viernes, 8 de noviembre de 2019

No nos comamos el mundo



Son curiosas las expresiones, porque ‘comerse el mundo’ pareciera una seña de identidad que cualquiera quisiera tener, esa idea de que nada se te pone por delante y puedes con todo. Pero los tiempos cambian y, a veces, es bueno pararse a pensar en lo que tienes delante –más que nada para no llevártelo de calle-, y quizá tampoco es bueno poder con todo, porque depende de cómo se entienda eso de poder, igual se nos va la mano y es un poder que ejercemos sobre algo o alguien.

El miércoles me encontré con que el colegio de Ampudia ha cambiado de nombre, dejando atrás al Conde de Vallellano –presidente del Consejo de Estado y ministro de Obras Públicas durante la dictadura franquista- y adoptando el humilde La Cañada. La carretera que hoy te lleva por Valoria del Alcor hasta Ampudia está sobre la Cañada Real de Merinas, la ruta que seguían los pastores de Extremadura para subir sus rebaños a las montañas leonesas y palentinas durante el verano. ¡Eso sí que eran viajes! En una ocasión, alguien me dijo que el queso de oveja es el alimento dónde mejor se concentra, y de forma más sostenible, toda la energía de la tierra: un modelo de ganadería extensiva, mantenimiento de bosques autóctonos, obtención de un producto de alto valor nutritivo sin sacrificio animal y, por si fuera poco, lana de la mejor calidad.



Bueno, pues de algo de eso, y recuperando un poco de memoria, se quiere trabajar en el colegio este año. El huerto, el pequeño corral de gallinas, el compostero, los comederos y observatorios de aves son elementos ya integrados en la vida cotidiana de este centro. Aprovechando que el curso pasado todo el colegio recorrió las calles del pueblo, sumándose a la huelga climática, le planteé a la renovada Comisión Ambiental si relacionaban de alguna manera las mejoras que tanto les gustaban en el colegio con eso –que les sigue sonando tan lejano- del calentamiento global.


La primera conclusión –corroborada en otros escenarios- fue comprobar el efecto tan intenso que en su día tuvo la campaña de sensibilización sobre el agujero en la capa de ozono, hasta el punto de que, a fecha de hoy, sigue estando extendida la idea de que el calentamiento se nos cuela por el dichoso agujero. El caso es que entre risas y bromas fuimos deshilvanando un poco la madeja, sobre la que trabajarán a lo largo del curso, centrándose en el impacto, mayor o menor, que tienen los alimentos en el cambio climático. Si un vaso de yogur no se puede transformar en abono para el huerto en la compostera, o si pensamos que lo que compramos en el supermercado viene de un poquito más lejos que de la balda de la que le echamos mano, quizá podamos plantearnos que lo que comemos, a lo peor, se está comiendo el mundo.

Por eso, para empezar, vamos a darle la vuelta a ese dicho, y vamos a hacer un viaje ficticio de la mano de los alimentos. Quizá por ahí, vayamos tomando conciencia de la importancia de ponernos límites, y de nuestra ansiada libertad pasemos a hablar de interdependencia: la que tenemos de la tierra que nos sustenta, de otras personas y de otros territorios. Se puede encontrar un grado de libertad infinito en cualquier encuadre, solo es cuestión de darle profundidad a lo que hacemos. Decía Stravinsky “cuanto más me limito, más me libero”.



lunes, 21 de octubre de 2019

Ecos


El pasado 3 de octubre, en el CFIE de Palencia, dándole una vuelta a lo que hacemos,
cómo lo hacemos y cómo queremos hacerlo...


Valladolid y finales de octubre es sinónimo de cine. Ayer vi Echo (Bergmál), una película islandesa en la que no hay ni un solo movimiento de cámara. Es como si el director se hubiera dado un tiempo para grabar toda una serie de planos y componer un suerte de collage, frío, distante, casi aséptico, sobre la sociedad actual. No hay juicio, pero el cuadro final resulta feroz.

