viernes, 29 de noviembre de 2019

Yo sé escribir muy bonito…

¿Cuántas formas de aprender y enseñar caben en una maleta? Ayer en el PRAE nos brindaron un anticipo en primicia
de otras herramientas pedagógicas, pero... no os podemos adelantar nada más.


El huerto escolar es un elemento que este año ha tenido un asombroso éxito en la red de escuelas de nuestro programa, y creo que he perdido la cuenta de los colegios que ya están o se van a poner manos a la obra. En el CEIP Villa y Tierra, de Saldaña, han entregado en las aulas un sencillo formulario para que niños y niñas pregunten en casa a sus mayores qué se puede plantar en invierno, porque la cosa se les quedaba deslucida en esta época del año. De esta manera harán la selección de variedades que germinarán en los semilleros de cada aula y plantarán después –según las indicaciones que de la propia familia- en el huerto escolar.

En el recién incorporado Nª Sª de la Providencia, de Palencia, también quieren crear su propio huerto escolar. Este año de arranque se van a centrar en el tema de los residuos, con un diagnóstico –que tendrá que ir precedido de alguna idea que llame la atención y que quedó perfilada en la primera reunión de su Comisión Ambiental- que invite a hacer una reflexión colectiva sobre lo que pasa con las basuras del centro y proponer mejoras. Y ya se van anticipando, porque una de las ideas que tienen es elaborar su propio abono a partir de los restos orgánicos. De momento, están difundiendo y abriendo el programa a la participación, y se han lanzado a recoger una lluvia de ideas: no son más que pequeños gestos cotidianos, pero se les ha ocurrido colocar las propuestas de cada clase en la tabica (lo he tenido que buscar porque no sabía cómo se definía) de las escaleras. En las fotos que han colgado en su blog Escuela Sostenible igual os queda más clara la idea.

Comisión Ambiental en el CEIP Villa y Tierra (Saldaña): dos alumnas de
cursos superiores habían preparado una presentación para compartir y
repasar los logros del curso pasado.

Ayer tuvimos reunión del seminario docente en el PRAE, un centro que ya cumple diez años y está en una suerte de cambio de ciclo: más que un centro de visitantes, quiere convertirse en un centro de recursos ambientales y, un paso más allá, un agente con el que codiseñar proyectos a la medida. El CEIP Las Rozas, de Guardo, algo de eso debe de saber y en enero próximo recibirá la visita de sus técnicos. También nos hablaron de V(e2)n, el programa de visitas escolares a espacios naturales, y de su programa de voluntariado ambiental, que tiene entre los centros educativos una importante demanda. A Mª José, del CEIP Villalobón, se le encendieron los ojillos al oírlo, porque sería un estímulo y un impulso estupendo para la iniciativa puesta en marcha por cuatro alumnas de 6º de Primaria: conscientes de que el problema de las basuras no terminaba en el colegio, quisieron lanzar una jornada de limpieza invitando a todo el municipio de Villalobón, como una forma de tomar conciencia sobre los principales puntos negros. Aunque no tuvieron mucho éxito, están entusiasmadas y han grabado un vídeo, y a buen seguro que van a liderar la ecoauditoría de residuos que se han planteado hacer este curso en el colegio.

Un momento de la Comisión Ambiental en el CEIP Villalobón: los cursos
mayores se esmeran en explicar a peques las diferencias de conceptos.

Volviendo a Palencia, el CEIP Padre Claret también va a desarrollar este año un huerto escolar como proyecto de centro, aprovechando la motivación de un grupo de mamás y papás. Pero se han dado cuenta de que, aunque se ha venido trabajando mucho sobre la separación de residuos y se puso en marcha la ‘TupperRevolution’ para limitar el uso de envases en los almuerzos, todavía hay quienes por despiste o desgana tiran la basura en la primera papelera que pillan a mano. Así que, alguien se dio cuenta de que a menudo hay que recordar al resto de escolares dónde arrojar cada tipo de residuo para que no se olviden. “Yo sé escribir muy bonito”, fue lo que dijo una peque en la reunión de la Comisión Ambiental, y ofreció lo mejor que ella sabía hacer para colaborar en un proyecto común. Estoy deseando ver esos carteles…

miércoles, 20 de noviembre de 2019

La gran bellotada ibérica… y los barcos de papel




“Y como otros plantaron para nos, y gozamos de su trabajo, cosa buena es que nosotros trabajemos,
y plantemos para nos y para los que después de nos vinieren.”
Alonso de Herrera, Agricultura General, 1513



El árbol de la vida, Gustav Klimt.

