. Reconocer cómo se manifiesta la crisis climática en las distintas escalas en las que opera la sociedad humana, desde la personal a la global; y cómo estas escalas se conectan.
SABER SER
  1. Ser conscientes de los límites ambientales, tanto de los límites externos (biofísicos y ecológicos) como de los límites internos (definidos por la satisfacción justa y suficiente de las necesidades
  2. humanas) y ser capaces de actuar dentro de ellos.
  3. Adoptar modos ambientalmente responsables en la vida cotidiana, siendo conscientes de sus consecuencias ecosociales.
  4. Tener una actitud activa en la lucha contra el cambio climático y los problemas ecosociales.
  5. Participar en el trabajo comunitario y en la defensa del bien común.
  6. Empatizar con los seres vivos y sectores sociales afectados por las problemáticas ecosociales. 
  7. Tener una actitud positiva ante las nuevas formas de entender la vida y el bienestar, más basadas en el ser que en el tener, en el sentir comunitario que en el individualismo.
SABER HACER
  1. Tener una visión holística que sea capaz de analizar el sistema económico como un subsistema del social y este a su vez del ambiental.
  2. Analizar la sociedad desde una perspectiva de justicia, equidad, democracia y solidaridad superando el androcentrismo, el etnocentrismo y el eurocentrismo.
  3. Conocer las estructuras de organización social, las posibilidades de participación en ellas para ejercer una ciudadanía activa.
  4. Resolver problemas ecosociales de manera individual y colectiva.
  5. Participar de forma consciente y crítica en los procesos de transformación ecosocial y participar en organizaciones ciudadanas para llevar a cabo acciones que  generen justicia social, equidad y sostenibilidad.
  6. Adoptar pautas de consumo ajustadas al funcionamiento de los ecosistemas de manera que puedan maximizar sus funciones.

¿Estás de acuerdo con estas ideas? Pues difunde este manifiesto en redes y firma la petición en Change.org

martes, 5 de mayo de 2020

Otros impactos de la crisis del Covid19 (y II)





Esta pandemia global es una crisis de dimensiones brutales que nos afecta como sociedad y, de seguro, condicionará la manera que tenemos de relacionarnos entre nosotros y con nuestro entorno. Con una mirada optimista, este periodo también nos ha proporcionado una serie de aprendizajes colectivos que nos pueden ayudar y muy mucho a las necesarias transiciones socioecológicas que los grandes retos ambientales nos enfrentan. Apuntamos aquí algunos de ellos.


La evidencia de un maltrato a la naturaleza que se nos revuelve

Esta pandemia ha evidenciado nuestra vulnerabilidad como seres vivos, la fatuidad de nuestra existencia y nos ha recordado algo que es evidente pero a menudo olvidamos: somos básicamente seres vivos, vulnerables, que dependemos de las variables biofísicas para vivir. También nos ha hecho tomar consciencia de que todo lo que le hacemos a la naturaleza, que soporta esas variables biofísicas de las que dependemos, tiene consecuencias sobre nuestra calidad de vida. Como nos recuerda Silvia Ribeiro, del Consejo Económico y Social de Naciones Unidas: no le echen la culpa al murciélago,  echémosla a nosotros mismos porque es la presión sobre los recursos naturales, es la reducción del espacio para la vida silvestre, la extensión de la actividad agropecuaria industrial a todos los rincones del planeta y es también la caza incontrolada de fauna silvestre, la causante última de esta pandemia. Las últimas pandemias (Covid19, gripe aviar, gripe porcina, …) han saltado de animales silvestres a los humanos fruto, justamente de la presión que ejercemos sobre ellos y en muchos casos de las técnicas de manejo de la ganadería industrial.

Esta crisis nos está poniendo frente al espejo, de manera descarnada, el efecto boomerang de nuestros actos; de cómo el modelo predador que como especie usamos para aprovechar los recursos del planeta, pasan factura antes o después. Ello hace que se esté engrosando una conciencia global, alimentada por las recientes movilizaciones climáticas, de mayor empatía y corresponsabilidad con el Planeta.



Una nueva mirada a la movilidad sostenible

El confinamiento y la casi paralización de la actividad productiva ha tenido como efecto la reducción notabiliísima de la movilidad motorizada en nuestros pueblos y ciudades hasta niveles nunca vistos. Y la salida al desconfinamiento brinda una oportunidad a aprovechar los aspectos positivos que hemos descubierto durante estas semanas de reducción de tráfico (reducción de la contaminación, pacificación del espacio público, del ruido, etc.) pero también de reconfigurar la movilidad sobre bases que faciliten la seguridad basada en el distanciamiento físico.

