viernes, 28 de junio de 2019

Educar desde el corazón

La metáfora del joven árbol torcido atado
a un tutor que le guiará hasta ser un sujeto
adulto 'enderezado' es utilizada por Foucault
(ilustración de Andry de 1749 incluida
como anexo en 'Vigilar y castigar').


El sábado pasado más de 30.000 personas lo daban todo en las oposiciones al cuerpo de docentes de educación primaria. Un amigo que, cual titiritero, ha recorrido nada menos que ocho colegios diferentes en este curso –huelgan comentarios…- pedía a sus colegas, a través de una de sus redes sociales, tranquilidad, que hicieran el examen con ilusión y alegría. Si os sale un tema que os sabéis, “a partirlo”, decía, y si no lo lleváis tan bien preparado, pensad “qué haríais en el aula: si os imagináis delante de cualquiera de vuestras clases, seguro que con ese cariño os saldrán cosas maravillosas.”

No sé cuánta gente siguió su consejo, ni a cuánta le habrá dado buen resultado, pero coincido en su conclusión: “Si no os sale, no desesperéis, seguid luchando, porque no siempre aprueba quien más sabe ni suspende el peor docente. Será un gran día para la educación pública si hay gente que educa desde el corazón.”

Lastimosamente, el sistema educativo sigue funcionando en muchos aspectos como uno de esos dispositivos disciplinarios que definió Michel Foucault y que, lejos de promover la diversidad y la creatividad, están pensados para ‘producir’ individuos lo más homogéneos posible y resultar funcionales a la sociedad. El otro día, en una reunión de trabajo, alguien defendía la importancia de pistas y otras instalaciones deportivas –tan de moda ahora en nuestras ciudades, atestadas de cachivaches a cada palmo- “porque así la juventud tiene algo mejor que hacer que mirar a las musarañas”. Esta anécdota me parece un excelente ejemplo de cómo el castigo al cuerpo –ahora obligado a cultivarse hasta la extenuación- ha sido sustituido, como señalaba el autor de ‘Vigilar y castigar’, por el castigo al alma.


El panóptico de Bentham ya no es un edificio de vigilancia ni una institución
que detenta el poder. Bajo dispositivos disciplinarios el poder pasa a ser una
estrategia de control omnisciente y omnipresente interiorizada hasta tal punto
que cada individuo se vigila a sí mismo y al resto.

No sé si algún docente que se quedase en blanco en la oposición tendría la osadía de decirle al tribunal que le gustaría dedicar una de sus clases a no hacer nada: no valdría leer, ni dibujar, ni aprovechar para ponerse al día con tareas atrasadas, simplemente, no hacer absolutamente nada, y en solitario. ¿Nada? Mirar a las musarañas, estar en Babia, no hacer nada, ser improductivos, solo contemplar o, simplemente, estar, son actividades inútiles y, por tanto, sospechosas. Estar en Babia puede ser una invitación a ensimismarse, a conocerse más profundamente, a asumir nuestros límites, porque hay experiencias para las que el lenguaje no alcanza; mirar a las musarañas quizá sea la actividad más hedonista del ser humano, disfrutar del silencio interior, sentir la respiración, tomar conciencia de su ritmo y, al final, abrir la puerta al pensamiento.

A lo mejor, si les dejásemos espacio, en lugar de llenar su vida de actividades programadas y dirigidas, y educásemos con un poco más de corazón y menos cabeza, les daba por pensar y caían en la cuenta de que la geografía no va de ríos, montañas ni valles, sino que fue una disciplina, inicialmente, militar, luego una herramienta colonial y ahora se proyectan en ella flujos de capital; quién sabe si no acabarían planteándose porqué llamamos economía a un juego de trileros en el que las ganancias se basan en mover cosas de un sitio a otro, solo para generar una falsa sensación de escasez y poder manipular al alza su precio.

Tal vez, si les entrenásemos más para la pereza y no tanto para el trabajo, llegasen a la conclusión de que creer que vamos a salvar el Planeta por renunciar a las pajitas de plástico es una estupidez de calibre solo comparable a la falta de determinación para abrir el debate sobre qué jornada laboral nos podemos permitir. Cabe la posibilidad de que si la educación no se orientase tanto –o no se orientase solo- hacia la empleabilidad, a medida que fueran creciendo desarrollarían una actitud más crítica y reflexiva, y se adueñarían más de dudas que de certezas. Y eso está bien.