Traigo a colación esto porque eso de darse un tiempo es lo que me parece que necesitamos. Abriendo el mes tuvimos la primera reunión del seminario, rencuentro, bienvenida, nuevas caras, próximo curso… pero ¿estamos haciendo las cosas bien? Hubo quien comentó que tampoco hacía falta flagelarse, y es verdad, pero la educación judeocristiana (aunque seamos tan ateos como Buñuel, por la gracia de Dios) hace estas cosas, y dimos cuenta –sin pasarse, tampoco es eso…- de la penitencia que arrastra el pecado.

El curso pasado lo cerramos, como de costumbre, con una evaluación. La evaluación, por seguir con símiles católicos (que dan mucho juego) es como la Santísima Trinidad: se presenta como un axioma, pero no deja de ser más que un misterio. O sea, todo el mundo la considera imprescindible, casi nadie deja de hacerla, pero muy poca gente la contrasta y aplica mejoras acordes. Quizá tampoco seamos capaces de hacerlo en esta red, pero vamos a intentarlo.

No creo que haya nadie más cualificado para atender a un gremio que gente de ese mismo gremio. Entonces, ¿por qué darle tantas vueltas, si hasta resulta evidente que los intercambios de experiencias se consideran la mejor fórmula de formación y autoformación? Si la falta de tiempo y de recursos se ven como la mayor limitación, ¿por qué no compartir en los escasos encuentros las ideas, los materiales, los enfoques de lo que funciona y, como alguien dijo, aprovecharse unos centros de otros? Por ahí iban los ecos que me resonaban a la hora de encarar el nuevo curso, pero no eran los únicos. 

Leyendo un día los métodos de un profesor para incentivar la lectura me preguntaba, no ya si estamos a la altura de las herramientas tecnológicas que pueden conectar con la infancia y adolescencia actual, sino si la manera y el fondo de lo que se les cuenta tiene algún sentido, o lo tendrá, dentro de muy poco. Y me seguían resonando más ecos, como plantearme para qué tanta matraca con la transversalidad de la educación ambiental, o ahora el currículum de emergencia climática, si al final los centros escolares no dejan de ser espacios paralelos donde en una franja muy concreta de edad se pasa un tiempo (mucho) completamente desconectado de la vida, en particular, y del mundo, en general.

No hay noticia internacional que esté ocupando las últimas semanas –y me atrevería a decir que meses y años– las portadas de los diarios que no ponga de manifiesto que las medidas que se adopten en favor de la sostenibilidad ambiental solo traerán enormes desigualdades y, consecuentemente, conflictos sociales si no van acompañadas de fuertes políticas públicas de sostenibilidad social. Todo lo demás, serán ecos de una sociedad que, como la pareja en el relato de Ray Bradbury, La última noche del mundo, cierra cómicamente el grifo del agua mientras espera el final.

martes, 15 de octubre de 2019

Crónica del primer año de andadura...*


“Muchos de nosotros nos preguntamos qué planeta estamos dejando a nuestros niños. Sin embargo, pocos se preguntan lo contrario: ¿Qué clase de niños estamos dejando a nuestro planeta?”
Simeón Ogonga, líder juvenil keniano.