Así, la bicicleta, que al principio de la crisis fue vista con unos ojos llenos de prejuicios por algunas personas, ha ido ganando enteros en su concepción como medio de transporte idóneo para garantizar el distanciamiento social así como para facilitar una vida más saludable.

También la movilidad peatonal que, recordemos, sigue siendo mayoritaria en los desplazamientos cotidianos España, es una alternativa que tiene potencial de crecimiento porque también facilita el distanciamiento físico en la “nueva normalidad” que se nos aviene. De hecho, algunas ciudades como Barcelona, Zaragoza o Valladolid, y otras como la capital palentina que lo está valorando, han decidido peatonalizar calles y avenidas para facilitar que los paseos y salidas a la calle que está posibilitando la desescalada gradual, se puedan hacer en condiciones de seguridad.

Estas iniciativas están sirviendo, en definitiva, para reconsiderar la movilidad y por poner en la agenda social los evidentes beneficios de prescindir, en la medida de lo posible, de una movilidad motorizada, y el papel que el nuevo urbanismo puede tener para ello.



El valor de un consumo menos irresponsable, una nueva mirada a quien nos da de comer

Este tiempo que hemos pasado en casa nos ha permitido descubrir y recrearnos en un modo de consumo diferente. Que la levadura y la harina hayan sido los productos de mayor demanda en las semanas centrales del confinamiento, que el comercio de cercanía, las tiendas del pueblo hayan ganado en cuota de mercado ante el cierre de los centros comerciales, nos ha hecho ver que quienes mejor nos apoyan en los momentos de necesidad es el pequeño comercio y los productos de cercanía, y que nuestra capacidad para alimentarnos mejor es una apuesta por tratar mejor, también, al Planeta.

Esta pandemia  nos ha servido para reconocer nuestra dependencia de las personas y los sectores sociales de los que depende nuestra calidad de vida. Entre ellos, campesinos y campesinas que nos dan de comer han logrado escalar algunos puestos en la escala de reconocimiento social, y la soberanía alimentaria, la capacidad de los pueblos para abastecerse de alimentos de calidad, emerge con todo su potencial para transitar hacia modelos alimentarios resilientes, que sean capaces de soportar envites severos como el de esta pandemia. Necesitamos sistemas alimentarios de cercanía, que tengan capacidad de abastecer con prontitud a los mercados locales, adaptados a las peculiaridades de cada región, con capacidad para generar actividad económica y empleo y, sobre todo, respetuosos con el entorno para asegurar la alimentación también de las generaciones venideras.


La valorización de lo público

Por último, esta pandemia también nos ha mostrado la fortaleza y el valor de contar con unos servicios públicos de calidad. No solo nos referimos a un servicio sanitario capaz de enfrentar esta crisis sanitaria, sino todos los servicios públicos que han demostrado ser esenciales (educación, abastecimiento de agua, limpieza, etc.) y que todas las tardes a las ocho la sociedad ha dignificado con los aplausos dados a todas esas personas que, con sus cuidados, están haciendo posible superar esta crisis.

Además de los servicios públicos, esenciales también para diseñar una transición socioecológica más justa, la salida del confinamiento está también sirviendo para recuperar el espacio público: las imágenes de las cientos de personas paseando por calles y plazas, parques, jardines o montes tras el inicio de la desescalada, están sirviendo para mostrar que esos entornos, que siempre han estado ahí, tienen un grandísimo valor como espacios para recuperar la libertad, reconectar con la naturaleza, ocupar nuestro ocio y mejorar nuestras relaciones con nuestros vecinos y nuestro medio.



En definitiva, esta crisis ha puesto contra las cuerdas a nuestra sociedad, sin ninguna duda. Pero también nos ha permitido atisbar cómo enfrentar situaciones complicadas, y cómo los asideros que nos han soportado como sociedad durante estas durísimas semanas, pueden ser estrategias para enfrentar las necesarias transiciones socioecológicas que la crisis ambiental y el cambio climático, nos apelan como sociedad a acometer.

martes, 21 de abril de 2020

Los otros impactos de la crisis del Covid19




Esta crisis sanitaria que nos asola se ha convertido, con el paso de los días, en una crisis sistémica global que no solo se ha extendido como una mancha de aceite por todos los rincones del Planeta, sino que ha afectado a todos los ámbitos, a todas las dimensiones de la actividad humana. Desde luego a la salud pública y a la de las personas, pero también a las relaciones sociales y a sectores como el educativo, que está poniendo en una situación complicadísima a toda la comunidad escolar.