No sé si estamos todo el mundo al corriente de que esto del cambio climático, como la suerte, va por barrios. Y mirad por dónde, a toda el área mediterránea, en general, y a España, en particular, le ha tocado la china: somos una de las zonas del Planeta más vulnerables a sus efectos. A la Wkipedia ni le ha dado tiempo a actualizar su entrada sobre el ‘acqua alta’, el fenómeno de mareas altas que periódicamente inunda la Laguna de Venecia y que la semana pasada alcanzó su máximo histórico, con 187 cm de agua por encima del nivel normal y el 96% de la ciudad anegada. Pero, más allá del dato extraordinario, lo importante es la tendencia: en el último medio siglo el fenómeno ha pasado de tener una frecuencia de menos de 10 veces a repetirse más de 60 al año.

El 70% de la Península Ibérica está en riesgo de desertificación, una cosa que va mucho más allá de las olas de calor o de la pérdida de bosques, sino de la desaparición de esa parte esencial del bioma de la Tierra en la que pocas veces reparamos: el suelo. Para paliar esos efectos tenemos una herramienta natural, especialmente adaptada a las duras condiciones del clima mediterráneo, ya sabéis, aquello de inviernos fríos y largos, y veranos extremos: la bellota.


La Gran Bellotada Ibérica, una iniciativa de la sociedad civil, ha lanzado el reto de plantar 25 millones de estas semillas, y uno de nuestros colegios, Las Rozas, de Guardo, ya se ha sumado. Se han puesto en contacto con otras organizaciones del entorno, desde el club de montaña a la asociación micológica, sin olvidarse de las familias, y a finales de octubre se fueron de recolección. Según me cuentan, tienen miles de bellotas en cuarentena, y ahora les falta salir a sembrarlas, lo que tienen planeado hacer en Monte Corcos y en Muñeca de la Peña, por la carga simbólica del emplazamiento, un desmonte por el que la empresa UMINSA ya fue sancionada por incumplimiento de las medidas protectoras de la declaración de impacto ambiental de una mina a cielo abierto, y años después parece estar haciéndose la ‘sueca’ para aplicar las medidas de restauración. Eso sí, seguro que subvenciones de planes de reconversión minera se habrá llevado unas cuantas…

Acción ciudadana frente a agenda política
En 2017, Christiana Figueres, quien fuera secretaria de la Convención de Naciones Unidas para el Cambio Climático, publicó una carta en la revista Nature  –junto con otras personas del ámbito científico y diplomático- para alertar de que nos quedaban tres años para salvar el clima, vamos, que como diríamos en inglés estamos on time. Pero me atrevo a remedar el título del artículo porque al clima no hace falta salvarle: somos los seres humanos quienes debemos, como dice Vandana Shiva, cuidar del hogar que habitamos si queremos salvarnos.

En unas semanas España será la anfitriona de la COP25, o sea, la Conferencia de las Partes, o sea, dentro de la Convención, quien toma decisiones. Y parece que desde el Acuerdo de París, en 2015, los avances son más bien escasos: que si mucha transparencia, pero los objetivos firmados no son legalmente vinculantes; que si mucha responsabilidad, pero más para ver oportunidades de inversión en terceros países que para remediar los desastres derivados; que si es tiempo de actuar, pero lo de reducir las emisiones, si eso, ya veremos, porque no hay porcentajes ni plazos para alcanzarlos.

Así que, curiosamente, parece que en este asunto, como en tantos otros, va a tener que ser la sociedad civil la que de una lección, y la batalla. Si esta conferencia se celebra en España es porque su presidencia, Chile, ha tenido tal convulsión interna que hasta se ha conseguido un plebiscito para cambiar la Constitución… ¡con lo que acá nos cuesta solo cumplirla! Y sí, tendremos que ser la gente, la ciudadanía, tú, yo y todas las demás quienes adoptemos una actitud adulta y responsable, lejos del optimismo infantilizado que impera en estos tiempos.