En fin, ya está aquí el verano. Y las largas noches estrelladas. Puede que el mundo ya no esté en nuestras manos. Pero si os da por orientar al cielo vuestras dudas para educar desde el corazón, quizá este mapa os de alguna pista. Y si no encontráis brújula y os perdéis, tampoco pasa nada. Clarice Lispector decía que perderse también es un camino…

miércoles, 12 de junio de 2019

Se despliega como un atlas



Hace algo más de dos meses os contaba las visitas que había hecho por los coles de la provincia. El caso es que, en estos tiempos acelerados que vivimos, nos quedamos, precisamente, sin tiempo para las cosas importantes. Se te ‘enciman’ las tareas y, en tanto no desarrollemos el don de la ubicuidad –para otra vida, tal vez…- nos perdemos los pequeños acontecimientos que le dan sentido a nuestros quehaceres.

En aquella ocasión, la comisión ambiental de Buenavista de Valdavia quedó en organizar una jornada festiva para pedir ayuda a la gente grande en transformar su patio a su gusto y medida. Pero llegó mayo, cierre de curso y de proyectos, y pese a recibir la invitación formal –en nuestra feria anual, celebrada en Saldaña, me lo recordaron- no pude asistir. Ayer recibí un correo de Aroa, la maestra que coordina este programa en el centro.

Niños y niñas escribieron una carta a sus familias para convocarles a una reunión, en la que les contaron sus ideas para hacer del patio un sitio más bonito, y les pidieron ayuda para conseguir diversos tipos de materiales, usar herramientas y poder fabricar bancos o jardineras. Las familias salieron encantadas de la reunión y acordaron fijar una fecha que garantizara la mayor asistencia posible. Ese día fue el pasado viernes, 7 de junio, a las 15:30h. La jornada fue un éxito porque acudieron prácticamente todas las familias –incluidas las que ni siquiera residen en el municipio- y, organizándose peques y grandes en tres grupos, lijaron, cortaron, montaron y pintaron unos bancos estupendos aprovechando palés de madera, prepararon la tierra y pudieron pintar algunos maceteros reutilizando neumáticos.


Me cuenta que lo pasaron fenomenal, que el AMPA preparó una merienda bien rica para reponer fuerzas y que el patio ha quedado muy chulo. Pero, lo más importante, es que ahora todo el mundo está muy motivado –no solo niños y niñas- y que surgieron muchas más ideas para seguir mejorando el patio entre toda la comunidad. Afortunadamente, en este patio no creo que sea necesario darle un enfoque de género a la remodelación, más que nada, porque los diecisiete alumnos y alumnas que van al colegio juegan juntas y revueltos, y no hay riñas ni enfados.


Pero el hecho de que se paren a pensar en sus gustos, en que a edades diferentes, a lo mejor, les apetece hacer cosas distintas, en que cada día cada cual tiene su humor –y un día te apetece jugar a la pelota, pero otro trepar o, quién sabe, potenciar tus habilidades artísticas o, simplemente, sentarte y charlar, o no…- hace que sean ellos y ellas, criaturas a las que, en ocasiones, se les niega el criterio, quienes se den cuentan de que sus espacios son, pueden ser y merecen ser más bellos, coloridos, diversos, inclusivos, facilitando la convivencia, la cooperación y el cuidado mutuo. En el primer espacio de socialización de la infancia, esta merece aprender, entre otras cosas, que la estética también es una cuestión ética.

De vez en cuando la vida
nos besa en la boca
y a colores…  

jueves, 25 de abril de 2019

De atascos y últimas millas

Imagen de Agence France Press (tomada de la web)


Justo cuando me iba a poner a escribir esta primera entrada postvacacional – mientras todavía oigo los engranajes de mi cerebro cogiendo ritmo para encarar el último y cortísimo trimestre del curso escolar- me llega la noticia de que hay quien ve en los atascos una seña de identidad. Después de recoger el alma, que se te ha caído a los pies (no sabes si por pena, vergüenza ajena o qué), piensas que ni tan mal va tu mente, y te centras en lo que hoy tocaba.

Y resulta que la cosa está muy polarizada, así, en general. Porque mientras hay quienes piensan que defender la salud, restringir el uso del vehículo privado y crear áreas de emisiones cero en los centros de las ciudades, dando prioridad al espacio público compartido y fomentando maneras de moverse menos contaminantes es sinónimo del apocalipsis para el comercio local, hay quienes toman Londres y lo ponen patas arriba, precisamente, porque todo lo anterior les parece casi una tibieza ante el estado de ‘emergencia ecológica’.

