miércoles, 16 de enero de 2019

Que enfermen los pobres


Es época de debate y aprobación de presupuestos, esa herramienta que marca realmente el cariz liberal o social de los Gobiernos. Si en casa preferimos irnos de crucero a emplear nuestros ahorros en la ortodoncia que necesita cualquier miembro de la familia, estamos optando –quizá sin ser conscientes- por un modelo turístico tan invasivo como cualquier otra industria, frente a invertir en algo tan básico como la salud.

Según un reciente informe de la ONG Justicia Alimentaria, en nuestro país un 45% de la población no puede permitirse una dieta básica saludable. En los últimos veinte años –en  paralelo a ritmos de vida cada vez más acelerados- ha cambiado radicalmente el modelo de consumo, pasando a ser un 70% de lo que comemos alimentos procesados, con altos valores de grasas saturadas, azúcar y sal. Mientras esos alimentos son, en líneas generales, más baratos que en 1990, las frutas son un 66% más caras ahora que en 2006, una subida que triplica el alza general de precios.



En uno de los colegios de nuestra red, la directora me habló del número de niños y niñas que padecen diabetes o tienen altos niveles de colesterol. Haciendo un rápido cálculo mental, me salía un porcentaje cercano al 12%. Esta epidemia se está dando en todo el mundo, porque de igual manera que en nuestro entorno es más barato un bollo industrial sobreempaquetado que una pieza de fruta, en otros lugares sale más a cuenta comprar un refresco de cola azucarado que una botella de agua. En distintos rincones del mundo se repiten escenas similares: las empresas privadas de agua se ubican en las inmediaciones de un acuífero –explotándolo sin ningún pudor para su lucro- y, en ocasiones, comparten espacio con las embotelladoras de bebidas y refrescos que inundarán el mercado a precios inigualables.

Lo dramático de este asunto es que esconde un problema de clase, origen, etnia, vulnerabilidad o como queramos llamarlo: o dicho de otra forma, la alimentación insana afecta a las familias con rentas más bajas, a comunidades rurales, pueblos indígenas… vaya, a la gente empobrecida por un sistema que, para colmo, les está enfermando.

¿A qué viene todo esto? –os estaréis preguntando-. ¿Y qué tiene que ver con los presupuestos? Pues, porque por más que insistamos en educación –para lo que queramos, para la sostenibilidad, para la salud, para la ciudadanía global…-, investiguemos sobre las implicaciones ambientales del consumo, reflexionemos sobre la relación del medio ambiente y la salud, y sepamos pintar una pirámide nutricional de ensueño, habrá familias que solo puedan verla así, o sea, a modo de póster.

Por eso, la misma ONG acaba de lanzar una campaña para solicitar que en España –donde apenas hay diferencia entre el IVA de frutas, legumbres o pescado, y el de comida y bebidas procesadas- se reduzca al 0% la carga impositiva de los alimentos saludables y se eleve al 21% el de los productos insanos. Que educar está bien, pero si va de la mano de una buena fiscalidad, la cosa está todavía mejor…

viernes, 21 de diciembre de 2018

2078


La semana pasada hice mis últimas visitas del trimestre. Estuve, de nuevo, en Carrión de los Condes, en la primera reunión de la recién conformada Comisión Ambiental del CEIP Marqués de Santillana, que se ha sumado este año a nuestro programa. Me lo pasé pipa con niños y niñas que habían sido elegidos, según me contaron las profesoras, entre una larga lista: al parecer, la idea de la sostenibilidad ha prendido en el colegio y venían con muchas ganas.

Pero lo primero que quería saber era qué entendían por sostenibilidad. Silencio. No pasa nada, las palabrejas, a veces, no sirven para comunicarnos tan bien como pensamos así que, les pedí que me dijeran cosas que relacionaban con el medio ambiente. Y ahí el asunto se empezó a poner interesante: todo eran buenas palabras, ya sabéis, naturaleza, seres vivos. Fenomenal, pero ¿no conocéis ningún problema relacionado con el medio ambiente? Contaminación, deforestación, calentamiento global. Estupendo ¿y qué tiene que ver vuestro cole con esos problemas? Silencio. Entonces tendremos que pensar en qué pasa en vuestro cole y para qué estáis aquí, en la Comisión Ambiental. En ese momento, uno de los críos dijo:

- ¡Anda, como la Comisión Europea!