¿Cumple nuestro colegio con las tres erres? ¿Son sostenibles nuestros patios? ¿Qué porcentaje de plástico hay en los cubos de pasillos y clases? Preguntas como estas y otras más son las que nos hemos hecho escolares, docentes y familias desde el curso pasado cuando empezamos nuestra andadura en el  programa Escuelas para la Sostenibilidad.
Desde el grupo motor escogimos un tema, varios eran los que nos inquietaban, pero nos decidimos por uno: la gestión de la basura. Decidimos dar nuestro primer paso y hacer un diagnóstico. Para ello, nos fueron de mucha utilidad las ecoauditorías escolares, procedimiento con el que acabamos estando bastante familiarizados. Gracias a este análisis inicial descubrimos y definimos cuáles son los principales problemas que existen en relación con los residuos en nuestro colegio y en el entorno próximo, sus causas, sus efectos, nuestros hábitos…
Cuando por fin tuvimos una idea más acabada de lo que ocurre –generamos mucho plástico en los almuerzos de los recreos–, ideamos y decidimos unas acciones para solucionar o minimizar este problema. En primer lugar, comunicamos a toda la comunidad nuestra observación y nuestros propósitos. Luego, enviamos una carta al equipo directivo para que se pusieran más cubos y así poder separar residuos. En tercer lugar, decidimos informarnos más acerca del plástico e invitamos a Silvia González, biotecnóloga palentina especializada en el impacto de este material en nuestro organismo y en el de los demás seres vivos. Supimos que el plástico es un derivado del petróleo y a continuación nos animamos a saber más de este recurso no renovable: solicitamos a Ecologistas en Acción y al grupo de decrecimiento Hasta aquí hemos llegado la exposición Los límites del crecimiento y la utilizamos para difundir y debatir entre nosotras sobre conceptos como 'decrecimiento', 'colapso', 'pico del petróleo' y otros.
Otro asunto de importancia ha sido la participación. Nos hemos propuesto que la toma de decisiones sea fruto del acuerdo y del consenso. Así es que creamos la comisión ambiental, órgano integrado por profesorado, alumnado y familias, que se ha encargado de centralizar las propuestas de mejora que hemos ido haciendo desde las aulas.
Llegada la primavera del curso pasado, vimos con satisfacción que algunas de nuestras iniciativas llegaban a buen puerto y, también, que otras nos iban a llevar más tiempo... La participación en la CONFINT provincial en Saldaña nos dejó buenas sensaciones y nuevas ideas, razón por la que no nos resultó difícil ponernos pronto manos a la obra en este nuevo curso.
Así que desde la comisión ambiental pensamos que era una buena idea aprovechar las reuniones con las familias del mes de octubre y preparar un vídeo para recordar nuestra participación en el programa. De paso, incluimos los datos que quedaron de las ecoauditorías y animamos a toda la comunidad a sumarse realizando algunos ecogestos. Ahora nos toca saber si estamos avanzando en el camino correcto, pronto habrá que evaluar los resultados y el impacto de este primer paso.
Mientras, nuestros próximos retos van teniendo forma de nuevas preguntas: ¿qué calidad tiene el aire que respiramos en el patio del colegio?, ¿qué está ocurriendo con el clima?...

* La autoría de esta entrada, así como el vídeo que la ilustra, es de la Comisión Ambiental del Colegio Maristas Castilla, de Palencia.

martes, 1 de octubre de 2019

¡Cuidad el Planeta!



CEIP Villa y Tierra, Saldaña.

¿Qué nos están queriendo decir quienes, curiosamente, apenas tienen edad para tomar decisiones? Nos están sacando los colores a quienes no hemos sabido manifestarnos con la suficiente insistencia –porque lo que hoy es evidencia, hace décadas que se veía venir…-, no hemos sabido crecer y acomodar nuestros ritmos de vida al reto que se avecina, o no hemos sabido incidir, transmitir, trasladar a otras esferas la urgencia que ahora se convierte en inevitable.

CEIP Marqués de Santillana, Palencia.

Supongo que este movimiento resulta esperanzador, pero quienes tenemos memoria suficiente como para echar la vista atrás y comprobar cómo se desinflaron iniciativas globales que también querían –y parecían tener oportunidad de- dar un viraje al ritmo de crecimiento, tampoco queremos echar las campanas al vuelo, en vista de la recesión económica que se nos viene encima, no sea que esta emergencia climática se nos vuelva en contra y en nombre de ella traguemos sin chistar con nuevas/viejas medidas de ajuste estructural, que ya sabemos sobre quienes caen…


CEIP Padre Claret, Palencia.
Así que, entre el sonrojo y el escepticismo, de cualquier manera habrá que celebrar que cientos de niños y niñas y miles de adolescentes, nos han ‘obligado’ a sumarnos a sus demandas. Y nuestra red de escuelas ha estado ahí... ¡¡¡gracias por el fuego!!!