Yates y barcos de papel
Ayer, acabada la comisión ambiental en un colegio, se me acercó un adolescente y me dijo que, claro, todas las soluciones traen sus nuevos problemas, porque “mira tú lo del coche eléctrico… ¿de dónde vamos a sacar tanta batería de litio?” Inmediatamente, le pregunté si estaba al corriente de lo que pasaba en Bolivia –y dudo por su cara que supiera ni colocarla en el mapa-, pero me encantó que un chaval tan joven pusiera en tela de juicio el epítome de ese pensamiento positivo tardocapitalista: el coche eléctrico.

Para hablar de cambio climático se suele aludir mucho a ese símil que nos coloca como especie humana a bordo de un mismo barco, y a partir del cual los nuevos gurús apelan a la agenda (y agencia) humana, o sea, al tú puedes, a sé el cambio que esperas ver en el mundo, y vainas de este pelo, en definitiva, al cambio individual. Cautela. Eso de que los cambios empiezan por lo personal está muy bien, es una idea bonita, pero no es lo mismo viajar en yate que en un barco de papel, de hecho, ya hay barcos que se están hundiendo, no hace falta más que mirar hacia quienes ya están dejando su casa, sus países, debido a fenómenos extremos, al expolio de sus territorios, a la falta de oportunidades...

Cuando se apela a la libre elección individual para cambiar nuestros hábitos –consumir energía renovable, vivir sin coche, no viajar en avión, evitar la carne- se está obviando que la gran mayoría de las personas más vulnerables por los efectos del cambio climático seguramente no tengan coche, la carne no sea habitual en su dieta y si han viajado, seguramente, lo hayan hecho en patera… ¿dónde está su libre albedrío? Responsabilizarnos de nuestras acciones y cambiar consecuentemente nuestros hábitos es una idea muy buena, pero que no nos impida ver la desigualdad social y racial que se cruza con el cambio climático. Ni reconocer que los desafíos a los que nos enfrentamos se tienen que construir en la esfera política: porque solo políticamente se puede poner freno a los yates de lujo y proteger a quienes viajan en barcos de papel, o mejor aún, se puede plantear la osadía de viajar todo el mundo en velero.

viernes, 15 de noviembre de 2019

EL CLIMA EN EL CENTRO*





Como es sabido, en las próximas décadas la humanidad se enfrenta a retos como pocas veces se han vivido en la Historia, y que van a marcar un punto de inflexión en nuestra forma de vivir. Nos encontramos ante una crisis múltiple marcada por el aumento de la temperatura global del Planeta –acelerada en los últimos 20 años-, el descenso inminente de la disponibilidad energética –y que ha hecho posible el crecimiento de los últimos 60 años-, y una pérdida de biodiversidad acelerada, tres hechos que ponen en peligro las condiciones básicas para una vida digna en nuestro planeta. Ha llegado la hora de poner el clima en el centro.

Como nos ha enseñado el movimiento feminista, es preciso entender que estamos ante un despertar que pasa por ser conscientes de que podemos frenar el problema: la causa de la emergencia climática es la dependencia de un sistema fósil y de un sistema de privilegios y de inercias frente a las que poner el cuerpo. Es el momento de que conceptos como la vergüenza de volar, la paradoja de Jevons o la soberanía alimentaria se conviertan en conversaciones recurrentes en todas partes.


Se crea la plataforma ‘Alianza por el Clima’ en Palencia
En medio de este estado de emergencia nos encontramos, sin embargo, con una buena noticia: existe un despertar colectivo que va tomando forma en torno a la ‘primavera climática’. Surge en los últimos meses la inspiración de los mensajes de la activista Greta Thunberg, que revelan cómo la problemática ecológica es un problema para las generaciones presentes sobre el que debemos actuar de forma inmediata. Este mensaje ha sido capaz de movilizar a jóvenes, se ha extendido a sus familias y ha terminado permeando en buena parte de la sociedad, que ya se pregunta qué se ha hecho durante este tiempo, qué futuro queremos y qué nos espera si no afrontamos el reto…

Como respuesta a lo anterior, surge en Palencia ‘Alianza por el Clima’, con el impulso del grupo local de Ecologistas en Acción  y el grupo de decrecimiento Hasta aquí hemos llegado. Es este un espacio en construcción en el que interactúan simpatizantes y militantes de partidos políticos, colectivos como los mencionados, y particulares. Algunas iniciativas ya han sido llevadas adelante, como la moción que ha sumado al Ayuntamiento de Palencia al Pacto de Milán –cuyo objetivo es alcanzar sistemas alimentarios sostenibles en las ciudades- y los trabajos sobre movilidad compartida.