Pues sí, porque estáis aquí para tomar decisiones –exactamente igual que quienes forma parte de la CE-, pero a otra escala: vuestro colegio. Y habéis asumido la responsabilidad de mejorar todas esas cosas que tienen que ver con el medio ambiente. En ese punto, creo que la mayoría ya se iba ubicando y, mientras me contaban las cosas que pasaban en el colegio, las fuimos relacionando con esos problemas ambientales que desde nuestro entorno podemos mejorar: tal vez un huerto para fomentar la diversidad, como en la propia naturaleza; o habilitar distintos espacios en el patio para que se pueda jugar a más cosas sin necesidad de un balón; o empezar por no tirar los restos del almuerzo y pararnos a pensar qué tiene eso que ver con la contaminación…


En Saldaña, la Comisión Ambiental del CEIP Villa y Tierra es más madura y sus miembros, incluso de infantil, saben lo que quieren para mejorar el colegio: hacer semilleros para el futuro huerto, solicitar tierra al Ayuntamiento, y bancos y sillas para que quien quiera pueda sentarse a almorzar o a jugar al ajedrez o charlar un rato en el recreo. Y también quieren un rocódromo horizontal, que me enteré que se llama ‘búlder’. El representante del Ayuntamiento, que estuvo presente, tomó buena nota de todas estas peticiones, mientras me seguían contando cómo funciona la mediación en el patio, o sea, como tratan de resolver los pequeños malentendidos y peleas entre niños y niñas.

Resolver conflictos, tomar decisiones e incidir en otras instancias para pedir colaboración y mejorar juntos nuestro entorno: casi que no se me ocurre mejor definición para la política con mayúsculas. Niños y niñas de este colegio aún no habrán cumplido 75 años en el 2078, como Greta Thunberg, que la semana pasada les sacó los colores a los líderes mundiales, reprochándoles en su alegato que “nos están robando el futuro ante nuestro propios ojos”, tras una Cumbre del Clima de la ONU francamente decepcionante. Cuesta imaginar cómo estarán las cosas, en este minúsculo punto del universo que habitamos, en ese lejano horizonte, pero echando la vista atrás me acuerdo de la icónica Blade Runner y, desde luego, el mundo no se parecerá en nada el año que viene al 2019 distópico que dibujaba. O quizá sí, y, como aquellos replicantes aparentemente sin emociones, aún estemos a tiempo de desarrollar la empatía necesaria, no para salvar el  mundo, sino para amar la vida, la vida de todos.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Elogio de la incertidumbre


Pensar es aprender de nuevo a ver y a poner atención.
Albert Camus.



Al final, existen los transposones, los grandes reinos evolutivos ya no nos valen, y los linajes en base al ADN mitocondrial materno puede que no estén tan claros. Estos son tres ejemplos de la incertidumbre a la que está expuesta solo un ámbito de la ciencia, la biología: se cayó lo de la transmisión vertical de genes como única vía evolutiva, ríete tú de eucariotas y bacterias, que el reino Archaea guarda más secretos que la tumba de Tutankamón y, para remate, hace solo unos días, nos enteramos de que, quizá, también heredemos mitocondrias de nuestros padres.

Ayer tuvimos reunión de nuestro seminario permanente, y en ella contamos con un ponente para darnos su visión sobre la adaptación curricular de la educación ambiental. Salí, como decían las abuelas, con los pies fríos y la cabeza caliente. A ver, estoy de acuerdo en que cualquier cosa que hagamos, sea enseñar o cestos de macramé, diseñar naves espaciales o vender churros, lo tenemos que hacer vinculado a nuestro propio ser. Quizá otra forma de decirlo más llana, sea la famosa frase de Galeano, “hacemos lo que hacemos para cambiar lo que somos.” A lo mejor somos como el gato de Schrödinger, y estamos vivos y muertos simultáneamente, en esa permanente pugna entre las certezas asumidas y los fronteras que tenemos que cruzar para abrazar abismos, cada vez, más cotidianos.