No queda la cosa aquí: porque tú oyes Tratado de la Carta de la Energía, y en el actual contexto, piensas que será una cosa buena, que cuando la gente habla de cooperación transfronteriza será para eso, vaya, que sin renunciar a la soberanía sobre recursos energéticos se abran líneas de colaboración bajo principios de equidad, solidaridad, sostenibilidad. Pero qué va, que los lobbies de la industria energética se han organizado y pueden demandar a los Estados cuando a consecuencia de medidas legislativas adoptadas por estos vean sus ‘legítimas expectativas’ perjudicadas. Traducción: según este informe elaborado por Ecologistas en Acción, las demandas ya ganadas contra España representan 687 millones de euros, lo que equivale a la mitad del presupuesto destinado a desarrollo rural, es casi lo que se invierte en Cultura y Educación, y supone el doble de lo que se dedica a incentivar el acceso a la vivienda. Y este es el montante de solo siete de las 48 demandas interpuestas…

Y mira que te acabas haciendo un lío, porque la jácara y publicidad que se le da al coche eléctrico –ese moderno vellocino de oro que va a solucionar los problemas de polución de las grandes ciudades y cubrir nuestras necesidades de transporte- siempre te ha chirriado y, mira por dónde, te empiezan a encajar las piezas: porque no es ya que no tengamos infraestructura suficiente para hacer la transición hacia ese modelo de movilidad eléctrica, es más bien si nos lo podemos permitir.

Por el otro lado vemos que, de un tiempo a esta parte, el diésel y los coches que se mueven con él, son el enemigo a batir. Pero eso, solo turismos, vehículos ligeros, utilitarios privados, vaya. En 2016, las emisiones de CO2 derivadas del transporte de mercancías superaron por primera vez en Estados Unidos a las de las centrales energéticas. Al parecer, esto se debe a un nuevo fenómeno, fruto de nuestros hábitos de consumo, y que en el argot de la logística recibe el nombre de ‘la última milla’. El tramo que, hace no tanto, la gente cubría caminando, dándose un paseo hasta un establecimiento, tienda, comercio local, ahora lo cubren millones de furgonetas y camiones en todo el mundo que –en lo que parece ser el colmo de la evolución civilizatoria- entregan en menos de 24 horas cualquier pedido.

Pues bien, parece que esta mecánica, además de hacer que un tal Jeff Bezos se forre de forma grotesca a costa de sus working poor (su sueldo es 1,2 millones de veces más alto que el de la media de su plantilla), que allá donde se instala un almacén de su compañía caen en picado los sueldos del gremio, que (sin datos) me atrevería a decir que este tipo de plataforma hace más daño al comercio local que siete grandes superficies, pues bien, parece que, además, la huella ecológica de esta entrega a domicilio tampoco nos la podemos, o debiéramos, permitir.

El pasado 22 de abril se celebró el Día de la Tierra, fecha que eligió el movimiento Fridays for Future-Juventud por el Clima para lanzar una carta abierta a la ciudadanía, en general, y a la clase política, en particular. Quizá sean muy jóvenes, pero son perfectamente conscientes de que el tiempo se agota y que las decisiones que se tomen a corto plazo serán determinantes para el futuro. La ingenuidad no es su pecado de juventud: no están pidiendo, están exigiendo; no se creen soluciones simples ni promesas baratas. Han visto, a cara de perro, cómo funciona el mundo, y nos escupen su vergüenza a la cara:

“No comprendemos que ardan catedrales y se escandalice la sociedad entera, nuestra casa está en llamas y nadie reacciona…”

viernes, 5 de abril de 2019

Vacíos, escuelas e historias



Mural en el CEIP Villa y Tierra, de Saldaña.

El 90% de la población española se concentra en el 30% del territorio, mientras la mitad de los municipios de España tiene una densidad de población que demográficamente se podría calificar de ‘desierto’. El domingo pasado, la ‘Revuelta de la España vaciada’ –que no vacía-, quería evidenciar, precisamente, eso: que este estado de cosas no es fruto de un fenómeno natural imprevisible, sino el resultado de unas políticas que han vaciado buena parta del territorio, concentrando la población en algunas ciudades centrales y sus áreas metropolitanas, los ‘polos de desarrollo’ que han sabido reinventarse tras la reconversión industrial –apostando por su posicionamiento en ese circuito de ‘ciudades globales’- y una periferia costera absolutamente turistificada.

En el resto del territorio- ajeno las más de las veces a los desvelos de la Villa y Corte, o viceversa- han ido despareciendo las entidades bancarias, cuesta encontrar una farmacia, no suele haber transporte público ni oficina de correos, de una biblioteca o librería ni hablamos, hay que apuntar en el calendario el día que toca atención en el puesto médico, y soñar con una buena conexión a internet suena a película futurista. Pero lo que realmente se vive como un drama es el cierre de la escuela: ese es el punto a partir del cual, según KafKa, no hay retorno posible.

