Una amiga que se había trasladado de Madrid a una ciudad de
provincias, me dijo en una ocasión que no sabía cuándo sacaba la gente tiempo
para leer el periódico. Y es que ella, en la capital, llegaba al trabajo con
las noticias leídas en los tres cuartos de hora que tardaba en llegar desde su
casa en metro.
Estos días se celebra la Semana Europea de la Movilidad, que
culminará mañana con el Día sin Coches. España lidera la participación en esta
iniciativa, con casi medio millar de ciudades adheridas y cerca de tres mil
medidas permanentes presentadas en la pasada edición. Este año el lema apuesta
por la multimodalidad, o
sea, pensar y adaptar la forma de movernos a las actividades y el destino de
nuestro trayecto.
Con el coche ocurre una cosa muy curiosa: se ha convertido
en una suerte de ‘vaca sagrada’… ¿que no lo veis? Vale, pues plantearos lo
siguiente. ¿Cómo es posible que consideremos un derecho movernos con una
máquina que contamina y hace ruido –amén de los recursos naturales que consume
su fabricación-, y para la que ‘exigimos’ un espacio público de doce metros
cuadrados, cada vez que no la necesitamos, donde dejarla muerta de risa, parada
y ociosa?
Carlos Fuentes escribió en ‘Los años con Laura Díaz’ que el
coche es ‘la máquina que gobierna nuestras vidas más que ningún gobierno’.
Desconozco si había leído a André Gorz, que vio claro que el
coche está concebido como un artículo de lujo y, como tal, no se puede democratizar.
O dicho de otro modo, el uso masivo del automóvil privado se ha convertido en
una perversión social, haciendo que nadie pueda gozar de sus supuestas
bondades.
La semana pasada visitó España el arquitecto brasileño Jaime
Lerner –el que fuera alcalde de Curitiba, cuyo sistema de transporte
revolucionó- y vaticinó nada menos que la desaparición
del automóvil: “Será solo para viajes y ocio, no para ciudad.” A su
edad, se puede permitir reírse de modas como las smart cities, que califica de tonterías, porque lo que hace falta
para resolver la movilidad es que la gente viva y trabaje cerca. De lo
contrario, a medida que se ensanchen las calzadas se estrechará la mentalidad…
Igual ya hemos llegado a ese punto y ahora toca hacer
acupuntura urbana, término que el propio Lerner acuñó, o como lo llama Isabela Velázquez, retejer
la ciudad y recuperar lo que siempre le ha dado sentido y, seguramente,
la salvará: la vida en común.
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