También comparto que una enseñanza que ya no se basa en conocimientos sino en competencias, deja mucho margen a docentes para que aquellos sean solo la excusa de abordar, de manera coordinada, el desarrollo de las habilidades necesarias para desenvolverse en un mundo en el que ya no funcionan los discursos aprendidos. Nuestras identidades se licúan, la familia, el trabajo, la patria, la estabilidad… ya nada es para toda la vida, y ahí estamos, reinventándonos a cada poco, siquiera para cubrir una mínima coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos.

Pero, qué queréis que os diga, mezclar incertidumbre con posverdad… por ahí no paso. Una cosa es que nuestro acceso al conocimiento tenga sus límites y, superados estos, a veces con tecnología y otras, más importantes, por cambios de paradigma, nos permitan ver la realidad desde planos diferentes a los habituales, penetrar en verdades más profundas, ejercitarnos en la capacidad de recrear la mirada desde otros puntos de vista. Y todo esto, con el grado de incertidumbre que nos exige el mundo actual. Y todo esto, asumiendo, también, que nuestro conocimiento siempre será situado.

Pero nada de lo anterior tiene que ver con la posverdad, un término elegido como neologismo del año 2016, nada menos que por el Diccionario de Oxford, con la siguiente definición: "Relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales." O séase, que en la época de la redes sociales en la que vivimos, cualquier cosa que una persona crea, pasa a ser verdad, esté contrastada o no, porque la mentira se nos presenta como una verdad desde otro punto de vista. Así, yo puedo decir que existen elefantes rosas voladores solo por el hecho de me que guste la idea y quiera creer en ella, y nadie me podrá negar que esa sea mi verdad.

Las palabras y su influencia en la percepción y recreación de la realidad –es decir, su capacidad performativa sobre esta- ha sido objeto de estudio desde tiempos lejanos. Nietzsche decía “sin un nombre, las cosas no existirían.” Me preocupa, y mucho, no ya el uso, sino la existencia misma de las palabras. Si el término posverdad acaba cuajando, como parece, y el término mentira desaparece de nuestro diccionario mental, estaremos dando luz verde a una palabra de mentirijillas, a un trampantojo que, no solo encubre y sustituye a la mentira, sino que confunde mentira y verdad. El poema ‘Nocturno’, de Rafael Alberti, recoge este verso: “Siento esta noche heridas de muerte las palabras.” Así que, os animo humildemente a parar, como ayer nos decían, pero para “aprender de nuevo a ver y a poner atención.”



viernes, 7 de diciembre de 2018

Santa Bárbara y la energía


El martes estuve en Guardo. No tengo fotos porque se me olvidó la cámara y mi iPepino, que es una patata, se bloqueó y no me dejó sacar ni una. Pero espero que, aún sin imágenes, os pueda trasladar la sensación con la que regresé.

En este municipio tenemos dos centros adheridos a la red, el CEIP Las Rozas y el IES Guardo. En el primero, la comisión ambiental duró apenas media hora, robándole a sus miembros el recreo, pero muy productiva. Nada menos que once niños y niñas de diferentes cursos –había quien se incorporaba por primera vez a esta responsabilidad y también gente con grado de veteranía-, cinco docentes y un trabajador de mantenimiento. Eduardo, el coordinador del programa en el colegio, les invitó a poner en común lo que hacía unos días les había pedido: algo tan aparentemente sencillo y a la vez complejo como es observar su entorno. La batería de aspectos en que se habían fijado se podrían agrupar en tres ejes: el uso de los espacios comunes, especialmente, el patio, por su reparto y la suciedad que sigue apareciendo, pese a haber trabajado intensamente el tema de los residuos; cuestiones relacionadas con la energía, como luces y aparatos eléctricos que se dejan encendidos; y lo mismo, pero con el agua. La tarea que se les encomendó para el próximo martes es que puntúen qué tema les parece prioritario para, ya sí, iniciar una investigación en profundidad de lo que ocurre en el colegio.