Tras contarme sus 'caminos de colores', la Comisión Ambiental del CEIP San
Pedro, de Baltanás, posó así de contenta para la foto.

Algunos de los eslóganes que se pasearon por las calles de Madrid aludían a lo poco conectado con las necesidades del mundo rural que suele estar el debate político (“Basta ya de mamandurrias independentistas”); otras denunciaban, riéndose de sus carencias (“Hemos venido a pillar cobertura”); pero la que me cautivó, por lo creativa y ‘grave’ que podría resultar su ‘amenaza’ fue “Si no nos dais lo que queremos, os dejaremos sin torreznos”.

Espantapájaros en el huerto del CEIP San
Pedro, de Baltanás.
Bueno, más allá del chascarrillo, me quedo con una que resume a la perfección lo que esta movilización significa: “Ser pocos no nos resta derechos”. Porque esta es una cuestión de derechos humanos y de la garantía de que la administración pública los haga efectivos. Y ábate, que cuando te pones a mirar cómo el Estado de derecho se articula, resulta que solo quedan realmente protegidos aquellos para los que, curiosamente, sería necesaria la intromisión de los poderes públicos para quitárnoslos, o sea, piensa lo que te dé la gana y cree, si quieres, en elefantes rosas voladores, que el Estado te dejará en paz y tú te sentirás libre y con autonomía e intimidad personal. Son los derechos individuales o de primera generación, pero, ay, amiga, cuando se trata de desarrollar políticas públicas activas que garanticen los derechos de segunda –trabajo, vivienda, pensiones…- y ya ni te cuento los de tercera generación –derecho a un medio ambiente adecuado-, pues, si eso, ya luego…

Reunión de la Comisión Ambiental del CEIP La Valdavia,
en Buenavista de Valdavia.

Vamos, que la lógica de funcionamiento de los Estados de bienestar pasa por adecuarlos a las exigencias del desarrollo del capital y, como dice Antonio Negri, desde esta lógica “las ciudades se convierten en las factorías del siglo XXI”, o sea, el acceso a la educación o a la sanidad, por ejemplo, deja de ser un derecho para convertirse en algo funcional a la provisión de capital humano, el Estado abandona sus políticas públicas para hacer efectivos tales derechos y pone en manos de individuos libres la autonomía para moverse en o hacia el contexto donde mejor puedan satisfacer esos derechos: las ciudades. Esta lógica es la causa última de la despoblación, y no una suerte de maldición bíblica.

Y resulta que está hablando de este tema alguien que ni vive ni padece los problemas del mundo rural. Y no sé cómo resolver esta contradicción, sobre todo, para no caer en el riesgo de dar una imagen desenfocada: porque es importante el qué, el cómo y el quién cuenta lo que pasa en esa España vaciada.

Así se imaginan su patio niños y niñas de La Valdavia: con más juegos
pintados donde puedan mezclarse peques y grandes, plantas, bancos
y asientos para poder sentarse y charlar...

Hace unos días, una compañera de trabajo me regaló un pequeño libro que es la transcripción de este sensacional discurso de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adiche. Aunque se puede resumir en una frase –“es imposible hablar de relato único sin hablar de poder”- os recomiendo que la escuchéis entera porque es canela pura. Y a lo mejor, me tengo que ir callando, para dejar de contar esa ‘mi historia única’ sobre mi visión del rural, sesgada, desenfocada, aunque también creo que sé hacia dónde quiero dirigir mi angular…

Acuerdos y reparto de tareas en La Valdavia: el Ayuntamiento, familias
y niños y niñas tienen un montón de tareas para estos meses.
Hacia profesoras como Aroa, Rosa, Anabel, Mª Jesús, que desde pueblos tan minúsculos como Buenavista de Valdavia, Baltanás o Ampudia, trabajan incansablemente para que niños y niñas ‘del rural’ tengan la mejor educación del mundo, mirando su patio y soñando cómo les gustaría que fuera, haciendo rutas de colores para ir al cole caminando y poder así "hablar de sus cosas", o manifestándose porque apenas tenemos tiempo para luchar contra el cambio climático.

En el CEIP Villa y Tierra, de Saldaña, tienen una impresora 3D que también
utilizan en nuestro proyecto, por ejemplo, para hacer cajas nido que
colocarán en el huerto y el jardín de su patio.