CEIP La Valdavia, Buenavista de Valdavia.

lunes, 23 de septiembre de 2019

No se lo pongamos tan fácil...



Hace una semana cayó en Valladolid una tromba de agua que, aun siendo irrisorios sus efectos comparados con los de la ‘gota’ que ha afectado al suroeste y parte del centro de nuestro país, colocó a la ciudad como protagonista involuntaria de la crónica de sucesos de los informativos. Ni convirtiéndose el pasado domingo por segunda vez en campeona del mundo, le ha durado a la selección masculina de baloncesto su gloria como para desbancar al futbol de la sección de deportes. Y en lo político, ni qué decir tiene cuál ha sido el tema recurrente…

A veces, tienes la sensación de que se cumple aquello de que lo urgente no nos deja tiempo para la importante, y nos quedamos siempre en lo irremediable de las consecuencias. En mi ciudad siempre he oído que hay que temer más las crecidas de la Esgueva “porque busca al padre”. El otro día, sin llegar al caos, las calles ubicadas en el desagüe natural de su desembocadura hacia el Pisuerga nos recordaban su antiguo trazado. Y a nadie le cabe la menor duda de que, pese a las cíclicas ‘gotas frías’, algo se ha hecho francamente mal en la gestión del territorio en el Levante español.

Cerramos la Semana de la Movilidad para meternos de lleno en una suerte de primera Semana por el Clima, aunque ciertos sectores no se dan por aludidos ni de una cosa ni de la otra. Pareciera que el fútbol es demasiado importante para preocuparse por emergencias climáticas y esas gaitas, hasta el punto de que la Eurocopa 2020 pasará a la historia por su atomización y, de paso, por la estela de carbono que dejarán detrás los aviones que –entre integrantes y seguidores de los 24 equipos participantes- surcarán los 12 países que acogerán los 51 partidos, desde Ámsterdam a Bucarest, de Roma a Londres, o de Baku a Bilbao… ¡ahí es nada!

Y entre inundaciones y partidos de fútbol, resulta que arranca el curso y pareciera que vivimos en un déjà vu con la nueva convocatoria de elecciones. En la anterior entrada os hablaba del negacionismo (bueno, mejor dicho, de lo cansina que resulta la gente así). Pero me preocupa que el auge de ciertos populismos desplace de la agenda cuestiones inaplazables. Por eso me parece tan importante que esta semana, desde Perú hasta Palencia –la provincia de nuestra red- haya movilizaciones para apelar no a lo urgente, que en este caso también lo es, sino a lo importante: reclamar y ejerce el derecho a movilizarnos y que lo haga, sobre todo, la juventud. A lo mejor, aunque ‘pierdan’ clase este viernes y los sucesivos viernes, descubran que quizá esa sea la única manera de ganar nuevos derechos y de preservar otros que se ganaron con tanto esfuerzo.

Quizá abran el periódico y cuando todo un premio Nobel les diga que millones de personas procedentes de África arriesgan sus vidas cruzando el Mediterráneo porque huyen de regímenes tiránicos, ya hayan oído hablar de la apropiación de recursos o de las migraciones climáticas, que dejan sin oportunidades a jóvenes como ellos y ellas en sus propios territorios. Quizá la espontaneidad de este movimiento escame a mucha gente y, sin llegar a ver una campaña orquestada –como la ministra belga de Medio Ambiente, a quien le costó el puesto tal sugerencia-, se pregunte si Greta Thunberg no será el ‘burrito blanco’ para salvar la conciencia de Occidente, cuando en otras latitudes denunciar lo mismo que esta joven cuesta la vida a quien abre la boca.