En el instituto, el orden del día de la comisión ambiental venía cargadito porque, además de las nuevas incorporaciones, había que contar –ya que cuatro de sus miembros habían formado parte de la delegación palentina- los resultados de la IV Confint Estatal. Elena, la profesora que les acompañó, hizo un resumen de todas las actividades apoyado en fotografías, y Daniele, Noemí, Hugo y Alba compartieron las conclusiones de los talleres en los que habían participado, desde lo que supone para el medio ambiente que todo el mundo llevemos un teléfono móvil en el bolsillo, cómo la construcción ha cambiado el paisaje y la arquitectura tradicional, el impacto del cambio climático en la migración de aves, o que cualquier cosa que hagamos contamina el agua de los ríos. Pero, sobre todo, asumieron ante la comisión ambiental, los compromisos que se trajeron de vuelta relacionados con diferentes Objetivos de Desarrollo Sostenible. Y tras el repaso del trabajo de cursos pasados en torno a los residuos –para que no caiga en el olvido y dejar claro que hay que seguir en esa línea-, Elvira, como coordinadora del programa, resumió las acciones que se estaban poniendo en marcha para, en primer lugar, visibilizar el uso de la energía: en la entrada del centro, se podía ver un diagrama de barras con el consumo de gasoil y electricidad y su traducción en términos económicos si se dividiera el gasto entre el alumnado. A partir de ahí, se han dividido el trabajo por cursos, de manera que 1º ESO va a recopilar el uso y consumo de energía –mediante encuestas a toda la comunidad educativa- y una suerte de ‘espionaje energético’, que les permitirá saber por dónde se les escapa la energía, mientras 2º ESO hará un inventario de todos los elementos que consumen energía eléctrica y calorífica y tratarán de analizar su impacto en la salud, la contaminación y el cambio climático, traduciéndolo en la huella de carbono del centro, es decir, las emisiones de CO2 que supone y buscando alternativas para compensarlas.

Cuando salí del CEIP Las Rozas, por los altavoces del colegio sonaba esto: los cambios de clase aquí siempre se hacen con música y yo no había caído en que el 4 de diciembre era el día Santa Bárbara. Tras la reunión en el IES Guardo, llevamos a dos niñas hasta Velilla del Río Carrión, pasando indefectiblemente junto a la central térmica, y después Elena me invitó a comer en un restaurante ubicado en las antiguas casas de los directivos de Explosivos Río Tinto. En la reunión de la comisión ambiental del instituto, cuando Noemí nos contaba los cambios en la arquitectura, me enteré de que el castillo de Guardo –en su día situado estratégicamente para vigilar la frontera entre los reinos de León y Castilla- fue desmantelado para construir el ferrocarril de vía estrecha de La Robla que, a finales del siglo XIX sustituyó a las barcazas del Canal de Castilla para transportar el carbón al norte de la Península, dando el espaldarazo definitivo a lo que Eduardo había denominado un rato antes el ‘monocultivo industrial’ de la comarca.

Con este panorama, supongo que, quien no conozca la zona, se puede hacer una ligera idea de lo que supuso el desmantelamiento del sector minero a partir de los años 80, el cierre paulatino de todas las explotaciones, que quedarían reducidas a dos minas subterráneas en Velilla y otra a cielo abierto en Guardo durante los 90, con un fuerte impacto sobre el bosque de roble melojo más importante de la provincia. En 2008, cerró la empresa de explosivos y ya en 2014 vino el cese definitivo de todas las explotaciones mineras. Y como ya sabemos, a las térmicas les quedan los días contados.