Docentes como Elena, Vanessa, Elvira, Elena o Eduardo, que quizá están viviendo el paulatino (y anunciado) declive de municipios como Saldaña y Guardo, que un día fueron orgullosas cabeceras de una comarca, la Montaña Palentina, para la que nadie, desde la ‘villa y corte’ regional, ha querido buscar alternativa a su principal actividad económica, y sin resignarse a ser un ‘Barruelo de Santullán’ más –convertido casi en museo al aire libre-, hacen de su colegio un circo, con saltimbanquis que plantan huertos y forzudos que decoran el patio, o no se arredran y abordan, con la que está cayendo en la zona y las horas contadas de la térmica bajo cuya sombra les crecieron los dientes, a afrontar con sus adolescentes el reto de la transición energética.

Para el que ya han empezado a sembrar un montón de variedades...

No soy de pueblo, no soy quién para contar vuestras historias. Pero, si tengo que elegir, sé con qué historias me quedo.

"El campo estará verde,
debe ser primavera..."
Calle Melancolía, Joaquín Sabina.

"¿Y qué? Todo es lo mismo: crecer o derrumbarse,
tener sobre la carne una nube o la muerte,
doblarse ciegamente, doblarse como un río,
con estas blancas flores, leves y detenidas."
Flores bajo los muertos, José Luis Hidalgo.

viernes, 29 de marzo de 2019

El ahogado más hermoso del mundo




“En una oficina trabajaban cuatro individuos llamados Alguien, Cualquiera, Nadie y Todo el Mundo. Cuando había que hacer algo, Todo el Mundo pensaba que Alguien lo haría. Cualquiera podía hacerlo, pero Nadie lo hizo. Alguien se puso nervioso porque Todo el Mundo lo hubiera podido hacer. Al final, Todo el Mundo se enfadó con Alguien porque Nadie hizo lo que Cualquiera debía haber hecho.”

Esta suerte de trabalenguas viene a resumir una de las cuestiones que ayer salieron en la reunión de nuestro Seminario permanente: la responsabilidad diluida. Teresa Franquesa –bióloga y educadora ambiental en el Ayuntamiento de Barcelona- escribió hace años sobre ello, comparando nuestra manera de afrontar los problemas socioambientales a la reacción de un grupo de gente ante una situación comprometida, como pudiera ser el ahogamiento de una persona.

La sesión empezó muy seria, parecía que nos lo sabíamos todo, pero...
Ayer contamos con alguien muy especial, nada más y nada menos que Julio Majadas Andray, artífice de este programa e ‘instigador’ de otros muchos que se han ido poniendo en marcha en diferentes territorios. No nos contó nada nuevo, pero provocó un debate en torno a qué se hace en los colegios, cómo se hace y, sobre todo, para qué. Una profesora compartió la pequeña frustración de comprobar cómo su alumnado “hacía las cosas porque se lo decían, pero no porque las asumieran.” Y aquí, empezaron a surgir las preguntas, no sé si incómodas, pero sí inspiradoras.

Quizá sea cierto que nos hemos inventado un ‘palabro’ de cuidado con esto de las ecoauditorías, pero… ¿de verdad tenemos tan claro lo que son? Vale, sí, entonces ¿por qué nos metemos prisa para obtener resultados, por qué competimos con nuestra propia visión de la educación en valores –si asumimos que es un proceso leeeeento-, por qué nos adelantamos dando ‘nuestras’ soluciones a problemas que todavía ni se han identificado como tales por parte del alumnado?


El debate podía haber quedado zanjado con un concluyente “a mí me da igual como esté el patio” (que era el ejemplo concreto sobre el que nos habíamos centrado), pero había que darle alguna vuelta más, porque esos temas o ejes sobre los que trabajamos son solo un mero recurso. La excusa con la que se alcanzan ciertas mejoras, se logra una suerte de punto álgido –alguien así lo definió-, y “en cuanto te descuidas y cambias el foco pareciera que es un volver a empezar.” En ese punto me acordé de Sísifo, porque creo que a quienes estáis en las escuelas os pasa un poco como al personaje mítico, vuestra ‘condena’ es transportar sin cesar un roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra vuelve a caer por su propio peso. Menos mal que siglos después vino el bueno de Albert Camus a reinterpretarnos el mito, y decirnos que es precisamente la conciencia de ese absurdo la certeza de nuestro destino: nuestra liberación.

Todo cambia, nuestros centros escolares cambian, pero cambian porque cambian las personas que por ellos pasan. Todos los cursos tenéis nuevas matrículas, todos los años los claustros cambian. Los problemas ambientales cambian continuamente, se podría decir que hasta se aceleran, y todos los comienzos de curso tenéis que enfrentaros al reto –vuestra particular piedra- de enseñar a pensar y a saber hacer a otras personas. ¿A qué problemas tendrán que enfrentarse en el futuro? Da igual, y por eso también da igual que el patio esté sucio, vuestra tarea es seguir empujando la piedra, no para que encuentren las respuestas sino para que sepan formularse las preguntas.