A lo mejor resulta que del famoso eslogan ‘piensa globalmente, actúa localmente’ nos hemos quedado solo con una parte. Así que, que esto nos sirva para abrir un poco las orejas de burro, sea blanco o no, y mirar más allá de nuestros privilegios: no se lo pongamos tan fácil…




viernes, 13 de septiembre de 2019

Unos zapatos plateados



“Vivimos en el capitalismo y su poder parece invencible. El derecho divino de los reyes también lo parecía…”
Ursula K. LeGuin


Qué buen rato pasaríamos tomando un vino con un negacionista. Son la prueba fehaciente de la importancia que tienen la subjetividad y los prejuicios en la construcción de nuestros imaginarios. Y da igual que el tema sea la evolución, la violencia de género, las vacunas o el cambio climático. Tan cargados de razones como incapaces de discernir entre una hipótesis y una teoría, impermeables a la realidad tozuda de los datos, párate tú a explicarles lo que es la inmunidad de grupo o, cuando te vengan con la falta de ‘consenso científico’, matízales que las más de dos mil mentes procedentes de todas las latitudes que componen el IPCC representan en torno al 97% de sus pares en tantas disciplinas científicas como podamos imaginar.

Pero nada, inasequibles al desaliento, te acabarán diciendo que lo tuyo es más un posicionamiento ideológico. Y ese es el punto en que una se calla, le das la razón, y todos contentos. Será la edad, ya no discuto: una profesora me dijo una vez que no era bueno hacerlo con imbéciles, son tan tercos que pueden convencerte. Por eso, quizá, me llama la atención –por no decir que me enfada- ver que desde determinados espacios que, en mi opinión, deberían invertir sus esfuerzos en darnos herramientas para un cambio de paradigma como el que necesitamos, se sigan invirtiendo recursos para ampliar nuestra mirada científica sobre el problema, como si conocer al dedillo el funcionamiento de la física atmosférica nos facilitase en algo, aunque fuese poco, la transformación de una abstracción lejana y poco tangible en una representación profana, en lo que ahora se estila tanto, un sentido común, concreto y abordable.

Porque la cosa va de eso, y claro que es un posicionamiento ideológico, el del negacionismo. Y ni siquiera eso es lo importante, porque se trata de una minoría, pero arrastra, sin querer, el sentido común de la relevancia a la mera creencia. Más de medio mundo está convencido de que el cambio climático es un fenómeno real, y cada vez se hacen más palpables sus consecuencias. Y, sin embargo, se sigue viendo como un problema más en una larga lista de problemas, ya sea la inestabilidad económica, las migraciones, las tensiones entre Occidente y China, o el terrorismo internacional. Metemos un montón de problemas en la piscina, pero no vemos que el problema es la piscina. Y aunque creamos en ello, ninguna de las agendas –política, económica, cultural, social, mediática, educativa…- le da la relevancia que tiene.

Esta relevancia pasa, entre otras cosas, por no pintar escenarios catastrofistas que resultan inabordables e inducen, si no a la parálisis a la desmovilización; pasa por hacer conexiones significativas entre el cambio climático y la vida cotidiana –nuestra ‘piscina de problemas’-, y enlazar sus manifestaciones con la salud, la alimentación o la movilidad, pero también con la precariedad laboral o nuestra percepción de la seguridad, en suma, nuestra vulnerabilidad; pasa por no poner el acento, o no ponerlo solo, en las medidas de adaptación, y empezar a vislumbrar que mitigar el cambio climático exige ir a sus causas. Y cuando hayamos llegado a ellas, nos daremos de topetazos con nuestra línea de confort, y ahí empieza la tarea de cambiar drásticamente nuestra visión de las necesidades y de las satisfacciones. Porque solo construyendo un sendero de baldosas amarillas podremos “caminar lo suficiente para llegar alguna vez a alguna parte…”

En este cuento no hay Bruja del Norte, y necesitamos zapatos plateados para todas y todos.




viernes, 28 de junio de 2019

Educar desde el corazón

La metáfora del joven árbol torcido atado
a un tutor que le guiará hasta ser un sujeto
adulto 'enderezado' es utilizada por Foucault
(ilustración de Andry de 1749 incluida
como anexo en 'Vigilar y castigar').