En el trayecto de vuelta, pensaba cómo afrontarían el diagnóstico de la energía niños, niñas y adolescentes de esta comarca. No sé si ya relacionan el cambio climático con la central junto a la que han crecido. Ni sé si les suena lo de la descarbonización, o si ven algún vínculo entre la transición energética y sus vidas. Pensé si una de las niñas que llevamos a Velilla seguirá el año que viene en el instituto de Guardo: quizá su padre y su madre, ambos en plantilla de la térmica, participen en las tareas de desmantelamiento, o sean recolocados por Iberdrola en otras instalaciones. Conducía despacio, mi compañera era una densa niebla que apenas me dejaba ver a diez metros de distancia. Y le iba dando vueltas a esto de la sostenibilidad, porque cuando lo bajas a lo concreto, no resulta ni tan fácil ni tan amable. Todo tiene sus aristas y se me antojaba que el futuro, a veces, puede parecerse a un precipicio tras un banco de niebla…

viernes, 30 de noviembre de 2018

Yo sí me lo creo


¡Vaya trimestre que llevamos! No sé si sentís, a veces, la paradoja, la distancia abismal entre vuestro trabajo y el mundo que nos rodea. En esta red queremos dar voz a escolares de todas las edades, empujarles desde un espacio tan cotidiano como la escuela a tomar decisiones sobre las cosas que les afectan y asumir responsabilidades para mejorar colectivamente su entorno. Trabajar en red, o sea, con otras redes de escuelas que reman en la misma dirección, nos permite dimensionar que todo lo que hacemos desde un colegio de un pueblito de la provincia de Palencia, se suma a otras tantas iniciativas que otros tantos colegios en otras tantas provincias de España están desarrollando.

Así que, a una se le cae el alma a los pies, cuando vas un día y lees en la prensa que el tipo que, probablemente, más poder tiene en el mundo se mofa de un informe científico de casi dos mil páginas donde se detallan los efectos del cambio climático en la salud, el medio ambiente o la economía. Tampoco te lo quieres creer. Sobre todo, porque viendo el día a día de las experiencias que ponen en práctica docentes, niños y niñas, y sus familias para aportar soluciones desde su limitado campo de actuación, desde el significado que hay que darle a lo minúsculo para no sucumbir a las abrumadoras pruebas de que este mundo es una monstruosidad, te cuesta entender tanta soberbia.

Donald Trump encierra en sí mismo la esencia de lo que el patriarcado, el colonialismo y el capitalismo le han hecho al mundo: negarle la voz a las mujeres, la humanidad a todos ‘los otros’ y la existencia a la propia naturaleza. Estoy segura de que es de los que piensa, como dice un amigo mío, que en este mundo ‘todo se arregla con dinero’. Pero mira por dónde, se va a encontrar con un montón de gente que, no solo se lo cree, sino que son tan serias y comprometidas como para cambiar el mundo. Y, de paso, desmontar la monstruosidad que él mismo representa.

Señor Trump:

Yo sí me lo creo, porque la semana pasada nos juntamos en Valsaín el grupo de técnicas y técnicos que coordinamos las redes de escuelas para la sostenibilidad. Y resulta que, entre todas, sumamos a más de un millón de escolares.



Yo sí me lo creo, porque –como no hay mal que por bien no venga-, tras recomponer el programa del encuentro, incluimos un taller para incorporar la mirada ecofeminista a nuestros programas de educación ambiental.


Yo sí me lo creo, porque el lunes en el CONAMA –entre stands de ENDESA o Ecoembes- también estuvimos el sector de la educación ambiental, reclamando nuestro hueco entre tanto greenwhasing y nuevos enfoques, como el de género.



Yo sí me lo creo, porque el miércoles estuve en Baltanás y ayer en Ampudia. Y resulta que niños y niñas del CEIP San Pedro quieren un camino escolar y un carril bici para poder ir solos al cole, y hablar, y no contaminar. Y niños y niñas del CEIP Conde de Vallellano quieren seguir produciendo compost para abonar su huerto, y plantar árboles frutales, y enlazar lo que comen y cómo se produce con la conservación de los ecosistemas.





Aunque no viniese la AEMAT con estos cambios –y seguro que sus agencias meteorológicas van por ese camino- yo sí me lo creería, señor Trump. Y si me lo creo, nos lo creemos mucha gente, es porque “mientras agite el viento la mar y los peces canten su canción”, no queremos viajar a Marte, sino “seguir con nuestro cantar mientras sea la ternura un don.”



viernes, 16 de noviembre de 2018

Aprender a ser




En la oficina se ríen de mí porque siempre me quejo del tiempo cuando me tocan visitas a los centros escolares. Pero este miércoles me reconcilié con el mundo: después de la reunión de la comisión ambiental en el CEIP La Valdavia, la niebla levantó y tuve un viaje de vuelta para disfrute de los sentidos.