En el CEIP San Pedro, de Baltanás, este año están diseñando su camino
escolar, pero no descuidan el huerto puesto en marcha años anteriores...
Y vuelta a empezar, nunca se sabe qué hecho fortuito les llevará a una conciencia colectiva,  pero vuestra labor seguro que está haciendo que “todo sea diferente, que sus casas tengan las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes.” Puede que no sean capaces de salvar al bañista al borde del acantilado, pero… ¿y si un día aparece en sus vidas ‘el ahogado más hermoso del mundo’?

El pasado 15 de marzo el CEIP Conde de Vallellano, de Ampudia, hizo su
particular #15MClimático...

viernes, 22 de marzo de 2019

Solo 2º C o la hora de la responsabilidad


Ayer fue un día de celebraciones, que si la Poesía, la Tierra, contra el Racismo y la Xenofobia, y además, arrancaba formalmente la primavera. Hoy solo celebramos el Día Mundial del Agua, un líquido inoloro, incoloro e insípido, que guarda las mismas proporciones en nuestro Planeta desde el mismísimo día en que este se formó.

Conviene aclarar esta obviedad porque, a veces, confundimos la velocidad con el tocino, y una cosa es que el agua sea un recurso renovable y otra que esté disponible en los lugares y condiciones que la precisamos. También porque Jorge Manrique nos hizo un flaco favor a quienes nos dedicamos a la educación ambiental con el famoso verso de “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar”, asociando la muerte a la desembocadura, y así hay tanta gente que sigue viendo los ríos como una suerte de agua desperdiciada cuando llegan a este final.

A ver, el agua tiene múltiples funciones, básicamente, soportarnos y soportar la vida. Otra cosa es que, desde nuestras estrechas miradas, la veamos solo como un recurso a nuestro servicio, pero es mucho más que eso: es un bien común, el más básico, al que deberíamos tener acceso todas las personas, y como derecho humano reconocido por Naciones Unidas en 2010, además, deberían ser los Estados los responsables de hacer este derecho efectivo.

Entonces, ¿por qué a estas alturas aún hay más de 2000 millones de personas sin acceso al agua, 2300 millones sin saneamiento básico, el doble de esa cifra sin saneamiento seguro, y cerca de 700 millones tendrán que desplazarse de aquí al 2030 por la escasez de agua? Se llama retroalimentación, o sea, las consecuencias del cambio climático –superado un umbral que la ciencia ha estimado en torno a los 2º C de aumento de la temperatura media del Planeta- probablemente entrarán en una especie de bola de nieve que pondría en serios aprietos nuestra supervivencia.

No es solo que el 80% de las aguas residuales procedentes de diferentes actividades humanas se viertan a ríos o mares sin ningún tratamiento, provocando serios problemas de contaminación y, por tanto, de disponibilidad de agua para diferentes usos. No es solo que el aumento actual de la temperatura del agua de los océanos provoque el blanqueamiento de los arrecifes, y con ello un deterioro paulatino e irreversible de la biodiversidad de los ecosistemas coralinos. Es que, a medida que desaparecen las superficies heladas de áreas septentrionales, como el Ártico, la capacidad de reflexión de la insolación solar disminuye y se acumula más calor en la atmósfera, y eso hace que siga aumentando la temperatura, y entonces, a los suelos congelados de la tundra les da por liberar más gases de efecto invernadero, y si no ponemos remedio y llegasen a deshacerse las enormes masas de agua congeladas en Groenlandia, el nivel del mar podría llegar a subir cinco metros… ¡ciao, vacaciones en la costa!

Y, ahora, en serio. Ha llegado el momento de la responsabilidad ante un problema que, por más que queramos negar, está aquí y nos obliga a tomar medidas drásticas porque no podremos vivir dignamente en entornos completamente degradados: el cambio climático afectará al acceso al agua, a la fertilidad de las tierras, a la producción de alimentos… en definitiva, a nuestra propia supervivencia y a la de nuestra civilización. Claro que, como ha sido esta, nuestra civilización, la que nos ha traído hasta aquí, igual también nos conviene darle una vuelta a nuestra idea de progreso



miércoles, 13 de marzo de 2019

¡Corregidnos!