La escuela frente a la emergencia climática
Buena parte de los integrantes de esta nueva plataforma somos personas del ámbito de la educación, docentes y miembros de AMPAS. Hasta ahora, el profesorado más sensibilizado trataba de acercar los problemas ambientales a la escuela. Ahora, el camino parece ser el inverso: el nuevo escenario ha provocado que la emergencia climática salga de los centros educativos, interpele a la sociedad y emprenda y reclame acciones. Acciones por otro lado simbólicas que, si bien ayudan a tomar conciencia del problema, resultan insuficientes. En paralelo, existe una sobrecarga  de contenidos medioambientales, pero ¿qué posibilidades tiene la escuela para abordarlos? ¿Cómo afrontarlos? ¿Desde un enfoque científico y tecnológico? ¿Con neutralidad? ¿Acaso existe, acaso es deseable? ¿Cuál es el lugar para la ‘emergencia climática’ en las aulas y cómo podemos trabajarla?

Desde el grupo de educación de ‘Alianza por el Clima’ pensamos que es momento de situar, como dice Yayo Herrero “la vida en el centro”, y que la escuela sea uno de los lugares en el que podamos imaginar, construir y experimentar alternativas. Queremos compartir y elaborar propuestas con perspectivas ecosociales que contribuyan a conseguirlo e invitamos a todos aquellos miembros de la comunidad educativa a acompañarnos.


* Entrada redactada por Juan Campagne, profesor del Colegio Maristas Castilla y coordinador del programa Escuelas para la Sostenibilidad en su centro, miembro de Ecologistas en Acción Palencia, y uno de los impulsores de 'Alianza por el Clima' en la ciudad.

viernes, 8 de noviembre de 2019

No nos comamos el mundo



Son curiosas las expresiones, porque ‘comerse el mundo’ pareciera una seña de identidad que cualquiera quisiera tener, esa idea de que nada se te pone por delante y puedes con todo. Pero los tiempos cambian y, a veces, es bueno pararse a pensar en lo que tienes delante –más que nada para no llevártelo de calle-, y quizá tampoco es bueno poder con todo, porque depende de cómo se entienda eso de poder, igual se nos va la mano y es un poder que ejercemos sobre algo o alguien.

El miércoles me encontré con que el colegio de Ampudia ha cambiado de nombre, dejando atrás al Conde de Vallellano –presidente del Consejo de Estado y ministro de Obras Públicas durante la dictadura franquista- y adoptando el humilde La Cañada. La carretera que hoy te lleva por Valoria del Alcor hasta Ampudia está sobre la Cañada Real de Merinas, la ruta que seguían los pastores de Extremadura para subir sus rebaños a las montañas leonesas y palentinas durante el verano. ¡Eso sí que eran viajes! En una ocasión, alguien me dijo que el queso de oveja es el alimento dónde mejor se concentra, y de forma más sostenible, toda la energía de la tierra: un modelo de ganadería extensiva, mantenimiento de bosques autóctonos, obtención de un producto de alto valor nutritivo sin sacrificio animal y, por si fuera poco, lana de la mejor calidad.



Bueno, pues de algo de eso, y recuperando un poco de memoria, se quiere trabajar en el colegio este año. El huerto, el pequeño corral de gallinas, el compostero, los comederos y observatorios de aves son elementos ya integrados en la vida cotidiana de este centro. Aprovechando que el curso pasado todo el colegio recorrió las calles del pueblo, sumándose a la huelga climática, le planteé a la renovada Comisión Ambiental si relacionaban de alguna manera las mejoras que tanto les gustaban en el colegio con eso –que les sigue sonando tan lejano- del calentamiento global.


La primera conclusión –corroborada en otros escenarios- fue comprobar el efecto tan intenso que en su día tuvo la campaña de sensibilización sobre el agujero en la capa de ozono, hasta el punto de que, a fecha de hoy, sigue estando extendida la idea de que el calentamiento se nos cuela por el dichoso agujero. El caso es que entre risas y bromas fuimos deshilvanando un poco la madeja, sobre la que trabajarán a lo largo del curso, centrándose en el impacto, mayor o menor, que tienen los alimentos en el cambio climático. Si un vaso de yogur no se puede transformar en abono para el huerto en la compostera, o si pensamos que lo que compramos en el supermercado viene de un poquito más lejos que de la balda de la que le echamos mano, quizá podamos plantearnos que lo que comemos, a lo peor, se está comiendo el mundo.