El sábado pasado más de 30.000 personas lo daban todo en las oposiciones al cuerpo de docentes de educación primaria. Un amigo que, cual titiritero, ha recorrido nada menos que ocho colegios diferentes en este curso –huelgan comentarios…- pedía a sus colegas, a través de una de sus redes sociales, tranquilidad, que hicieran el examen con ilusión y alegría. Si os sale un tema que os sabéis, “a partirlo”, decía, y si no lo lleváis tan bien preparado, pensad “qué haríais en el aula: si os imagináis delante de cualquiera de vuestras clases, seguro que con ese cariño os saldrán cosas maravillosas.”

No sé cuánta gente siguió su consejo, ni a cuánta le habrá dado buen resultado, pero coincido en su conclusión: “Si no os sale, no desesperéis, seguid luchando, porque no siempre aprueba quien más sabe ni suspende el peor docente. Será un gran día para la educación pública si hay gente que educa desde el corazón.”

Lastimosamente, el sistema educativo sigue funcionando en muchos aspectos como uno de esos dispositivos disciplinarios que definió Michel Foucault y que, lejos de promover la diversidad y la creatividad, están pensados para ‘producir’ individuos lo más homogéneos posible y resultar funcionales a la sociedad. El otro día, en una reunión de trabajo, alguien defendía la importancia de pistas y otras instalaciones deportivas –tan de moda ahora en nuestras ciudades, atestadas de cachivaches a cada palmo- “porque así la juventud tiene algo mejor que hacer que mirar a las musarañas”. Esta anécdota me parece un excelente ejemplo de cómo el castigo al cuerpo –ahora obligado a cultivarse hasta la extenuación- ha sido sustituido, como señalaba el autor de ‘Vigilar y castigar’, por el castigo al alma.


El panóptico de Bentham ya no es un edificio de vigilancia ni una institución
que detenta el poder. Bajo dispositivos disciplinarios el poder pasa a ser una
estrategia de control omnisciente y omnipresente interiorizada hasta tal punto
que cada individuo se vigila a sí mismo y al resto.

No sé si algún docente que se quedase en blanco en la oposición tendría la osadía de decirle al tribunal que le gustaría dedicar una de sus clases a no hacer nada: no valdría leer, ni dibujar, ni aprovechar para ponerse al día con tareas atrasadas, simplemente, no hacer absolutamente nada, y en solitario. ¿Nada? Mirar a las musarañas, estar en Babia, no hacer nada, ser improductivos, solo contemplar o, simplemente, estar, son actividades inútiles y, por tanto, sospechosas. Estar en Babia puede ser una invitación a ensimismarse, a conocerse más profundamente, a asumir nuestros límites, porque hay experiencias para las que el lenguaje no alcanza; mirar a las musarañas quizá sea la actividad más hedonista del ser humano, disfrutar del silencio interior, sentir la respiración, tomar conciencia de su ritmo y, al final, abrir la puerta al pensamiento.

A lo mejor, si les dejásemos espacio, en lugar de llenar su vida de actividades programadas y dirigidas, y educásemos con un poco más de corazón y menos cabeza, les daba por pensar y caían en la cuenta de que la geografía no va de ríos, montañas ni valles, sino que fue una disciplina, inicialmente, militar, luego una herramienta colonial y ahora se proyectan en ella flujos de capital; quién sabe si no acabarían planteándose porqué llamamos economía a un juego de trileros en el que las ganancias se basan en mover cosas de un sitio a otro, solo para generar una falsa sensación de escasez y poder manipular al alza su precio.