Febrero nos ha dejado una media de temperaturas máximas 7º C más altas que el mismo mes del año pasado, lo que apunta a que, si bien 2016 sigue siendo el año más caluroso desde que se tienen registros, 2019 pueda superar este récord. También es cierto que el refranero popular nos dice que “en febrero busca la sombra el perro”, o sea, que no es raro que a estas alturas del año, los contrastes de temperatura en un mismo día sean grandes, o dicho de forma sencilla, a mediodía nos sobra la chaqueta, pero a la noche te pelas de frío. Este mes es conocido como ‘febrerillo el loco’, con lo cual no es extraño que todo el mundo haya recordado, mientras tomaba algo en una terraza, que hacía solo un año media España estaba cubierta de nieve.

Más allá de dichos populares, lo que a nadie se le escapa es que el cambio climático es un hecho irrefutable. Y a quien menos le pasa desapercibido es a esa juventud que empezó movilizándose los viernes, con paros en sus institutos, y ha conseguido organizarse en una suerte de huelga global ’15M-Climático’. Durante la ‘guerra fría’ hubo una sobreabundancia de novelas y películas de ciencia ficción –algunas de dudosa factura-, en que las invasiones extraterrestres eran una evidente metáfora ante la amenaza nuclear.

Si hubiese vida inteligente más allá de nuestro Planeta –a veces me pregunto si queda algo de ella en este…-, y les diera por invadirnos, seguramente sus advertencias irían por otro camino. Sin intención de mirarnos el ombligo a los territorios más afortunados del globo, resulta que en Europa la contaminación atmosférica es ya responsable de más muertes que las que causan el tabaco o los accidentes de coche. Quienes vivimos en ciudades atestadas de tráfico -¿y cuál no lo es ahora?- convivimos con enemigos invisibles, las partículas PM 2,5, tristemente famosas estas semanas de situación anticiclónica, en las que en ausencia de viento, algunas ciudades se han visto obligadas a aplicar sus Protocolos contra la Contaminación.

Y si solo fuera el cambio climático… En nada entramos en un ciclo electoral sin precedentes en nuestro país: el adelanto de las elecciones generales, nos deja un escenario en el que, sin apenas digerir sus resultados –sin duda, determinantes para la tendencia de voto en otras instituciones-, estaremos de nuevo en campaña. A mí siempre me entra la duda de quién se lee a fondo los programas, más allá de frikis (tengo un amigo que lo hace y, además, con comparativas por temas) y dirigentes de campañas electorales. Pero, desde este foro que, aparentemente, no tiene nada que ver con estos temas, me voy a atrever a invitaros a hacerlo y a sospechar, sí, simplemente eso, sospechar, de cualquier opción política que no contemple medidas rotundas y complejas frente a estos grandes desafíos.

Miguel Delibes, el ilustre escritor meseteño, decía que desconfiáramos de quienes presentan soluciones sencillas a problemas complejos. Hoy, Miguel Delibes de Castro, hijo del escritor y director durante años de la Estación Biológica de Doñana, y heredero de su reciedumbre castellana, lo dice bien claro: “Os vamos a dejar una Tierra peor que la que recibimos a vuestra edad. Corregidnos.”

miércoles, 6 de marzo de 2019

¡Es la entropía, estúpido!


"Quien no quiera tomar nota de que la noción de 'progreso' necesita una reformulación profunda después de 
Auschwitz, Hiroshima, Chernobil, Bhopal, la fractura Norte-Sur y la crisis ecológica mundial, quizá sea algo peor que tonto." 
Jorge Riechmann, ‘Gente que no quiere viajar a Marte’.



Comisión Ambiental en el CEIP Alonso Berruguete,
de Paredes de Nava, el pasado 25 de febrero.

La semana pasada visité Paredes de Nava: una de las reuniones mensuales de la Comisión Ambiental del CEIP Alonso Berruguete fue la excusa ideal para ver de cerca cómo avanza este año el proyecto en el centro. Lo han llamado ‘Cuidamos nuestro cuerpo, cuidando nuestro huerto’.

Primera lechugas y guisante en los semilleros
del CEIP Alonso Berruguete
Si el año pasado ya arrancaron con pequeños semilleros de algunas variedades hortícolas, este curso han dado el gran salto, y con la ayuda del programa ‘A Huebra’, que recupera el nombre del toque de campana que avisaba a la gente de los pueblos de que había que hacer un trabajo comunitario –y que pretende, siguiendo esa misma filosofía, la mejora de espacios compartidos-, han conseguido unos bancales estupendos y un pequeño invernadero para transformar su patio en auténtico huerto.

Bancales e invernadero del CEIP Alonso Berruguete.
Esta nueva línea de trabajo, que viene a darle continuidad a la ‘Ecología Emocional’ del curso pasado, se suma a otros ejes estables, como son el mantenimiento de las Patrullas Verdes –que, según me contaron funcionan mejor en unos cursos que en otros- y a la mejora de la convivencia con el reparto y diversificación de espacios de juego en el patio.

