jueves, 11 de octubre de 2018

¿Eres de ciencias o letras?


“Paradójicamente, en la escuela tienen éxito quienes no la necesitan.” Esta perogrullada no la digo yo, sino Francesco Tonucci –al que he traído más veces a colación y esta no será la última- para hacer hincapié en el hecho de que un lugar que debiera contribuir a limar las desigualdades, por el contrario, muchas veces acentúa las diferencias.

Al parecer, esto tiene mucho que ver con lo que se entiende por inteligencia y se valora académicamente, de manera que se prima la mente lógica –ser capaz de ordenar fechas y datos- y pasan a un segundo plano disciplinas artísticas, como la música o la danza. Con la llegada de las nuevas tecnologías, las habilidades prácticas han subido en el escalafón, pero traen un efecto colateral llamativo: cada vez se utilizan menos las herramientas culturales más básicas de las que nos dota la escuela, la lectura y la escritura.

Adaptar los centros educativos a los ritmos de cada escolar, tiempo libre, espacios de juego, dejar que se aburran, salir a la naturaleza en lugar de encerrarla entre cuatro paredes… son cosas que suenan muy bien, pero que parecen casar poco con calendarios, fechas, exámenes y con los programas oficiales de cada asignatura.

En esta entrevista a Ken Robinson, el gurú de la innovación educativa, la periodista le plantea qué se puede hacer para que esa innovación no se convierta, precisamente, en una brecha más hacia la desigualdad. Además de de dejar buena parte del peso sobre los hombros docentes –según él, la educación tiene más que ver con los hábitos que con la legislación, afirmación que podemos compartir- no da una respuesta convincente o, al menos, obvia el problema estructural de la falta de medios y herramientas en el sistema educativo para atender, no ya las desigualdades, sino tan siquiera la diversidad.

Me parece muy oportuna la pregunta, sobre todo, después de leer reportajes como este, en el que todos los ejemplos –salvo un CRA- se refieren a iniciativas privadas que, más allá del atractivo de sus propuestas y de los buenos resultados, quedan fuera del alcance de la mayoría de familias. Es más, quizá oigamos pedagogía ‘Waldorf’ o ‘Montessori’ y lo asociemos automáticamente a centros, sino de excelencia donde se forman las élites, sí a grupos de familias que enfocan la educación de su tribu como una elección personal y un asunto privado y privativo.


Ahora la perogrullada sí que la voy a soltar yo, pero de la mano de una poeta que representa lo que vengo a defender y ella misma esgrime. María Sánchez es en realidad veterinaria y el año pasado ha publicado un poemario titulado ‘Cuaderno de campo’, del que se me ocurren muchas cosas, pero sobre todo, que es necesario. Su abuelo también era veterinario y, por lo visto, un día rebuscando en su despacho dio con un libro de bioquímica en el que cada capítulo arrancaba con una cita de Shakespeare, ante lo que se preguntó en qué momento nos habían metido en la cabeza aquello de ‘yo es que soy de letras, yo es que soy de ciencias’, quién demonios dejó de ver que ambas maneras de acercarse y entender el mundo podían –y debían- ir de la mano. Si así fuese, seguramente, tendríamos menos excusas –y miedos- para evitar lo que desconocemos.

Jorge Drexler es médico otorrino, y aunque ejerció algún
tiempo en su Uruguay natal, hace años que se
dedica profesionalmente a la música.

viernes, 5 de octubre de 2018

¿Cuánto mide un desayuno?


Me encantan los globos terráqueos. De pequeña tenía uno que hacía las veces de lámpara: cuando estaba apagado, te mostraba el mapa político del mundo, y encendido, el mapa físico. Pero para lo que os quiero proponer, resultará más útil un mapamundi en papel, a ser posible, una fotocopia ampliada. Un fin de semana puede ser un buen momento para que, a medida que vais sacando las cosas para preparaos el desayuno, tengáis a mano, por ejemplo, lana de diferentes colores.


Tened un poco de paciencia e id apuntando de dónde procede cada uno de los ingredientes que componen vuestra primera comida del día: leche, café, cacao, azúcar, mantequilla, mermelada, yogur; naranjas, plátanos, kiwis, mangos; tal vez, si sois más de salado, queso, aceite, tomate, huevos, bacón; y pan o cereales. Cuando lo hayáis apuntado, id cortando hilos de distinto color que unan el lugar donde vivís con el origen de cada una de las cosas que habéis comido. Después, medid los centímetros de distancia con una regla y, teniendo en cuenta la escala a la que esté el mapa, multiplicad para obtener los kilómetros que han recorrido todos esos alimentos hasta llegar a vuestra mesa.

No os asustéis con las cifras, es fácil que –solo con el café, el cacao o el azúcar, más un capricho de fruta exótica que os hayáis dado- los kilómetros alcancen, como poco, la mitad de la circunferencia terrestre. ¿Nos dice algo esto? Pues, no sé, lo mismo pensáis que menudo entretenimiento os acabo de dar, igual os sorprende el dato, o quizá ya seáis conscientes de la necesidad de consumir productos de temporada y cercanía, mejor sí son ecológicos o se han producido con criterios de comercio justo. Vale, desde nuestras casas, aún podemos sentir que tenemos cierta capacidad de elección.

Pero en los colegios… ¿tiene la comunidad educativa y, especialmente, padres y madres la posibilidad de elegir qué se come? La globalización ha convertido la alimentación en un enorme negocio en el que prima más el movimiento de mercancías de un extremo a otro del planeta que criterios ambientales y sociales en la producción.

Los centros educativos no son ajenos a esta dinámica, tal y como muestra el último informe ‘Los comedores escolares en España: del diagnóstico a las propuestas de mejora’. En nuestro país el 34,6% de escolares de infantil y casi el 30% de primaria hacen la principal comida del día en el colegio, o lo que es lo mismo, unos dos millones de escolares. Más del 60% de la comida que se sirve en los colegios procede de empresas de catering, con sistemas de línea fría y comida precocinada que recorre grandes distancias y se sirve, habitualmente, en bandejas de plástico. En Castilla y León todos los centros que subcontratan el servicio de comedor lo hacen mediante gestión indirecta. Como último dato, baste decir que cerca del 60% de todos los servicios de comedor en España están en manos de solo cuatro grupos empresariales, ya que los lotes en los que suelen salir este tipo de licitaciones públicas no favorecen el acceso a pequeñas y medianas empresas.


La preocupación por la salud y, por qué no, también por la sostenibilidad está detrás de las iniciativas que padres y madres están poniendo en marcha en diferentes puntos del territorio para tratar de revertir esta tendencia y recuperar, no ya la gestión directa de un servicio externalizado, sino las cocinas en los propios centros escolares. Toca momento de revisión de temas, ejes y objetivos para el próximo curso así que, si estáis interesados en alimentar el cambio en vuestros centros, os dejo los materiales didácticos elaborados dentro del proyecto que varias organizaciones están impulsando para fomentar una alimentación saludable y sostenible en la Comunidad de Madrid. Por aspectos nutricionales, organolépticos, medioambientales e, incluso, pedagógicos, parece lo más razonable: el comedor escolar es –o debiera ser- un espacio educativo más, donde niños y niñas aprenden a valorar los alimentos, a cuidar el medio ambiente y a convivir en la diversidad.