Este colegio me despierta un sentimiento de admiración que me costaría describir, pero tengo la suerte de que, hace unos días, una amiga escribiera en su blog una entrada a raíz de un artículo publicado unas semanas atrás en el periódico El Mundo. La escuela más pequeña de España, en Torrecilla de la Abadesa (Valladolid), le servía de excusa a Virginia Hernández –que, además de amiga, es la alcaldesa de San Pelayo, otro minúsculo pueblo castellano- para replantearse qué les pasa a las escuelas rurales. La conclusión a la que llegaba era que, mientras se siga identificando la modernidad y la prosperidad con lo urbano, y lo cateto y el atraso con lo rural, se seguirá enviando un mensaje a la sociedad y a jóvenes docentes, que solo verán su peregrinación por los pueblos como una carrera de puntos para llegar a la meta de la ciudad.

Si Virginia se reconcilió con el mundo tras leer el artículo dedicado a una escuela con tres alumnas, cero deberes y mucho campo –cuya maestra decía “para ellas es un lujo y para mí un regalo”-, a mí La Valdavia me ensancha el alma. En este colegio hay 20 niños y niñas, la mitad de los cuales son de origen magrebí: sus padres suelen trabajar en tareas agrícolas y, sobre todo, pastoreando ovejas. Pero recién llegados, apenas hablan nuestro idioma. ¿Pensáis que el cole recibe algún tipo de apoyo para facilitar la integración de estos peques? Seguro que sabéis la respuesta. Por eso resulta aún más admirable la labor que hacen maestras como Ana o Aroa, la coordinadora de nuestro programa en el centro. Cuando llegué a la reunión, me encontré con una comisión ambiental inusual, porque estaba formada por más de la mitad de los niños y niñas del cole. Además, se habían sumado dos mamás y una concejala municipal.

Quería saber a qué les sonaba eso de la sostenibilidad, y uno de los niños me dijo que era trabajar todos juntos para salvar el mundo… ¡ahí es nada! Les dije que, igual era más realista seguir trabajando por el colegio, y me dejé llevar por sus ojos para mirar el patio y pensar qué le pasa, qué tiene o qué le falta. Salieron una batería de propuestas estupendas, de las que la concejala tomó muy buena nota por la parte que le toca.


Esta no ha sido la única visita de la semana: hemos incorporado a un nuevo centro de la capital, Maristas Castilla, que han tomado la delantera y cuando llegamos a presentarles el programa ya tenían buena parte del trabajo sobre residuos hecho.


Ese mismo día, pero un rato antes, tuvimos comisión ambiental en el Santo Ángel. Van a seguir trabajando por la energía, poniendo en práctica alguna de las medidas aprobadas el año pasado y, a la vez, profundizar en el diagnóstico del consumo analizando las facturas de luz y calefacción. Además, Paola, una de las integrantes de la delegación palentina a la IV Confint Estatal que se celebró en octubre en Alcaraz (Albacete), compartió con la comisión ambiental el trabajo, la experiencia y los compromisos que se han traído de vuelta.



Cuando le pregunté qué había aprendido allí, yo esperaba que dijera los kilómetros que recorren los tomates, por ejemplo, que me contó en el autobús de vuelta sobre el taller en que había participado; o el cálculo de las emisiones de CO2 del encuentro, por aquello de hilarlo con una posible acción de comunicación en su colegio cuando tengan los datos de consumo energético. Pero no, se puso un poco sería y, sencillamente, dijo:

                 – Ya no me da vergüenza hablar en público.