Leyendas alusivas a los cultivos del huerto escolar
 decoran los espacios interiores del CEIP Alonso Berruguete.
Y a todo esto, se me ha venido a la cabeza un libro que leí hace tiempo y que, creo, viene muy al caso. Jorge Riechmann es filósofo, traductor, poeta, activista ecologista y no sé cuántas cosas más, así que no sigo porque se me acaba el espacio de este post. En su faceta de ensayista, hace años empezó una suerte de trilogía de la autocontención, de la que yo solo me he leído la última entrega, ‘Gente que no quiere viajar a Marte’.

Básicamente, su tesis se podría resumir en lo siguiente: partiendo de que la idea de progreso que se ha instalado en los últimos siglos –heredera de la Ilustración- está muy vinculada al control y dominio sobre la naturaleza derivada de los avances científicos y sus aplicaciones técnicas, habría que ‘ilustrar la Ilustración’, parar incorporar los problema ambientales –que hace tres siglos ni siquiera se vislumbraban-, apoyándonos, no solo en la ciencia, sino también en la responsabilidad moral.

Él identifica como igualmente reaccionarias, tanto la visión tecnoentusiasta –con una fe ciega en que la tecnología nos salvará de cualquier apuro-, como las huídas a esa Arcadia perdida –que reencanta un pasado que, seguramente, nunca existió-, pero que en el momento actual sería inviable. Decía el fallecido sociólogo polaco Zigmunt Bauman que “la distancia que separa la contabilidad ficticia del capital de la contabilidad real de los ecosistemas es el desafío ético de la globalización” y por ahí van los tiros.

Fijaos que ha llovido ya desde que en 1972 el matrimonio Meadows redactara el famoso informe para el Club de Roma ‘Los límites del crecimiento’, ninguneado por el sector más interpelado, o sea, el de la economía ortodoxa. Ni sus revisiones posteriores, más pesimistas aún –ya que corroboraban las tendencias apuntadas-, han conseguido poner en el centro del debate la evidencia científica más determinante de su veracidad. La segunda ley de la Termodinámica, o de la entropía, nos viene a hablar de la irreversibilidad de los procesos, y es la restricción más elocuente a un crecimiento que devora energía en un escenario que impone límites a la eficiencia. Vamos, en román paladino, que no hay más cera de la que arde.

Y por eso, el hilo sobre el que gira el libro es la necesidad de dedicarnos, mejor que a la minería en Júpiter –en una, nada disimulada, crítica al afán expansionista y colonizador de nuestra civilización, y a las inversiones en la carrera espacial-, a la jardinería en la Tierra. Porque ya lo decía Manuel Sacristán, "lo primero que se le ocurre a uno críticamente es que si tan fácil es hacer habitable la Luna y Júpiter, por qué no mantener habitable la Tierra. Con toda seguridad sería más fácil.”

Tareas de acondicionamiento de la tierra en el
CEIP Marqués de Santillana, de Carrión de los Condes.
Como este blog está dirigido, especialmente, a docentes termino enlazándoos una batería de recursos para poder iniciar este viraje hacia el planeta Tierra, cuidando y cultivando la tierra, y asumiendo nuestra finitud y nuestra cualidad de ‘seres fronterizos’, solo conteniéndonos reconocemos la alteridad, solo asumiendo nuestros límites, dejamos espacio a ‘los otros’ (incluida la Tierra que nos acoge)…

Agroecología Escolar, un completo manual escrito al alimón por un biólogo y una profesora, que invita a repensar la educación contemporánea, desde su forma, currículo, cultura, práctica…

Eskola Baratzea, portal de huertos escolares del Gobierno Vasco, con información y recursos didácticos para trabajar los huertos escolares ecológicos.

Red de Huertos Escolares Participativos Ecológicos de La Rioja, un completo portal web con materiales didácticos, manuales, calendarios de cultivos y todos los recursos que os podáis imaginar.

Las más peques del CEIP Marqués de Santillana riegan sus plantas:
en breve las trasladarán al huerto de su propio patio.
Post scriptum: cuando estaba a punto de terminar esta entrada me ha llegado un correo de la coordinadora del Programa Escuelas para la Sostenibilidad en el CEIP Marqués de Santillana, de Carrión de los Condes. Se han incorporado este año, pero se lo han tomado con muchas ganas y prueba de ello son algunas de las fotos que me envían y que me han venido que ni pintadas para ilustrar los últimos párrafos de este post.

Es habitual que niños y niñas visiten las huertas cercanas de su propio
pueblo (muchas veces, hasta de familiares) y se abastezcan de semillas.