Pero también esta crisis está teniendo efectos notables sobre las variables ambientales, y por una vez en la historia, algunas de ellas no están saliendo tan mal paradas; vamos a repasar algunas de ellas.

Biodiversidad sorprendente

El confinamiento ha hecho que todas las personas pasemos largo tiempo dentro de casa, de manera que hemos dejado de frecuentar las calles, las plazas, los caminos y las veredas. Ello ha provocado dos fenómenos paralelos y bien interesantes: por un lado, desde casa, asomados a los balcones o ventanas hemos percibido que no estamos solos en ciudades y pueblos, sino que muchos animales comparten hábitat con nosotros. Hemos logrado escuchar de nuevo el trinar de las aves, que en esta lluviosísima primavera están excepcionalmente activas. Así, iniciativas de ciencia ciudadana como #QuédateEnElNido de SEO/Birdlife, están impulsando el papel de la ciudadanía para registrar y compartir los avistamientos de aves que hasta hace poco pasaban absolutamente desapercibidas.

Pero además de que este obligado confinamiento nos está permitiendo observar y disfrutar de la compañía de nuestros vecinos alados, también está permitiendo un despliegue de la vida silvestre más allá de lo habitual. Ya nos hemos acostumbrados a compartir vídeos virales a través de redes sociales de un oso paseando por un pueblo asturiano, una cabra montés por Chinchilla (Albacete) o un corzo por el centro de Valladolid. Se trata de fenómenos que no son tan infrecuentes, pero que vistos en conjunto señalan un hecho incontestable: la falta de presión humana en pueblos y ciudades está mejorando las condiciones de vida de especies que, en algunos casos, están al borde de la extinción. Solo hablando de atropellos, por ejemplo, el lince ibérico pierde un 5% de sus efectivos anuales por atropellos, que durante estos aciagos meses de confinamiento se han reducido a cero. En lugares singulares como los Espacios Naturales Protegidos, la falta de senderistas, practicantes de escalada, parapente o ciclismo de montaña en este inicio de la primavera, hacen que algunas especies en riesgo de extinción puedan aumentar la supervivencia de sus crías en esta temporada.

Contaminación atmosférica bajo mínimos

La reducción de la movilidad hasta límites nunca vistos en los últimos cincuenta años, también ha supuesto una reducción sin precedentes de los niveles de contaminación atmosférica sobre todo en ciudades, donde siempre ha sido más preocupante su concentración.

Si las primeras noticias nos llegaron desde China al poco de ponerse en cuarentena la ciudad de Wuhan o Pekín, en España no han tardado tampoco a llegarse también a niveles de salubridad de la atmósfera desconocidos. Lo ha detectado la Dirección General de Tráfico, que mantiene al día un seguimiento de la movilidad que está en niveles del 60 ó 70% menos que en el mismo periodo del año pasado. Esto se traduce en que ciudades como Barcelona, Sevilla, Madrid, Zaragoza han notado descensos de contaminantes como el NO2 de hasta el 80%.

Es verdad que la contaminación atmosférica tiene efectos sobre la salud con exposiciones a largo plazo y que reducciones de apenas unos meses apenas mejorarán el estado de nuestros pulmones a largo plazo, pero esta reducción tiene un par de beneficios evidentes. En primer lugar, porque las zonas con niveles más elevados de contaminación atmosférica presentan porcentajes más altos de letalidad en esta pandemia de Covid19, por lo que sí pueden asociarse efectos positivos a corto plazo en este aspecto concreto. Pero, y esto parece más importante, porque cuando la sociedad decide poner la salud por delante, es capaz de conseguir cambios notabilísimos que mejoran la calidad del aire en ciudades y pueblos. Visibilizarlo colectivamente nos proporciona interesantes apoyos para trabajar en la factibilidad de cambios drásticos que permitan una transición hacia escenarios más sostenibles.

viernes, 28 de febrero de 2020

La quinta piel


“Lo más profundo es la piel”, Paul Valery.


Esquema de 'las cinco pieles' de Hundertwasser.