Por eso, para empezar, vamos a darle la vuelta a ese dicho, y vamos a hacer un viaje ficticio de la mano de los alimentos. Quizá por ahí, vayamos tomando conciencia de la importancia de ponernos límites, y de nuestra ansiada libertad pasemos a hablar de interdependencia: la que tenemos de la tierra que nos sustenta, de otras personas y de otros territorios. Se puede encontrar un grado de libertad infinito en cualquier encuadre, solo es cuestión de darle profundidad a lo que hacemos. Decía Stravinsky “cuanto más me limito, más me libero”.



lunes, 21 de octubre de 2019

Ecos


El pasado 3 de octubre, en el CFIE de Palencia, dándole una vuelta a lo que hacemos,
cómo lo hacemos y cómo queremos hacerlo...


Valladolid y finales de octubre es sinónimo de cine. Ayer vi Echo (Bergmál), una película islandesa en la que no hay ni un solo movimiento de cámara. Es como si el director se hubiera dado un tiempo para grabar toda una serie de planos y componer un suerte de collage, frío, distante, casi aséptico, sobre la sociedad actual. No hay juicio, pero el cuadro final resulta feroz.

Traigo a colación esto porque eso de darse un tiempo es lo que me parece que necesitamos. Abriendo el mes tuvimos la primera reunión del seminario, rencuentro, bienvenida, nuevas caras, próximo curso… pero ¿estamos haciendo las cosas bien? Hubo quien comentó que tampoco hacía falta flagelarse, y es verdad, pero la educación judeocristiana (aunque seamos tan ateos como Buñuel, por la gracia de Dios) hace estas cosas, y dimos cuenta –sin pasarse, tampoco es eso…- de la penitencia que arrastra el pecado.

El curso pasado lo cerramos, como de costumbre, con una evaluación. La evaluación, por seguir con símiles católicos (que dan mucho juego) es como la Santísima Trinidad: se presenta como un axioma, pero no deja de ser más que un misterio. O sea, todo el mundo la considera imprescindible, casi nadie deja de hacerla, pero muy poca gente la contrasta y aplica mejoras acordes. Quizá tampoco seamos capaces de hacerlo en esta red, pero vamos a intentarlo.

No creo que haya nadie más cualificado para atender a un gremio que gente de ese mismo gremio. Entonces, ¿por qué darle tantas vueltas, si hasta resulta evidente que los intercambios de experiencias se consideran la mejor fórmula de formación y autoformación? Si la falta de tiempo y de recursos se ven como la mayor limitación, ¿por qué no compartir en los escasos encuentros las ideas, los materiales, los enfoques de lo que funciona y, como alguien dijo, aprovecharse unos centros de otros? Por ahí iban los ecos que me resonaban a la hora de encarar el nuevo curso, pero no eran los únicos. 

Leyendo un día los métodos de un profesor para incentivar la lectura me preguntaba, no ya si estamos a la altura de las herramientas tecnológicas que pueden conectar con la infancia y adolescencia actual, sino si la manera y el fondo de lo que se les cuenta tiene algún sentido, o lo tendrá, dentro de muy poco. Y me seguían resonando más ecos, como plantearme para qué tanta matraca con la transversalidad de la educación ambiental, o ahora el currículum de emergencia climática, si al final los centros escolares no dejan de ser espacios paralelos donde en una franja muy concreta de edad se pasa un tiempo (mucho) completamente desconectado de la vida, en particular, y del mundo, en general.

No hay noticia internacional que esté ocupando las últimas semanas –y me atrevería a decir que meses y años– las portadas de los diarios que no ponga de manifiesto que las medidas que se adopten en favor de la sostenibilidad ambiental solo traerán enormes desigualdades y, consecuentemente, conflictos sociales si no van acompañadas de fuertes políticas públicas de sostenibilidad social. Todo lo demás, serán ecos de una sociedad que, como la pareja en el relato de Ray Bradbury, La última noche del mundo, cierra cómicamente el grifo del agua mientras espera el final.

martes, 15 de octubre de 2019

Crónica del primer año de andadura...*


“Muchos de nosotros nos preguntamos qué planeta estamos dejando a nuestros niños. Sin embargo, pocos se preguntan lo contrario: ¿Qué clase de niños estamos dejando a nuestro planeta?”
Simeón Ogonga, líder juvenil keniano.