Y creo que no hace falta añadir nada más…

miércoles, 31 de octubre de 2018

Esto no es un bosque




Aunque la mayoría ya estáis al corriente, voy a hacer pública la noticia también por esta vía: Escuelas para la Sostenibilidad crece. Este año se han incorporado a la red dos nuevos centros, el CEIP Marqués de Santillana, de Carrión de los Condes, y el Colegio Maristas, de la capital palentina. A este último en breve le haré una visita y nos pondremos en marcha, pero ayer ya estuve presentando el programa al claustro de profesoras (lo digo adrede porque solo había un varón) del primero.

Fue una sesión muy agradable porque, si bien la directora y la jefa de estudios habían tomado por sí mismas la decisión de incorporarse, les daba un poco de miedo pensar dónde se iban a meter. Y tengo la sensación –aunque lo pueden desmentir ellas y el resto del claustro cuando lean esta entrada- de que lejos de asustarles la estructura, articulación y funcionamiento del programa les tranquilizó.
Antes de la visita me habían contado las ideas que tenían en mente o que ya estaban desarrollando. 

Por ejemplo, llevan desde el año pasado con Ecoembes y tienen en el centro –como en tantos otros- las inconfundibles papeleras azules, para papel y cartón, y amarillas, para envases; quieren poner en marcha un proyecto que llaman ‘patios dinámicos’, con la intención de diversificar los usos y juegos; una de las madres del centro está interesada en que se conozca el entorno natural y quiere impulsar una suerte de aula ambiental en el colegio; y por último, dado que esta es una zona agrícola, han conseguido la implicación de algunos abuelos para poner en marcha un huerto escolar. No me digáis que no son propuestas más que interesantes y variadas…

Pero no nos engañemos: en nuestro estado –por causas que ahora no vienen al caso, pero imagino que todo el mundo puede tener en mente- no hay cultura de la participación. Así, en general, no os cuento si, además, estamos invitando a la participación a esos ‘locos bajitos’ a los que, a veces, nos cuesta ver como personas. Si a esto le unimos lo funcional que, a fecha de hoy, sigue siendo la escuela –como institución- a los intereses y visiones de un modelo de progreso desarrollista, que seguimos enfocando los procesos de enseñanza y aprendizaje como si cada cual fuese un cuenco vacío al que tenemos que llenar de conocimientos y, para terminar, si eso del medio ambiente lo seguimos asociando a mariposas y basuras, y lo seguimos poniendo en práctica a través de muchas actividades, pero todas ellas incoherentes entre sí, en días sueltos, sin ninguna programación y, aparentemente, sin conexión con el currículo escolar, tenemos la ecuación perfecta de lo que ayer me encontré en Carrión de los Condes.

Una vez repasado el esquema y la metodología de trabajo –mientras ilustraba cada paso con ejemplos de otros centros y vuestros avances y logros para que sirvieran de estímulo- una de las profesoras se me acercó y me dijo:
     –Oye, que yo pensaba que esto del medio ambiente iba de otra cosa, pero lo de los patios no lo he entendido.

Me inspiró una enorme ternura. Hablando con ella y con la directora del centro conseguí aterrizarles la idea de que todas esas iniciativas de las que me habían hablado eran estupendas, pero si las deciden desde el claustro y no cuentan para nada con la opinión de quienes son –o deberían ser sus protagonistas-, claro que hay poco de educación ambiental en pintar la fachada o el suelo de un patio; no hay nada de educación ambiental si el equipo directivo coloca papeleras por todo el colegio sin invitar a investigar a su alumnado sobre los residuos que se generan en el centro o a reflexionar sobre la importancia del reciclaje; hay poco margen para hacer educación ambiental si una madre se encarga de organizar excursiones a los alrededores y no vinculamos la biodiversidad de nuestro entorno natural con la escasa diversidad natural y social en nuestro colegio.

En cambio, si pensamos, por ejemplo, que un proyecto de patios dinámicos puede convertirlos en entornos más inclusivos y diversos –por accesibilidad, por reparto de espacios, por posibilidades de usos…-, incorporando, además un huerto diseñado y cuidado por diferentes generaciones, y todo ello lo programamos para que cualquier problema –sea de residuos o de impactos sobre el medio natural- lo aborden niños y niñas, y sean quienes detecten necesidades y busquen soluciones, entonces sí que podremos hablar de un proceso de educación con la perspectiva de la sostenibilidad.