La procastinación está muy denostada. Y, sin embargo, puede ser que hayamos dado un nombre pomposo al simple subterfugio que siempre ha buscado la mente en situaciones de estrés. Si se nos va de las manos, efectivamente, puede convertirse en un problema, pero la de cosas fascinantes que quizá descubramos dejando para otro momento la imperiosa necesidad de lo urgente.

Un día, sin ir más lejos, una amiga enlazó un reportaje sobre el cambio climático en el mundo del arte; unas semanas más tarde, te llega el último cuaderno de Entretantos, titulado Arte, Territorio y Comunidad, en el que se tratan de tejer saberes, memorias olvidadas, cultura popular y patrimonio…; y al otro, estás leyendo este artículo sobre un colectivo docente que trabaja diferentes problemas sociales y ambientales utilizando la expresión artística como herramienta de reflexión. Y escarbando –procastinando, sí- en su andadura, te das de bruces con el nombre de un tal Friedensreich Hundertwasser, del que nunca habías oído hablar.

Este artista elaboró una especie de significación del ser humano, uniendo el arte con la vida, a partir de una serie de capas argumentales, ‘las cinco pieles’: la epidermis, que reflejaría la piel, en sentido estricto, y la desnudez del ser humano, su sencillez; la ropa, reflexionando a través de esta segunda piel sobre la uniformidad, el anonimato o el estatus social; la casa, entendida como el hábitat cotidiano, le guió para hacer una fuerte crítica al urbanismo modernista; la identidad, o nuestros ‘yoes’ sociales, desde nuestra identidad sexual, de género, la familia, las amistades, la comunidad, el barrio, la nación…; y la Tierra (ecología), como quinta piel, por la que luchó en contra de la energía atómica, o apoyando desde la plantación de árboles a campañas a favor del transporte público.

Pero, agárrate, que sigues tú procastinando, y te encuentras con un trabajo de fin de grado en Bellas Artes colgado en la nube en el que alguien ha dado la vuelta como un calcetín a las cinco pieles del ser humano para convertirlas en las cinco pieles de la naturaleza, y hacer una denuncia de los principales impactos–sobre la atmósfera, la roturación y deforestación, el urbanismo y la contaminación, en sus múltiples variantes- que ejerce el ser humano como quinta piel sobre el Planeta, y pieza clave por su responsabilidad, pero también por su sensibilidad y capacidad para entender nuestro lugar y poder actuar sabiéndonos parte de un mismo todo.

Y como todo esto me ha resultado muy inspirador –y por aquello de sentir que la postergación de mis tareas puede tener utilidad más allá de mi propio deleite-, lo quería compartir. Porque parece que nos cuesta –o yo, al menos, reconozco mis limitaciones- para engarzar el tipo de proyectos en que trabajamos, más vinculados siempre a las áreas científicas y técnicas, en otras disciplinas.

No sabría deciros cómo han llegado hasta mí, quizá procastiné más de la cuenta, pero para que tengáis más referencias inspiradoras en las cual miraros –vuestro centro, a vuestro alumnado, vuestras necesidades como docentes, las de vuestra comunidad, y también hacia dentro, a vuestro propio interior- os dejo estas dos referencias que aúnan un abecedario de experiencias para conectar arte y escuela, y 100 buenas prácticas de aprendizaje-servicio.

Y en este juego de espejos… ¿por qué quinta piel empezaríais a trabajar?

miércoles, 5 de febrero de 2020

Germinar


Una sociedad no es mejor que sus bosques.
W.H. Auden




Martín Chico fue un precursor de las corrientes pedagógicas modernas. Al parecer, quedó impactado por la extendida e intensiva práctica que a finales del siglo XIX llevó a media España a roturar todo monte disponible (e ‘inservible’) para ganar tierras de cultivo. Pero sobre todo, debió de ser un gran maestro de escuela: paseos, excursiones y cuadernos de campo fueron su particular método de ‘aprender haciendo’, que más tarde heredaría la Institución Libre de Enseñanza. Su libro más famoso es ‘Mi amigo el árbol’, publicado en 1910, y que gracias a ARBA (Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono) fue reeditado en facsímil en 2005.