¿Cumple nuestro colegio con las tres erres? ¿Son sostenibles nuestros patios? ¿Qué porcentaje de plástico hay en los cubos de pasillos y clases? Preguntas como estas y otras más son las que nos hemos hecho escolares, docentes y familias desde el curso pasado cuando empezamos nuestra andadura en el  programa Escuelas para la Sostenibilidad.
Desde el grupo motor escogimos un tema, varios eran los que nos inquietaban, pero nos decidimos por uno: la gestión de la basura. Decidimos dar nuestro primer paso y hacer un diagnóstico. Para ello, nos fueron de mucha utilidad las ecoauditorías escolares, procedimiento con el que acabamos estando bastante familiarizados. Gracias a este análisis inicial descubrimos y definimos cuáles son los principales problemas que existen en relación con los residuos en nuestro colegio y en el entorno próximo, sus causas, sus efectos, nuestros hábitos…
Cuando por fin tuvimos una idea más acabada de lo que ocurre –generamos mucho plástico en los almuerzos de los recreos–, ideamos y decidimos unas acciones para solucionar o minimizar este problema. En primer lugar, comunicamos a toda la comunidad nuestra observación y nuestros propósitos. Luego, enviamos una carta al equipo directivo para que se pusieran más cubos y así poder separar residuos. En tercer lugar, decidimos informarnos más acerca del plástico e invitamos a Silvia González, biotecnóloga palentina especializada en el impacto de este material en nuestro organismo y en el de los demás seres vivos. Supimos que el plástico es un derivado del petróleo y a continuación nos animamos a saber más de este recurso no renovable: solicitamos a Ecologistas en Acción y al grupo de decrecimiento Hasta aquí hemos llegado la exposición Los límites del crecimiento y la utilizamos para difundir y debatir entre nosotras sobre conceptos como 'decrecimiento', 'colapso', 'pico del petróleo' y otros.
Otro asunto de importancia ha sido la participación. Nos hemos propuesto que la toma de decisiones sea fruto del acuerdo y del consenso. Así es que creamos la comisión ambiental, órgano integrado por profesorado, alumnado y familias, que se ha encargado de centralizar las propuestas de mejora que hemos ido haciendo desde las aulas.
Llegada la primavera del curso pasado, vimos con satisfacción que algunas de nuestras iniciativas llegaban a buen puerto y, también, que otras nos iban a llevar más tiempo... La participación en la CONFINT provincial en Saldaña nos dejó buenas sensaciones y nuevas ideas, razón por la que no nos resultó difícil ponernos pronto manos a la obra en este nuevo curso.
Así que desde la comisión ambiental pensamos que era una buena idea aprovechar las reuniones con las familias del mes de octubre y preparar un vídeo para recordar nuestra participación en el programa. De paso, incluimos los datos que quedaron de las ecoauditorías y animamos a toda la comunidad a sumarse realizando algunos ecogestos. Ahora nos toca saber si estamos avanzando en el camino correcto, pronto habrá que evaluar los resultados y el impacto de este primer paso.
Mientras, nuestros próximos retos van teniendo forma de nuevas preguntas: ¿qué calidad tiene el aire que respiramos en el patio del colegio?, ¿qué está ocurriendo con el clima?...

* La autoría de esta entrada, así como el vídeo que la ilustra, es de la Comisión Ambiental del Colegio Maristas Castilla, de Palencia.

martes, 1 de octubre de 2019

¡Cuidad el Planeta!



CEIP Villa y Tierra, Saldaña.

¿Qué nos están queriendo decir quienes, curiosamente, apenas tienen edad para tomar decisiones? Nos están sacando los colores a quienes no hemos sabido manifestarnos con la suficiente insistencia –porque lo que hoy es evidencia, hace décadas que se veía venir…-, no hemos sabido crecer y acomodar nuestros ritmos de vida al reto que se avecina, o no hemos sabido incidir, transmitir, trasladar a otras esferas la urgencia que ahora se convierte en inevitable.

CEIP Marqués de Santillana, Palencia.