Cuento esto porque creo que ayer quedó claro qué es y qué no es hacer educación ambiental. A veces, perdemos un poco la intuición, la misma que nos dice qué es y qué no es un bosque…

viernes, 26 de octubre de 2018

El cambio no está por venir



En un libro de Junot Díaz que leí hace años, la voz omnisciente que narra la historia dice en un momento que “los cambios que esperamos nunca son los que lo cambian todo”. Y creo que es cierto. Lo que pasa es que, cuando nos da por ponernos catastrofistas, si escuchamos una frase tan grandilocuente, tendemos a pensar que esos cambios serán para peor y, quién sabe, a lo mejor estamos errando, y mucho, en las perspectivas que tenemos por delante. Podemos pensar entonces que la mejor opción es ser realistas, pero aunque sea duro tener esperanzas, no nos podemos permitir optar por la realidad. ¿Por qué? Porque es esta la que nos delimita los marcos de actuación, las lógicas de pensamiento… y si adaptamos nuestras estrategias a esa realidad, tendremos muy poco margen para transformarla, para construir otra realidad.


Sabéis que la semana pasada una delegación de Escuelas para la Sostenibilidad viajó a Alcaraz (Albacete) para participar en la IV Confint Estatal, o sea, la Conferencia ‘Jóvenes Cuidemos el Planeta’. Y creo que no me equivoco si os digo que venimos todo el mundo encantado. Mientras docentes y técnicas conocíamos Los Batanes o el rico patrimonio cultural de Alcaraz, en torno a 120 escolares de diferentes territorios se han mezclado, han compartido los procesos de mejora ambiental en sus centros, han trabajado de forma secuencial durante tres días para analizar un problema en el entorno de Alcaraz, reflexionar sobre su relación con otros impactos a escala global y, lo más importante, se han traído de vuelta un compromiso que poner en práctica en su centro para mitigar de alguna manera dicho problema.


Y además de todo esto, que es muchísimo, se han reído, han llorado, se han emocionado y nos han hecho emocionarnos a quienes ya tenemos edad para que el cinismo, a veces, se nos cuele un poco por las costuras. En esta entrevista a Fidel González, uno de los científicos españoles que forma parte del IPPC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático), nos alerta sobre los márgenes que vamos estrechando, sobre cómo se van reduciendo las posibilidades de retornar a un escenario manejable y habitable en tanto no vayamos tomando medidas contundentes para minimizar emisiones y mitigar, que no eludir, un cambio climático que no está por venir sino que ya es un hecho. Y cierra la entrevista invitándonos a la responsabilidad de elegir a líderes que sean capaces de asumir decisiones inaplazables.

Pero hay otro hecho, igualmente contundente, con el que prefiero quedarme. Siendo docentes, ni os tengo que contar lo complicado que es que todo salga bien en el festival de Navidad o en la obra de final de curso. Pues no sé cómo ni de dónde salió el talento, pero ese grupo de 120 escolares nos regalaron como despedida y cierre del encuentro un baile o performance de lo más alegórico para repensar lo que le estamos haciendo al Planeta y, aunque sea una obviedad no viene mal recordarlo, a la propia humanidad.

Unos minutos antes de cerrar el evento con esa danza, cada grupo compartió las conclusiones de su trabajo y las propuestas de acción que se llevaban de vuelta. Uno de los adolescentes puso el broche final y en su breve discurso se notaba un tono de hartazgo, en el buen sentido, se entiende: nos apelaba a la gente mayor que tenía delante a que dejemos de repetir banalidades, como que la juventud es el futuro y el cambio está por venir, frases que por repetidas suenan casi huecas. No, nos dijo. “Los jóvenes somos el presente, y el cambio no está por venir, somos nosotros.” Y nos quedó claro, creo, que estábamos ante líderes que ya estaban tomando decisiones y transformando la realidad.


Si queréis ver fotos y vídeos de todo el evento podéis ir a este enlace o entrar en esta aplicación, si ademáis queréis los comentarios de cada actividad.