Sin saberlo, ese libro despertó la curiosidad de un niño, curiosidad que se transformó en vocación y en un profundo amor hacia las plantas, hasta convertir a ese adulto en profesor de micología, profesor que quiere extender ese legado que él recibió a niños y niñas como él lo fue. Ese profesor es Juan Andrés Oria que, como ya os contamos en la entrada anterior, se ha ofrecido a impartir una breve y didáctica charla en los centros de la red de Escuelas para la Sostenibilidad, como complemento a la adhesión de nuestro programa a La Gran Bellotada Ibérica.

En el CEIP La Cañada han hecho bombas de semillas que han lanzado
por los montes de Ampudia, a ver qué pasa cuando 'exploten'...

Plantones para el arboreto del CEIP La Valdavia.

Cartel y noticia en prensa de la bellotada convocada por el CEIP Las Rozas.

Cada centro ha tenido libertad para plantear y organizar su plantación, y así la casuística que tenemos es tan variada que va del arboreto que han reproducido en el patio del colegio de Buenavista de Valdavia con las especies autóctonas más representativas, a las bombas de semillas que han lanzado niños y niñas de La Cañada en los montes de Ampudia, hasta casi convertirse en una brigada repobladora en el colegio Las Rozas de Guardo, consiguiendo –con la implicación de familias y organizaciones conservacionistas locales- en sendas jornadas sembrar nada menos que… ¡¡¡20.000 bellotas!!!

Cartel y semilleros acondicionados en el IES Guardo.

Instrucciones para plantar fresnos, CEIP Villa y Tierra.

Frutales junto al huerto del CEIP Marqués de Santillana,
de Carrión de los Condes.

En Saldaña, la muchachada del colegio Villa y Tierra ha plantado fresnos en una zona de ribera aledaña a la ermita del Valle, mientras un rico intercambio de edades entre 1º y 6º de primaria del colegio Maristas plantó 200 bellotas en el monte El Viejo. En Carrión de los Condes, cada curso del colegio Marqués de Santillana ha apadrinado un frutal junto a su huerto escolar; en Palencia, su tocayo y el Santo Ángel también han optado por el apadrinamiento de bellotas en su patio, para transplantarlas cuando germinen en algún monte o parque urbano. En Paredes de Nava plantarán diferentes variedades por todo el casco urbano del municipio, con el compromiso de cuidado de pequeñas tiendas y establecimientos, especialmente, en las etapas iniciales de arraigo. Y jóvenes de 1º ESO del IES Guardo han plantado alrededor de 100 bellotas recogidas en familia, que tendrán a su cargo durante el curso hasta plantarlas el año que viene, en que pasarán el testigo de esta recién inaugurada tradición al alumnado del curso siguiente.

Semilleros en el CEIP Marqués de Santillana (Palencia).

Bellotada en el Monte El Viejo, Colegio Marista.

Juan Andrés dando instrucciones para la
plantación en el patio del colegio Santo
Ángel, de Palencia.

Fruto de aquella curiosidad, de la experiencia y de las ganas de transmitir sus conocimientos y entusiasmo, Juan Andrés ha publicado un libro, vástago del que a él estimuló pero nombrado en plural. Ayer, en la Comisión Ambiental de un colegio, una de las niñas que participó en la plantación tras su charla, nos compartía que lo que más le había impresionado es que “él plantó una bellota de pequeño y ahora es un roble”. No se sabe si es pecar de ingenuidad o de optimismo irracional, pero… ¿qué nos despierta el contacto con la naturaleza? Quizá desde la infancia sepamos de forma instintiva, casi atávica, que formamos un todo, que es una cuestión de supervivencia cuidarnos la piel, la nuestra, y esa piel roturada de una tierra que un día nos volverá a absorber.

El libro de Juan Andés y las fantásticas ilustraciones de
Rocío Silva ampliadas.

Continuará…

jueves, 23 de enero de 2020

Bajo el bosque



"¡Qué libro tan maravilloso podría escribirse narrando la vida y las aventuras de una palabra! Sin duda, ha recibido diversas impresiones de los sucesos a los que ha servido; dependiendo de los lugares en los que haya sido utilizada, una palabra habrá despertado en diferentes personas, diferentes tipos de ideas; pero ¿no es todavía mejor considerar a una palabra en su triple vertiente de alma, cuerpo y movimiento?"
Louis Lambert, Honoré de Balzac.