Tal vez, si les entrenásemos más para la pereza y no tanto para el trabajo, llegasen a la conclusión de que creer que vamos a salvar el Planeta por renunciar a las pajitas de plástico es una estupidez de calibre solo comparable a la falta de determinación para abrir el debate sobre qué jornada laboral nos podemos permitir. Cabe la posibilidad de que si la educación no se orientase tanto –o no se orientase solo- hacia la empleabilidad, a medida que fueran creciendo desarrollarían una actitud más crítica y reflexiva, y se adueñarían más de dudas que de certezas. Y eso está bien.


En fin, ya está aquí el verano. Y las largas noches estrelladas. Puede que el mundo ya no esté en nuestras manos. Pero si os da por orientar al cielo vuestras dudas para educar desde el corazón, quizá este mapa os de alguna pista. Y si no encontráis brújula y os perdéis, tampoco pasa nada. Clarice Lispector decía que perderse también es un camino…

miércoles, 12 de junio de 2019

Se despliega como un atlas



Hace algo más de dos meses os contaba las visitas que había hecho por los coles de la provincia. El caso es que, en estos tiempos acelerados que vivimos, nos quedamos, precisamente, sin tiempo para las cosas importantes. Se te ‘enciman’ las tareas y, en tanto no desarrollemos el don de la ubicuidad –para otra vida, tal vez…- nos perdemos los pequeños acontecimientos que le dan sentido a nuestros quehaceres.

En aquella ocasión, la comisión ambiental de Buenavista de Valdavia quedó en organizar una jornada festiva para pedir ayuda a la gente grande en transformar su patio a su gusto y medida. Pero llegó mayo, cierre de curso y de proyectos, y pese a recibir la invitación formal –en nuestra feria anual, celebrada en Saldaña, me lo recordaron- no pude asistir. Ayer recibí un correo de Aroa, la maestra que coordina este programa en el centro.

Niños y niñas escribieron una carta a sus familias para convocarles a una reunión, en la que les contaron sus ideas para hacer del patio un sitio más bonito, y les pidieron ayuda para conseguir diversos tipos de materiales, usar herramientas y poder fabricar bancos o jardineras. Las familias salieron encantadas de la reunión y acordaron fijar una fecha que garantizara la mayor asistencia posible. Ese día fue el pasado viernes, 7 de junio, a las 15:30h. La jornada fue un éxito porque acudieron prácticamente todas las familias –incluidas las que ni siquiera residen en el municipio- y, organizándose peques y grandes en tres grupos, lijaron, cortaron, montaron y pintaron unos bancos estupendos aprovechando palés de madera, prepararon la tierra y pudieron pintar algunos maceteros reutilizando neumáticos.


Me cuenta que lo pasaron fenomenal, que el AMPA preparó una merienda bien rica para reponer fuerzas y que el patio ha quedado muy chulo. Pero, lo más importante, es que ahora todo el mundo está muy motivado –no solo niños y niñas- y que surgieron muchas más ideas para seguir mejorando el patio entre toda la comunidad. Afortunadamente, en este patio no creo que sea necesario darle un enfoque de género a la remodelación, más que nada, porque los diecisiete alumnos y alumnas que van al colegio juegan juntas y revueltos, y no hay riñas ni enfados.


Pero el hecho de que se paren a pensar en sus gustos, en que a edades diferentes, a lo mejor, les apetece hacer cosas distintas, en que cada día cada cual tiene su humor –y un día te apetece jugar a la pelota, pero otro trepar o, quién sabe, potenciar tus habilidades artísticas o, simplemente, sentarte y charlar, o no…- hace que sean ellos y ellas, criaturas a las que, en ocasiones, se les niega el criterio, quienes se den cuentan de que sus espacios son, pueden ser y merecen ser más bellos, coloridos, diversos, inclusivos, facilitando la convivencia, la cooperación y el cuidado mutuo. En el primer espacio de socialización de la infancia, esta merece aprender, entre otras cosas, que la estética también es una cuestión ética.

De vez en cuando la vida
nos besa en la boca
y a colores…