Supongo que este movimiento resulta esperanzador, pero quienes tenemos memoria suficiente como para echar la vista atrás y comprobar cómo se desinflaron iniciativas globales que también querían –y parecían tener oportunidad de- dar un viraje al ritmo de crecimiento, tampoco queremos echar las campanas al vuelo, en vista de la recesión económica que se nos viene encima, no sea que esta emergencia climática se nos vuelva en contra y en nombre de ella traguemos sin chistar con nuevas/viejas medidas de ajuste estructural, que ya sabemos sobre quienes caen…


CEIP Padre Claret, Palencia.
Así que, entre el sonrojo y el escepticismo, de cualquier manera habrá que celebrar que cientos de niños y niñas y miles de adolescentes, nos han ‘obligado’ a sumarnos a sus demandas. Y nuestra red de escuelas ha estado ahí... ¡¡¡gracias por el fuego!!!


CEIP La Valdavia, Buenavista de Valdavia.

lunes, 23 de septiembre de 2019

No se lo pongamos tan fácil...



Hace una semana cayó en Valladolid una tromba de agua que, aun siendo irrisorios sus efectos comparados con los de la ‘gota’ que ha afectado al suroeste y parte del centro de nuestro país, colocó a la ciudad como protagonista involuntaria de la crónica de sucesos de los informativos. Ni convirtiéndose el pasado domingo por segunda vez en campeona del mundo, le ha durado a la selección masculina de baloncesto su gloria como para desbancar al futbol de la sección de deportes. Y en lo político, ni qué decir tiene cuál ha sido el tema recurrente…

A veces, tienes la sensación de que se cumple aquello de que lo urgente no nos deja tiempo para la importante, y nos quedamos siempre en lo irremediable de las consecuencias. En mi ciudad siempre he oído que hay que temer más las crecidas de la Esgueva “porque busca al padre”. El otro día, sin llegar al caos, las calles ubicadas en el desagüe natural de su desembocadura hacia el Pisuerga nos recordaban su antiguo trazado. Y a nadie le cabe la menor duda de que, pese a las cíclicas ‘gotas frías’, algo se ha hecho francamente mal en la gestión del territorio en el Levante español.

Cerramos la Semana de la Movilidad para meternos de lleno en una suerte de primera Semana por el Clima, aunque ciertos sectores no se dan por aludidos ni de una cosa ni de la otra. Pareciera que el fútbol es demasiado importante para preocuparse por emergencias climáticas y esas gaitas, hasta el punto de que la Eurocopa 2020 pasará a la historia por su atomización y, de paso, por la estela de carbono que dejarán detrás los aviones que –entre integrantes y seguidores de los 24 equipos participantes- surcarán los 12 países que acogerán los 51 partidos, desde Ámsterdam a Bucarest, de Roma a Londres, o de Baku a Bilbao… ¡ahí es nada!

Y entre inundaciones y partidos de fútbol, resulta que arranca el curso y pareciera que vivimos en un déjà vu con la nueva convocatoria de elecciones. En la anterior entrada os hablaba del negacionismo (bueno, mejor dicho, de lo cansina que resulta la gente así). Pero me preocupa que el auge de ciertos populismos desplace de la agenda cuestiones inaplazables. Por eso me parece tan importante que esta semana, desde Perú hasta Palencia –la provincia de nuestra red- haya movilizaciones para apelar no a lo urgente, que en este caso también lo es, sino a lo importante: reclamar y ejerce el derecho a movilizarnos y que lo haga, sobre todo, la juventud. A lo mejor, aunque ‘pierdan’ clase este viernes y los sucesivos viernes, descubran que quizá esa sea la única manera de ganar nuevos derechos y de preservar otros que se ganaron con tanto esfuerzo.

Quizá abran el periódico y cuando todo un premio Nobel les diga que millones de personas procedentes de África arriesgan sus vidas cruzando el Mediterráneo porque huyen de regímenes tiránicos, ya hayan oído hablar de la apropiación de recursos o de las migraciones climáticas, que dejan sin oportunidades a jóvenes como ellos y ellas en sus propios territorios. Quizá la espontaneidad de este movimiento escame a mucha gente y, sin llegar a ver una campaña orquestada –como la ministra belga de Medio Ambiente, a quien le costó el puesto tal sugerencia-, se pregunte si Greta Thunberg no será el ‘burrito blanco’ para salvar la conciencia de Occidente, cuando en otras latitudes denunciar lo mismo que esta joven cuesta la vida a quien abre la boca.

A lo mejor resulta que del famoso eslogan ‘piensa globalmente, actúa localmente’ nos hemos quedado solo con una parte. Así que, que esto nos sirva para abrir un poco las orejas de burro, sea blanco o no, y mirar más allá de nuestros privilegios: no se lo pongamos tan fácil…