Madroño en el patio del CEIP Marqués de Santillana (Palencia)

¿Quién y a quiénes le contarán que los pastores llevaban en el zurrón yesqueras para hacerse fuego? ¿O los trucos de las águilas curanderas para cuidar a sus polluelos y a sí mismas? ¿Quién sabrá algún día qué es un pelagartal? ¿A quiénes se transmitirán las recetas de cucurriles? ¿O quiénes recordarán por qué en algunos pueblos de Tierra de Campos llaman a sus gentes pellejeros?

Los malos augurios que la electrónica trajo un día al mundo editorial, afortunadamente, no se han cumplido, y lejos de vivir el declive del libro en papel, este parece sumarse al arado y la rueda, formando una trilogía de grandes creaciones humanas difíciles de superar. Y sí, podrían escribirse muchos libros –quién sabe si recuperando la corteza de abedul como papiro- para inmortalizar el alma de tantas palabras, contar los sucesos (y los procesos) que protagonizaban y los sentimientos que movían…


Tronco de abedul: su corteza, extraída en verano, se utilizaba como papiro.
Pino carrasco y ciprés de Arizona en
el patio del CEIP San Pedro (Baltanás).

Porque no es lo mismo hablar de fotosíntesis que decir “ese milagro de la naturaleza”, y mientras una te trae a la cabeza fórmulas, el ciclo de un tal Calvin y cadenas de transporte de electrones que nunca memorizaste, la otra te recuerda una alfombra de piedras, unos seres minúsculos que hace millones de años iniciaron ‘las mil y una noches’ de la vida en la Tierra tal y como la conocemos, eso sí, provocando la extinción masiva de cualquier forma primitiva que no supiese adaptarse al exceso de oxígeno con el que saturaron los mares y, después, inundó la atmósfera.

Gracias a ese ‘milagro’ estamos ahora aquí, disfrutando de lo que Juan Andrés Oria, ingeniero de montes y profesor de la cátedra de micología de la E.T.S. de Ingenierías Agrarias de Palencia, nos lleva contando a lo largo de esta semana tan intensa. Aprovechando la iniciativa de La Gran Bellotada Ibérica, y con la excusa de que el próximo domingo se celebra el Día Internacional de la Educación Ambiental, hemos invitado a todos los centros de nuestra red a sumarse a aquello de que “cosa buena es que nosotros trabajemos, y plantemos para nos y para los que después de nos vinieren.” Y, entretanto, compartiendo con las escuelas la vida que el bosque encierra…

Juan Andés Oria, contando la intrincada red de comunicación que
establecen las micorrizas con pinos y robles, entre otros.
Ejemplares de hongos de la familia Scleroderma, y que popularmente
llamamos 'pedos de lobo', en feliz y mutua asociación con el
madroño, el roble y el pino en el patio del colegio.

Porque pensamos que ‘la interné’ es una cosa muy moderna, pero ríete tú del sistema de comunicación que se traen los micelios de los hongos con las raíces de los árboles para movilizar cosas tan raras como molibdeno de un extremo a otro de un bosque; o las tareas de fumigación a las que se dedican muchas rapaces –a veces, recorriendo kilómetros- para llevar a sus nidos musgo o acículas de pino resinero y mantener a raya a los insectos que, de otro modo, debilitarían a sus aguiluchos. Y nadie sabe cómo estos saberes se han compartido, pero con musgo también se tapizaban antaño los gallineros, y nos contaba Juan Andrés que conoció a un leñador que se curó la herida provocada por un hacha con la resina del pino, que además de antiséptica, es cicatrizante.

Podemos también reírnos de los ‘superalimentos’ si los comparamos con la energía que almacena una bellota, capaz de desarrollar en su primer año de vida raíces de un metro de profundidad. Lo que nos da pie a pensar que cuando paseamos por un encinar o un robledal tenemos ante nuestros ojos una mínima parte de lo que se esconde bajo el bosque, pues cualquier ejemplar maduro puede tener raíces veinticinco veces más grandes que el volumen de su copa. A estos bosques climácicos –las comunidades que alcanzan el mayor grado de equilibrio en un territorio- se adaptaron formas de vida y pastoreo, dando lugar a ecosistemas, o más correctamente, agroecosistemas: una mezcla de paisaje y paisanaje, de relaciones, de oficios y tareas, de producción de alimentos, lana, leña, corcho… sin nombrar la sostenibilidad ni tener idea de economía circular, pero dando queso, pieles, miel y toda una cultura, y con la cultura, historias, y con las historias, palabras.

Palabras que a veces nos gustaría enterrar bajo el bosque, como pelagartal, plantando bellotas…